Alegóricas paradojas
LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE Por José Saramago-(Alfaguara)-274 páginas-($ 35)
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Como en otras ocasiones (Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez), Saramago propone la suspensión de una norma o ley natural o social como eje de la acción novelesca. Al igual que en Ensayo sobre la ceguera, esa interrupción hace aflorar (aunque no en forma tan devastadora) los peores aspectos de la condición humana, y, como en Ensayo sobre la lucidez, pone de relieve la perversidad de las estructuras de poder y muestra sus hipocresías y debilidades.
Esta vez la ley que se suspende es nada menos que la de la muerte inexorable que a todos los humanos corresponde (los demás seres vivos siguen cumpliendo su natural destino). El gusto del autor por la alegoría lo lleva a imaginar, no sin una buena dosis de humor, una muerte materializada en esqueleto (de acuerdo con sus más difundidas representaciones medievales) y acompañada por la infaltable guadaña, que toma por su cuenta esta insólita decisión dentro del país al que está asignada. Pero la suspensión de la muerte sólo significa eso y de ningún modo la vuelta a la salud o a la perdida juventud. Los ciudadanos, primero felices, no tardarán en comprobar que la indefinida perduración de enfermos terminales en su miserable estado sólo representará una carga mucho mayor, y finalmente, la destrucción de la sociedad. Pronto aparece una organización llamada "maphia" que establece acuerdos clandestinos con el gobierno para hacerse cargo del "trabajo sucio": llevar del otro lado de la frontera a los moribundos que las familias no desean ya tener en sus casas.
Vistos los efectos desastrosos de su medida, la muerte devuelve a los ciudadanos a su primitiva condición, aunque con un aditamento siniestro: los condenados desde siempre recibirán un preaviso que les indique el día y la hora. De aquí en más, lejos de estar agradecida por la posibilidad de prepararse y arreglar sus asuntos, la población comienza a vivir aterrorizada ante la perspectiva de recibir, en cualquier momento, la carta fatal. Sin embargo, una de las misivas se niega, una y otra vez, a llegar a su destinatario. Irritada ante lo inexplicable, la muerte alegórica elige otra de sus representaciones tradicionales: se corporiza como mujer seductora para capturar a su renuente presa (un violonchelista solitario), hasta que se cumple el final que ya se adivina. La muerte, enamorada, cae en su propia trampa y todo vuelve a comenzar.
Aunque no faltan, como siempre que se trata de Saramago, bellas páginas y momentos especialmente conmovedores (la familia campesina que lleva a morir a sus enfermos incurables -el abuelo y el niño-, o la visita inadvertida de la muerte mientras el violonchelista duerme), la originalidad y la prosa deslumbradora del autor de El Evangelio según Jesucristo o de Memorial del convento se han debilitado. La sátira política, repetida una vez más en este libro, produce un efecto de saturación; el mecanismo de extrañamiento, puesto nuevamente en marcha, acusa el desgaste.
No obstante, el mejor Saramago persiste en lo que respecta a la vívida encarnación novelesca de las paradojas de la existencia: aunque todos sabemos que vamos a morir, el no saber cuándo nos hace, de hecho, transitoriamente inmortales. Y aunque fuéramos inmortales, no seríamos, por ese solo motivo, mejores ni más felices.


