
Apología de la inmovilidad
Por María Sonia Cristoff Para LA NACION - Buenos Aires, 2002
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En el mismo libro en el que dice que viajar le provoca náuseas, Fernando Pessoa describe al único viajero auténtico que conoció, "al único viajero de alma". Se trataba de un chico que trabajaba en una oficina contable y que, sin haberse movido nunca de su lugar, era capaz de recitar con precisión los nombres de las estaciones de las líneas de ferrocarril que recorren toda Inglaterra o las que unen París con Bucarest. El chico, cuenta, se la pasaba recortando, de distintas revistas, fotos de monumentos y ciudades, grabados de costumbres exóticas, retratos de barcos y navíos, y coleccionando folletos que pedía en las agencias de turismo. En los cuentos que el chico después armaba a partir de esos materiales -plagados de nombres de lugares extraños mal pronunciados- Pessoa advertía "la certeza auroleada de su grandeza de alma". No era eso ni su memoria prodigiosa, sin embargo, lo que más le llamaba la atención del muchacho sino el hecho de comprobar lo feliz que era con esos viajes imaginarios, la manera en que completaban una forma de estar en el mundo. Hace años que no sabe nada de él -dice- y le duele la idea de pensarlo convertido en un hombre normal, cumplidor de sus deberes, tal vez casado, "sustentáculo social de cualquiera, muerto, en fin, en su propia vida". Incluso imagina que "hasta es posible que haya hecho un viaje con el cuerpo, él, que tan bien viajaba con el alma". Por qué, se pregunta, tendrían que someterse a la horrorosa histeria de los trenes, de los automóviles y de los navíos los que piensan y sienten, los que están despiertos. "¿Qué puede darme la China -sigue- que mi alma no me haya dado ya?"
La pregunta del texto de Pessoa -se trata del Libro del desasosiego , firmado por su semiheterónimo Bernardo Soares- es hoy más válida que nunca: paradójicamente, porque en ningún otro momento el mundo experimentó este auge de los viajes y las trashumancias de distinto signo. Dejemos a un lado las migraciones forzadas; las que, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, hacen los habitantes de los países periféricos a los países centrales; las que hacen los empresarios y funcionarios afectados por la circulación global. Hablemos de los otros viajes, de los que se pueden elegir, de los viajes por placer, de las vacaciones. Desde que se empezaron a instituir como tiempo libre pago a principios del siglo XX, las vacaciones han sido sinónimo de traslado. El desarrollo del tren, más tarde del auto y del avión contribuyeron a ello. "¿Dónde te vas de vacaciones?" es una pregunta que da por sentado que la vacación sin viaje es una especie de estafa.
En el principio de la vacación está Inglaterra: allí se originó la era industrial que produjo un cambio definitivo en la relación de los trabajadores con su entorno social y laboral y que los convirtió en dueños de su tiempo libre. Ahí, entre las distintas opciones comerciales que se adoptaron para llenar ese tiempo -las carreras de caballo, las novelas, el críquet, el circo- surgió el viaje de placer, el turismo. La palabra tourist , incluso, aparece en los diccionarios ingleses tan sólo en el siglo XIX. Antes, viajaba sólo una franja muy estrecha de la población.
En Inglaterra, el turismo se entronca directamente con la tradición del Grand Tour , que venía practicándose desde el siglo XVI y que en el XVIII había alcanzado su punto de furor. El Grand Tour era el viaje que hacían los hijos de las familias aristocráticas para "ver el mundo", conocer las ciudades que había que conocer, ver los monumentos que había que ver, adquirir los modales que había que adquirir. Francis Bacon lo describe muy bien en su ensayo Sobre el viaje . El Grand Tour fue precursor de tiempos y de itinerarios: Francia, Italia -hasta Roma, no más al sur-, los Países Bajos, Suiza fueron señaladas como escalas imperdibles. Esa costumbre también impuso las temporadas: la idea de viajar en invierno surgió tan sólo después de 1750, cuando un puñado de ingleses aristocráticos decidió pasar los meses que van desde octubre a abril en Niza y en Hyéres.
Cuando, en el siglo XIX, empezaron a viajar otros sectores incorporados al nuevo orden social, los circuitos del Grand Tour les sirvieron de guía. Y no sólo los circuitos: también las aspiraciones. Como los nobles bienintencionados viajaban para conocer, para ilustrarse, los industriales, comerciantes y asalariados que los siguieron empezaron a hacer lo mismo: viajar con la intención de cultivarse. Una intención que se trasladó luego a los recorridos del turismo masivo que empezó a surgir en la segunda mitad del siglo XX.
