
Al taller: la mística del espacio de creación, algo muy personal
Del pop de Edgardo Giménez a los collages de gran formato del dúo Mondongo, cinco artistas muestran sus ateliers
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No hay caos ni olores fuertes. Más bien por el contrario: el escenario sorprende por su orden casi perfecto; lógico, digamos. En algunos casos, se oye hasta el más cerrado silencio. Y en otros, la luz es solamente natural. ¿Será que al imaginario colectivo de los ateliers les sobra bohemia? ¿Por dónde pasa la mística del taller de un artista profesional? Con la idea de develar parte del secreto ritual de la creación, o mejor mostrar el lugar donde nace y crece una idea que se hace obra, LA NACION visitó a cinco artistas de diferentes estéticas y generaciones.
La casa de fin de semana de Edgardo Giménez, en Punta Indio –a 150 kilómetros de Buenos Aires, antes de que empiece a pegar la vuelta la Bahía de Samborombón– es, a la vez, espacio de trabajo del gran artista pop. La única banda de sonido para su producción es la que tocan las aves y las ranas. Allí, lleva 38 años "haciendo" cuando tiene ganas y el ánimo lo acompaña: desde el edificio hasta el diseño del jardín tienen su rúbrica.
En un subsuelo pegado a la comisaría del Botánico donde la música se oye bien fuerte, Juliana Laffitte y Manuel Mendanha –conocidos en todo el mundo como Mondongo desde que retrataron a los reyes de España con espejitos de colores– modelan, clavan, pegan y remachan collages de gran formato. De un primer vistazo, el lugar podría ser una ferretería, con materiales clasificados. Han hecho retratos con plastilina, carne, hostias, pero ahora, por ejemplo, trabajan en un billete de un dólar que se teje con hilo plateado entre 60.000 clavos.
El altillo en Barrio Norte donde Renata Schussheim concibe su obra plástica, además de los vestuarios que realiza para teatro y ballet, da a un balcón a la calle. Únicamente sus loros rompen el silencio que la cabeza creativa y pelirroja necesita como primer punto de su rito, que se da siempre de día.
Por el contrario, un debate sobre temas que son siempre parte de la obra –y nunca de la acalorada coyuntura que se dé puertas hacia afuera del taller– se oye en el estudio del joven arquitecto, artista plástico, curador y profesor de Harvard y la Architectural Association de Londres Gaspar Libedinsky. En un edificio de Once copado por artistas, este joven talento Sub 40 que con su muestra de trapos (de piso, franelas, rejillas) llegó lejos, planea intervenciones en el espacio público, convencido de que hay que llenar la ciudad de fantasía. Su paternidad –como a Mondongo– le ha pautado una rutina con horarios menos flexibles.
Clásico en sus materiales, en sus elementos, e inagotable en su producción, Adolfo Nigro asocia formas, pinta y reconvierte objetos en pequeñas esculturas. Bob Dylan lo acompaña en su espacio preferencial: la cocina de su departamento en Constitución tiene la mejor luz, también en las noches de tormenta.
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