
A los 89 años, murió en España el escritor argentino Lázaro Covadlo
Autor inclasificable de novelas, libros de cuentos y ensayos, cultivaba la ironía y la “poética de la perplejidad”; residía en España desde 1975
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El pasado 16, a los 89 años, murió en Stiges el escritor argentino Eduardo Lázaro Covadlo, conocido primero como Eduardo Covadlo y luego como Lázaro Covadlo, que residía en España desde 1975; en el país se desempeñó como periodista y creativo publicitario. Consideraba “borradores” sus libros publicados entre 1965 y 1973, entre ellos, En este lugar sagrado. Había nacido en Buenos Aires el 26 de enero de 1937.
Publicó novelas, libros de cuentos y ensayos humorísticos; cultivó un estilo irónico e irreverente, y creó a personajes excéntricos y solitarios enfrentados a circunstancias inquietantes y grotescas de la vida cotidiana. Era un “escritor de escritores” y de culto, elogiado por autores y “lectores gourmet” como Rodrigo Fresán y los españoles Antonio Muñoz Molina, Quim Monzó, Juan Bonilla y el candidato al Nobel Enrique Vila-Matas.

En 1997, publicó su libro de cuentos Agujeros negros, seguido por las novelas Remington Rand, una infancia extraordinaria, La casa de Patrick Childers, Bolero y Las salvajes muchachas del Partido. Fue autor de los libros de relatos Animalitos de Dios y Nadie desaparece del todo. En La bodrioteca de Covadlo, recopiló y comentó pasajes de libros antiguos y extravagantes. Fue traducido a varios idiomas.
En 1992 fue finalista del Premio Planeta Biblioteca del Sur con la novela Conversación con el monstruo, que publicó Emecé (donde satirizó el Movimiento Humanista, que integró). Y en 2004 ganó el Premio Café Gijón de ese año por su novela Criaturas de la noche, publicada por Acantilado en España. Sus cuentos aparecen en antologías publicadas por Mondadori, Alfaguara y Siruela. Colaboró con revistas y diarios españoles.
Su último libro, Cosmovisión, de 2002, estuvo al cuidado del escritor y periodista argentino Matías Néspolo.
“Tuve el honor de publicar su último libro; un libro de ensayo inclasificable como es toda su obra: era un compendio de sus reflexiones en el que trabajó muchos años, para darle esa forma casi miscelánea y fragmentaria, con la que de alguna manera trabajaba la poética de la perplejidad -dice Néspolo-. De la perplejidad frente al mundo, frente a la realidad cotidiana, frente al misterio estético, a la literatura, a la vida y la muerte. Hablaba de lo sagrado y lo profano, de la metafísica y de la cosas más cotidianas y pequeñas y cercanas. Tenía un humor negro, una ironía, una ligereza y una franqueza despampanantes. Para mí fue un privilegio trabajar con él. El conjunto de la obra de Lázaro Covadlo es inclasificable, no se parece a nada. Si hubiera que buscar algo parecido, un linaje, tendría que viajar hasta cierto tono centroeuropeo, cierto humor judío, negro y corrosivo, como los de Bruno Schulz o Witold Gombrowicz”.
El escritor y traductor argentino Eduardo Hojman conoció a Covadlo. “Era un gran tipo, muy generoso con sus conocimientos literarios y un autor que tuvo que luchar contra una estructura editorial demasiado cerrada o limitada para la propuesta que él tenía -dice-. Por eso tuvo una trayectoria editorial un poco errática, pero es un escritor de escritores, una persona que sus colegas consideran un grande, tanto por la calidad de su escritura como por la propuesta estilística que ofrecía. Fue, además, el primer escritor que conocí”.




