Agatha Christie: los asesinatos o la sal de la vida
Las novelas que ahora publica LA NACION demuestran que el encanto de sus relatos va más allá de la intriga y las soluciones de los crímenes y, en cambio, radica en la vitalidad de los personajes, los diálogos y los scons irresistibles que paladean los asesinos
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Ningún género contiene tal abundancia de disparates como la novela policial; si además tenemos en cuenta que ese género está identificado con la razón y con el orden, podemos convenir en que ejerce no sólo la persuasión, sino el hechizo. Se suelen considerar rasgos esenciales del policial el misterio y su resolución; pero si esto fuera así, el género hubiera comenzado y terminado con Edgar Allan Poe. Sus textos fundacionales, como La carta robada y Los crímenes de la Rue Morgue, tienen, en un caso, una resolución incomprensible -nadie entiende cómo es ese asunto de la carta convertida en sobre, y que además la policía no descubre- y en el otro, una completamente inverosímil, que cuenta con la presencia de un gorila. Si un mono comete un crimen y a ese crimen se lo considera casi perfecto, cómo serán los imperfectos.
El encanto del género está en otra parte; y es en el diálogo entre el detective y su ocasional ayudante: a veces un mero narrador, como en el caso de los relatos de Poe, otras un personaje que no se resigna a ser una sombra del detective, como el doctor Watson de Conan Doyle o el capitán Hastings de Agatha Christie. Ellos encarnan las limitaciones del sentido común, la tranquila persistencia de las ideas preconcebidas. El detective los necesita para tener alguien a quien refutar: son los eternos alumnos que nunca terminan de aprender la lección del maestro. El género se convierte así en una continuación de los diálogos platónicos, donde el detective descubre progresivamente la verdad en el corazón de su fiel asistente.
De Agatha Christie siempre se habla mal. Está condenada a ser el ejemplo más puro del policial inglés, denostado a favor del norteamericano. Es cierto que Raymond Chandler y David Goodis y Dashiell Hammet y Jim Thompson fueron escritores extraordinarios; pero los ataques continuos que Agatha Christie recibe cada vez que se habla del policial son injustos. Se le reprochan las casas de campo, el té de las cinco, la esmerada educación de sus asesinos; se le reprocha la ausencia de borrachos en los callejones. Sus soluciones pueden ser, en ocasiones, inverosímiles, pero sus personajes siempre están vivos. Es probable que ella, como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, haya enfrentado más situaciones de dolor y desesperación que todos los escritores norteamericanos "duros": sin embargo, está condenada a que se la recuerde cultivando un jardín.
Es una autora tan popular que nunca compramos sus libros: ya estaban ahí. En la biblioteca familiar, con las tapas inquietantes de la editorial española El Molino, o en las casas de veraneo, con arena entre las páginas quemadas por el sol, o en las bibliotecas de los hoteles, armadas por la casualidad y los olvidos. Los libros de Agatha Christie siempre aparecen ajados; siempre hubo alguien que cayó en la tentación antes que nosotros.
Agatha Miller (Christie era el apellido de su primer marido) nació en Toquay, condado de Devon, una ventosa localidad de la costa, el 15 de septiembre de 1890. Era la menor de tres hermanos. La familia Miller vivía en una gran mansión, que su padre, un norteamericano que vivía de rentas misteriosas, abarrotaba de muebles de colección, óleos con escenas marinas o de caza y acuarelas japonesas. Agatha era alta y delgada, y aunque le gustaba escribir, pensaba dedicarse a la música, o bien como pianista o bien como cantante de ópera.
Sus primeros relatos fueron historias góticas, con mansiones y fantasmas. Pronto el amor la distrajo de esos intentos: en 1914 comenzó a cortejarla Archie (Archibald) Christie, recién egresado de la Academia Militar y ya convertido en uno de los primeros pilotos de la flamante Real Fuerza Aérea. Pero al poco tiempo de comenzar el romance, la guerra los separó; Christie cumplió con arriesgadas misiones y fue condecorado. Durante uno de los breves permisos de salida se casó con Agatha, en la Nochebuena de 1914. Acorde con los tiempos, fue un matrimonio intempestivo: un transeúnte sirvió de testigo.
La larga guerra permitió pocos encuentros al matrimonio. Agatha trabajó primero como enfermera -como Devon era un puerto, llegaban barcos con heridos del frente- y luego como farmacéutica, siempre ad honorem , como voluntaria. Allí obtuvo un conocimiento que luego usaría a menudo en sus novelas. Uno de sus jefes -que a pesar de ser uno de los principales farmacéuticos mezclaba con descuido las sustancias- le mostró un día un terrón blanco. "¿Sabe qué es esto?" le preguntó. Agatha no lo sabía. "Es curare. Si uno lo prueba, no pasa nada, pero si se lo inyecta, causa una parálisis mortal". Agatha se quiso alejar pero su jefe la retuvo: "¿Y sabe para qué lo llevo siempre en el bolsillo? Porque me siento poderoso". Muchos años después, Agatha lo convirtió en personaje de una de sus novelas, El misterio de Pale Horse (1961).
