Al encuentro del pasado

EL FANTASMA DE ANIL Por Michael Ondaatje-(Destino)-Trad.: Isabel Ferrer Marrades-289 páginas-($ 16)
Fernando López
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22 de agosto de 2001  

En cuanto alguien aparta una piedra, aparece una historia, y con ella un secreto. Pero la verdad siempre sale a la luz y los secretos se desvanecen, confía Anil con la obstinada fe que le da su condición de antropóloga forense. "La verdad está en los huesos y el sedimento", garantiza, y avanza por el camino seguro de la ciencia, sin aceptar que otra verdad más compleja, la que gobierna la vida de los hombres, puede residir en el carácter, el matiz y el modo; puede esconderse en esas historias ocultas, perdidas a propósito, que alteran la perspectiva y el conocimiento de las épocas pasadas y, a veces, de la propia.

Anil es la protagonista de esta novela con que Michael Ondaatje concreta un doble regreso: a su tierra natal, Sri Lanka, que abandonó a los 12 años para instalarse en Canadá, y a la ficción, ocho años después de El paciente inglés , el título que lo hizo famoso gracias a un film muy visto y muy premiado. Como él, Anil es expatriada y regresa a la tierra que dejó quince años atrás para formarse en Occidente y que hoy le es a un tiempo familiar y desconocida. Llega en calidad de científica, enviada por las Naciones Unidas para contribuir a la investigación de matanzas y desapariciones que se han multiplicado desde que la guerra civil hundió a la antigua Ceilán en el caos y el luto. Con el gobierno de un lado, los rebeldes insurgentes en el sur y las guerrillas en el norte, a mediados de los ochenta ya no se distingue al enemigo. Como admite Sarath, el arqueólogo local que trabajará a su lado, en Sri Lanka, donde lo único moderno son las armas, "todos tenemos la ropa manchada de sangre".

La investigación los conduce al hallazgo de restos recientes en un yacimiento histórico sagrado, y la averiguación de la identidad de uno de los muertos -un ahorcado anónimo al que bautizan Sailor porque "ponerle un nombre sería dar nombre a todos los demás"-, a la revelación de otras caras de la misma tragedia. Anil y Sarath (cuyas divergentes concepciones del mundo generan una rica confrontación) y quienes ocasionalmente son sus aliados, miembros olvidados de la cultura cingalesa (un epigrafista ciego; un viudo alcohólico que conserva la habilidad de pintar la vida en la mirada de los Budas de piedra y la de reconstruir un rostro a partir de su calavera; el joven médico hermano de Sarath, que combate el sueño para poder dar asistencia, cuando ésta es aún posible, a las ilimitadas víctimas del terror político) desentierran el pasado inmediato, y con él, sus propias experiencias, sus propios dolores, sus propios fantasmas.

Más que la intriga policial, importa la superposición de imágenes que componen el terrible paisaje, y más todavía que éste, expuesto con trazo vívido por Ondaatje, las sucesivas capas que van destapando otras historias: de amor, de familia, de memoria, de traición, de identidad, de creencias y tradiciones. Son historias que van revelándose de a poco y por fragmentos, que crecen como el borde húmedo que la marea dibuja en la playa y que se relacionan entre sí como los tributarios de un mismo río de fluir incesante.

No se trata, pues, de correr detrás de la resolución de una intriga: los misterios más profundos y significativos de la novela, en todo caso, permanecen en esa condición, y la trama misma que conduce el relato no remata en el descubrimiento de una verdad sino en el de la belleza. El fantasma de Anil invita a un ejercicio cautivante: el de detenerse en el lenguaje preciso, musical y escrupuloso de Ondaatje, que aun cuando parece aferrarse a la linealidad descriptiva o cuando se vuelve acerado y rotundo para retratar la oscura realidad de su país, entraña siempre una dimensión metafórica. En ese sentido, el libro admite ser leído como un poema; quizás lo promueve: un poema intenso, sincero y dolorido con el que acaso el autor ha querido desenterrar y comprender sus propios fantasmas.

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