En esta ilusión de mejorar por lo que se aprende en el viaje, en esta reverencia ante el componente pedagógico del viaje de supuesto placer, seguramente radica uno de los rasgos del turista que más irritación provocan hoy a muchos de nosotros, turistas no asumidos. Y eso nos conduce a uno de los temas más interesantes que se plantean alrededor de la vacación contemporánea: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que cada vez que armamos un bolsito y nos vamos a cualquier lugar somos turistas, por más recóndito que el lugar sea y por más originales que seamos nosotros? Es curioso, pero los turistas siempre pretendemos que los turistas sean los otros, dice Mujica Lainez en Placeres y fatigas de los viajes , en el relato en que cuenta el viaje que hizo a Naxos, "huyendo de los turistas... para encontrarme aquí, en la isla, con todos los turistas que huyen de los turistas".
Seguramente un factor que influye en esa negación de la realidad es el hecho de que en cada turista no asumido subyace alguna fascinación por la figura del viajero. La diferenciación entre ambas figuras, de hecho, ha dado lugar a una serie de prejuicios y de lugares comunes en que al turista le toca siempre la peor parte y en los que se idealiza la figura del viajero. Una idealización que se puede combatir fácilmente leyendo algunas crónicas de viajeros, esos relatos que los revelan como los más sacrificados de los seres. Por ejemplos, entre tantos otros, Darwin con el estómago permanentemente dado vuelta, aborreciendo todas y cada una de las olas del océano; R.F. Scott internado en la nieve, con temperaturas de casi 60° bajo cero, buscando el Polo Sur que Amundsen, explorador noruego, le arrebataría sólo por unos días de diferencia. Planes que nadie quiere para sus vacaciones.
Además, lo que seguramente diferencia al viajero del turista es que al primero en el viaje se le va la vida. Toda su biografía no se entiende, no se articula sin él. El viaje es para él una cuestión existencial y profesional. Un médico, por ejemplo, puede hacer hoy exactamente la misma ruta que hizo Bruce Chatwin -el viajero por antonomasia del siglo XX- por la Patagonia y eso no lo convertirá en viajero. Su vida, al volver, transcurrirá entre consultorios, hospitales y aulas universitarias, lugares donde desarrollará una actividad por la que será reconocido, consultado y hasta recordado. En el caso de un viajero, en cambio, el viaje estructurará una existencia, formará parte de su epitafio.
Más allá de esta cuestión central, cuando se examinan las figuras del viajero y del turista se advierten varios puntos de contacto. Sobre todo en estos tiempos en que la industria turística se ha desarrollado hasta un punto que vuelve prácticamente imposible a todo aquel que se considere un viajero trasladarse sin encontrarse con alguno de los ritos de aquella industria. A veces por imposición de las circunstancias, el viajero más introspectivo puede verse súbitamente rodeado por un contingente turístico; otras, un tour es la única forma de llegar a un lugar remoto cuando el tiempo y el dinero son escasos (dos carencias de las que no está exento ningún viajero). El paisaje, por otra parte, mucho de lo que el viajero ve, está hoy intervenido por la infraestructura de la industria turística.
En el desarrollo de esa industria hay un nombre central, el de Thomas Cook, el primer organizador de viajes en grupo y gran precursor del turismo en masa. Cook era un predicador baptista, vendedor de libros. En 1841, se preparaba para asistir a una reunión religiosa a favor de la templanza que se iba a celebrar en Leicester. Súbitamente, parece, se le ocurrió que sería una buena idea contratar un tren para llevar a todos sus hermanos en la fe. Semanas más tarde, eran casi 600 los que pagaban una tarifa diferencial y se subían al tren. En los años siguientes, Cook tuvo que abandonar todas sus demás actividades (salvo la escritura de un libro de himnos a la templanza) para organizar viajes de grupos de personas a Escocia, a Irlanda, a París. A fines del siglo XIX, su agencia tenía el control absoluto del servicio postal y de todos los transportes de pasajeros de Egipto. Una frase de G. W. Steevens da cuenta de la asociación entre turismo y poder político que luego, con el correr de los años, sería un punto clave para el desarrollo de la industria: "El dueño y señor nominal de Egipto es el sultán, el verdadero dueño y señor es Lord Cromer. Su gobernador nominal es el Jedive, y su gobernador verdadero Thomas Cook".