Fue su hermana Madge (que habría de convertirse en una exitosa autora teatral) la que la desafió a escribir una novela policial. Las dos hermanas habían leído con pasión libros que estaban en los orígenes del género, como Casa desolada , de Dickens, y La dama de blanco y La piedra lunar , de Wilkie Collins; también, por supuesto, los relatos de Sherlock Holmes. Otras de sus novelas favoritas era El misterio del cuarto amarillo , de Gaston Leroux, traducida al inglés en 1908. Aceptando el desafío de su hermana, Agatha pensó cuidadosamente una trama, se preocupó por construir bien a su detective, agregó a la historia policial alguna peripecia amorosa, y laboriosamente llego a concluir El misterioso caso de Styles . Envió el manuscrito a varios editores. No tuvo una respuesta inmediata, pero el libro apareció en Estados Unidos en 1920 y en Inglaterra al año siguiente. A partir de entonces y durante más de medio siglo, publicó al menos una novela por año.
La biografía de Agatha Christie no está llena de hechos extraordinarios: por eso sus autores -como Janet Morgan, su biógrafa oficial- suelen concentrarse en los diez días en que la escritora desapareció del mundo. En el invierno de 1926, abrumada por la reciente muerte de su madre, por una mudanza complicada y por el affaire que su marido tenía con una muchacha, Agatha salió a dar un paseo con el auto y no regresó. Su automóvil fue encontrado fuera del camino, en una pendiente, como si hubiera sufrido algún leve accidente. El caso tomó difusión nacional y la policía hizo un cuidadoso rastrillaje por los bosques de la región. Como Agatha era ya muy famosa, las noticias del caso llenaban las primeras páginas de los diarios. Aparecieron testigos que aseguraban haber visto a una mujer asustada, que parecía víctima de una conmoción. Abundaban las hipótesis, que incluían la posibilidad de que su marido la hubiera asesinado. Finalmente, el 14 de diciembre una de las huéspedes del Hotel Hydropathic, de Harrogate, una localidad turística famosa por sus manantiales, llamó a la policía para contar que había una pasajera que era muy parecida a la mujer que buscaban. Archibald Christie viajó a Harrogate y encontró a su esposa en el hotel, sin ningún daño físico, aunque víctima, según dijo, de una amnesia parcial. El Hydropathic era un hotel de lujo que contaba con toda clase de curas con aguas, una especie de spa de la época. Agatha se había anotado con un nombre falso: Theresa Neele. Durante toda su vida aseguró que había perdido la memoria, pero lo más seguro es que haya actuado por despecho ante el affaire de su esposo.
En el resto de la vida de Agatha Christie no hubo lugar para más enigmas. Luego del fracaso de su matrimonio con Archie, conoció a un arqueólogo catorce años menor, Max Mallowan, que fue su marido hasta la muerte de Agatha. Su éxito no dejó de crecer; sus obras teatrales -en general, versiones de sus novelas y relatos- batieron records de permanencia en los teatros ingleses; el cine la convocó una y otra vez, provocando, inevitablemente, su juicio negativo. Acompañó a menudo a Mallowan en sus excavaciones por Medio Oriente y la arqueología apareció con frecuencia en sus novelas. En enero de 1975 la escritora sufrió una serie gripe, y el 12 de enero murió. Poco antes había dado instrucciones a su hija Rosalind y a su marido Max para que escribieran en su lápida unos versos del poeta inglés del siglo XVI Edmund Spenser: "Tras el trajín el sueño/ tras los mares tormentosos el puerto/ tras la guerra la paz/ tras la vida la muerte: ése es mi deseo". Agregó luego un versículo de los salmos: "En tu presencia se halla la plenitud del gozo". La lápida, abarrotada de tantas palabras, resultó extremadamente pesada. En su obra abundaron los funerales (es probable que nadie haya descrito tal variedad de ceremonias fúnebres) pero ninguno de ellos contó con una grúa como la que se necesitó para poner la lápida en su sitio.
Agatha Christie publicó por lo menos una novela por año, a lo que hay que agregar sus obras de teatro y sus piezas para la radio. Escribía la versión definitiva a máquina, pero anotaba en cuadernos -se conservan unos treinta- detallados argumentos, para que los asesinos no la tomaran por sorpresa. A menudo sus apuntes constan de preguntas; el signo de interrogación le cuadra bien a la novela policial.
