
Ambicioso relato americano
ROMPENUBES Por Russell Banks-(Losada)-Trad.: Cristina Piña-717 páginas-($ 49)
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"A pesar de que algunos de los personajes e incidentes retratados aquí pueden encontrarse en relatos de la vida y la época de John Brown, el famoso abolicionista, han sido alterados y reacomodados por el autor para adecuarse a los estrictos objetivos de la narración", dice Russell Banks en la nota de autor con la que comienza Rompenubes , novela publicada originalmente en 1998 y ahora traducida al español. Y concluye: "por lo tanto, el libro debe ser leído exclusivamente como una obra de ficción, no como una versión o interpretación de la historia". Dicha nota gravita mucho sobre la lectura de Rompenubes y puede, al contrario de lo que la convención indica, confundir más que aclarar o disuadir más que acercar.
A medida que avance, el lector se encontrará con un relato que toma como protagonista a un personaje de la Historia, que se refiere a la batalla contra la esclavitud librada en Estados Unidos durante el siglo XIX, que se propone revisar las causas genuinas de la Guerra Civil y que postula el color de piel como uno de los conflictos constitutivos de la cultura norteamericana. ¿Es posible leerla entonces como relato "exclusivamente" ficcional? ¿Qué debe entenderse por eso? ¿Que algunos de los personajes y hechos existieron y otros no, o que todos existieron pero no necesariamente así?
Antes de que, al adentrarse en una novela que por otra parte no hace del trabajo con el lenguaje su principal razón de ser, el lector se pregunte por qué no está directamente leyendo una de las biografías de John Brown o un libro de Historia, aclaramos: Rompenubes propone una interpretación de un momento histórico que no se restringe al siglo XIX sino que alcanza a los Estados Unidos de hoy. Son infinitos los experimentos que imbrican literatura e Historia -son incluso previos, si pensamos en Herodoto, al nacimiento de la novela- y son muy variados sus resultados, pero eso no implica, o al menos no debería implicar, ni homologarlas -operación muy extendida entre tanta novela histórica- ni tampoco, como parece sugerir la nota preliminar de Banks, invalidar discursos. Rompenubes , de hecho, trabaja con materiales de la Historia y hace de ellos una interpretación literaria.
El narrador es Owen Brown, hijo del célebre blanco que luchó por la abolición de la esclavitud y que, según propone la novela, fue una pieza clave en la Guerra de Secesión que se desató dos años después de su ejecución. Esta última fue resultado del fracaso del más ambicioso de los planes de John Brown: la toma de Harpers Ferry, el pueblo del estado de Virginia en el que el gobierno federal fabricaba y almacenaba todo su arsenal; es decir, el corazón proesclavista. Cuando Owen logra milagrosamente huir de esa toma -un acto de arrojo para algunos, un acto suicida para otros- en la que mueren no sólo su padre sino también dos de sus hermanos, se retira a vivir como un ermitaño en una colina de Altadena, en California.
La visita de la asistente de un célebre historiador empeñado en escribir "la biografía definitiva de John Brown", a la que Owen llama a lo largo de todo el relato "señorita Mayo", desencadena en él hechos y sentimientos astutamente olvidados (el recuerdo, siempre lo supo, traería consigo su muerte). Se pone entonces, casi tan frenéticamente como su padre había liderado la lucha contra la esclavitud, a escribir lo que sabe que ningún libro ha dicho hasta ahora. Se describe a sí mismo como un narrador confundido, contradictorio, loco y mentiroso, pero lamentablemente no escribe como tal. Lo hace, en cambio, como un narrador controlado, obsesivamente repetitivo y didáctico. Salvo por algún vaivén ocasional en el tiempo, su relato respeta las reglas de la saga clásica y abarca, entre muchas otras cosas, la niñez marcada por la figura de un padre tan seductor como amenazante, los flagelos físicos, los trabajos en la granja de las montañas Adirondack, las enseñanzas bíblicas del padre, los negocios intentados y arruinados por su padre, el viaje que juntos hicieron a Inglaterra, la construcción de un ferrocarril clandestino que aportaría a los esclavos fugitivos un paso seguro hacia la frontera con Canadá, los amores malogrados, el nacimiento de los veinte hijos de John Brown, la muerte de once, las enfermedades de cada uno, el casamiento de algún otro, las alianzas y traiciones a las que su padre estuvo expuesto a lo largo de su vida, las matanzas que organizó y justificó, las distintas etapas del proceso por las que pasó John Brown: de líder antiesclavista a guerrillero, de guerrillero a terrorista y de terrorista a mártir.
La prosa de Brown hijo, obligada a ser anacrónica por su fecha de nacimiento y por sus años de reclusión, se vuelve agobiante. Su recurso a la falacia patética -ese procedimiento común a tantas elegías, en las que las personificaciones del paisaje intentan explicar la vida de las personas-, también. Y sus previsibles párrafos dedicados al paisaje vuelven inevitable que extrañemos la prosa lacónica y lacerante con la que trata el tema Cormac McCarthy, contemporáneo y coterráneo de Banks.
A los esfuerzos por negar su amor por Lyman Epps, el asistente negro de su padre, y al acto horroroso -únicamente testimoniado por el Monte Tahawus o Rompenubes, fuerte presencia simbólica y cuasi constante del relato- que viene con el reconocimiento de ese amor, están ligados los pasajes más sutiles del relato, aunque se trate de una sutileza siempre amenazada por el exceso de explicación.
Esa veta didáctica de Banks está presente también en Una americana consentida, novela posterior a Rompenubes que se publicó en Argentina hace dos años, en la cual narra la desolación de una americana que se ve obligada a dejar el país donde se ha exiliado, Liberia, para volver a los Estados Unidos que antes se había visto obligada a abandonar por sus actividades revolucionarias. En esa novela, como en Rompenubes , se trabaja la hipótesis de que el racismo explica gran parte del pasado de Estados Unidos y que, incluso hoy, a pesar de señales que supondrían lo contrario, está presente en el discurso político y comunitario de su país.
La narrativa de Banks, un autor que lleva publicadas doce novelas y cinco volúmenes de cuentos, siempre tuvo esa pulsión de hurgar en los escombros de la cultura norteamericana, lo cual no es otra cosa que hacer una interpretación de la Historia. Su última producción pareciera haberle agregado a eso un componente didáctico que nos hace extrañar al Banks de Aflicción (publicada originalmente, en 1989, por Anagrama y llevada al cine por Paul Schrader), en la cual dejaba que la decadencia de seres anónimos hablara por sí sola.
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