En Cook se repite, además, una combinación de importancia en la historia de los viajes: la de religión y traslado, que motivó los primeros viajes de la historia de Occidente. En la Grecia previa a las conquistas de Alejandro Magno, en el siglo IV a. C., era muy común que la gente se trasladara a los grandes centros religiosos -Delfos, Olimpia o Epidauro- para participar en los festivales y para consultar los oráculos.
El viaje turístico puede, como se ve en estos últimos casos, pensarse no sólo como contribución a la regeneración intelectual sino también a la regeneración espiritual. Y hay otras variantes de las vacaciones como forma de cultivar virtudes: el turismo aventura, por ejemplo, puede contribuir a mejorar el tono muscular y el nivel de valentía. En cualquiera de estos casos, hay un sentido de falta que el viaje viene a subsanar. "En todo viaje de turismo siempre hay algo de botín", dice Mary MacCarthy en Birds of América .
A veces, en cambio, el turista se traslada por puro gusto. Va a hacer algo para lo que nunca encuentra tiempo o eso que siempre queda relegado a la categoría de hobby , el espectro de otra vida posible: se queda, entonces, todo el día tirado leyendo sin que nada lo interrumpa; o hace tours de conciertos, visitas de campo a sitios arqueológicos, escaladas a montañas célebres. Este tipo de viajes encierra, sin embargo, una posibilidad que la tendencia a la alienación contemporánea considera un peligro: el encuentro con uno mismo (o como se llame al hecho de parar un poco y percibir cuál es nuestra forma más genuina de estar en el mundo). Algo que no todos viven con la placidez que cuenta otro texto de Pessoa, "Prosa de vacaciones": "La playa pequeña, que forma una bahía pequeñísima, excluida del mundo por dos promontorios en miniatura, era, durante aquellas vacaciones de tres días, mi retiro de mí mismo".
Un testimonio en las antípodas es el de David Mamet. Hubo un verano -dice en el cuento "A Family Vacation" incluido en Worst Journeys , un libro de 1993 en que una serie de escritores cuentan cuál fue su viaje más horroroso- en que su mujer lo conminó a pasar una semana en el Caribe; los dos y la hijita en común. Lo primero que él hizo fue tomar una novela policial que alguien le había dado para ver si de ahí se podía sacar el guión para una película. La empezó a leer ni bien subió al avión: detestaba la idea de perder el tiempo. El terror al viaje, dice él, está instalado en su familia desde la época de la ocupación rusa en Polonia, cuando el más mínimo movimiento fuera de casa podía significar un peligro de persecución, incluso de muerte. Pero particularmente en él, el pánico mayor era la idea de no tener nada que hacer. "Somos seres urbanos -dice Mamet- y, como tales, estamos acostumbrados a aplicar la Solución Urbana a casi todos nuestros problemas: Hacer Algo."
El viaje, como el ocio, suelen no pensarse como sinónimos de contemplación. El ocio como estado de contemplación que propiciaban los griegos fue incluso desterrado del idiolecto de los reformadores sociales que en las primeras décadas del siglo XX empezaron a discutir la problemática del tiempo libre y la vacación. Se lo consideró un privilegio de clase. La reglamentación del tiempo libre, que en principio se vinculó con la idea de "tiempo propio", rápidamente se asoció a una industria del ocio productora de distintos bienes: espectáculos, viajes, juegos y entretenimientos. A nadie se le ocurrió propiciar la contemplación por motivos obvios. Si una cultura fomenta el consumo y el embotamiento cotidianos, difícilmente tome otra dirección cuando se trata de reglamentar el tiempo libre.
Tal vez por eso el tipo de vacación menos practicada sea ésa en la que se va a un lugar para no hacer nada. O aquélla que ni siquiera requiere un traslado. Aquélla que consiste en quedarse quieto, sin planes. Lo que puede implicar, como dice Mamet, el peligro de encontrarse con uno y con los seres queridos y, también, la certeza de que hay momentos en que no queremos ver ni tener ni ser nada nuevo. ¿Qué son, en comparación a tanto vértigo, un simple jet lag , una intoxicación o hasta un conflicto étnico-religioso que se dirima en una lengua remota?