Su obra abarca más de cincuenta años de trabajo. En su mayoría, se trata de novelas protagonizadas por Poirot o por la señorita Marple, pero hay abundantes novelas sueltas, como Diez indiecitos , Noche eterna , El caso de los anónimos , que están entre las mejores. Las primeras novelas, como El misterioso caso de Styles (1920) o Asesinato en el campo de golf (1923), son de desarrollo un poco confuso; con el tiempo la estructura de sus novelas se vuelve más límpida, pierde los aires de folletín, los cambios de identidad, los personajes que resultan tener un insólito pasado criminal. Agatha Christie encuentra la clave de su estilo en el contraste entre las conversaciones amables y esa cosa tan poco respetuosa: el crimen.
En ocasiones el policial queda desplazado por la voluntad de hablar de los problemas de su tiempo, como ocurre con Pasajero para Frankfurt (1970), una intriga internacional con presencia de terroristas y de un hijo de Hitler. Pero sus mejores novelas son aquellas en las que la trama se ciñe a una casa, a un barco, a un ferrocarril, a un hotel, como si la escritora necesitara de esos ambientes cerrados para que la trama no se le fuera por las ramas. La concentración de los personajes en un espacio único es una convención del policial; Agatha Christie llevó esa convención a un extremo de aislamiento en Diez negritos (1939), la más pesimista de sus novelas.
¿Por qué la fascinación que sentimos por los crímenes? En Sangre en la piscina (1946) -una de las novelas de Poirot- hay un espléndido personaje secundario, la señora Crabtree, que permite asomarnos a una respuesta. Esta señora es la paciente preferida de un médico muy reconocido, el doctor Christow. La señora Crabtree está gravemente enferma, sufre dolores, pero sigue aferrada a la vida. El doctor Christow es asesinado en las primeras páginas y toda la novela gira alrededor de ese crimen. Ya aclarado el caso, una amiga del doctor visita a su vieja paciente, esperando encontrarla destruida por la noticia. Pero la visitante descubre en la paciente, además de la tristeza, un verdadero interés en los detalles del caso; ya se había hecho traer recortes de periódicos y miraba las fotos de la piscina donde había muerto el doctor. Y entonces Agatha Christie escribe unas líneas que bien podrían servir como arte poética: "Mistress Crabtree amaba la vida. Y las muertes repentinas, sobre todo los asesinatos, eran la parte más rica del tapiz de la vida".
Hércules Poirot y la señorita Marple
Los personajes más famosos de Agatha Christie son Hercules Poirot y Jane Marple. Poirot es belga (los belgas abundaban en Devon, donde nació la escritora), Jane Marple, en cambio, es inglesa. Los dos son maniáticos: la afición detectivesca los convierte en expertos en detalles y el detalle lleva a la manía. En la primera novela de Agatha Christie, El misterioso asunto de Styles (1920), ya estaba presente Poirot, con su fiel amigo Hastings. Poirot fue el protagonista de algunas de sus mejores novelas, como Asesinato en el Orient Express (1934), Muerte en el Nilo (1937) o La muerte visita al dentista (1940).
La señorita Marple hace su aparición en Muerte en la vicaría (1930), cuando Agatha Christie ya era una escritora famosa. Dama de cierta edad, soltera, cuidadosa de su hogar, experta en encontrar buenas ofertas en los almacenes del ejército y de la marina, el personaje de esta inusual detective recogió rasgos de las amigas que visitaban a su abuela y a su tía abuela, con las que Agatha pasó su infancia. Mientras muchos detectives de la época eran caballeros solitarios y excéntricos, Agatha Christie prefirió el personaje más común que podía concebir: una señora de pueblo. La señorita Marple resuelve sus crímenes de visita en visita, entre té y scons .
Las aventuras de Jane Marple transcurren en general en casas de campo, entre ciudadanos irreprochables, de vida aburrida; las pequeñas intrigas de pueblo, las enemistades en sordina, los chismes, los pequeños pecados del pasado se cargan de significado cuando el crimen llega al pueblo y lo despierta. Las aventuras de Poirot, en cambio, muchas veces tienen un aire de exotismo. La señorita Marple se ocupa de atrapar a los criminales en el interior de Inglaterra; Poirot, en los confines del Imperio.
Miss Marple siguió viviendo en la eternidad reservada a los personajes de ficción; Poirot, en cambio, encontró su final en Telón , novela que Agatha pesaba publicar en forma póstuma, pero que su hija publicó en 1975, meses antes de su muerte.



