Aprender a mirar
A mí me encantan las películas de terror, pero ya no las miro porque me dan mucho miedo. Me gusta el ambiente que consiguen, la música que eligen, los colores, la lógica ahí dispuesta–servida como una cena bien paqueta en la que los comensales deben usar más de un tenedor– pero aplastada contra la pared. Me interesa lo que cuentan, la barbarie, los límites despedazados, y lo que causan en mi cuerpo: la aceleración del pulso, el frío en las palmas, la activación de mis sentidos como si el peligro estuviera, de verdad, por llegar. Ese es mi problema: yo no miro más películas de terror porque no sé mirarlas. Porque cada vez que las miro, me voy a dormir y tengo pesadillas que me despiertan.
Hace unos años ponía en práctica una estrategia que hoy no me sirve: las miraba justo antes de salir a bailar con mis amigas. Entonces, la película me dejaba increíblemente alterada pero después me vestía, me maquillaba apenas los ojos para que si alguien me miraba pudiera recordar algo, me subía a un remise y hacía lo mismo de cada viernes o sábado, bailaba “No podrás” de Cristian Castro, “Azúcar amargo” de Fey, “Amor clasificado” de Rodrigo Bueno, cómo nos gustaba Rodrigo. Así olvidaba el espanto, las voces graves, las manos en sangre y cuando llegaba a casa y me tiraba en la cama, dormía sin interrupciones.
Después, cuando salir los fines de semana dejó de ser algo rutinario porque estábamos cansadas, porque un poco nos aburría hacerlo, busqué otra alternativa y empecé a mirar las películas de día, mientras el sol encandilaba la ventana y en la calle se escuchaba a la gente hacer cosas simples. No funcionó. Por las noches los personajes aparecían en mis sueños y quién sabe bien qué hacían pero me daban miedo y me despertaban. Recuerdo en particular el títere de “Los juegos del miedo”, de careta blanca, pómulos en punta, ojos rojos y pelo negro negrísimo que se movía en un triciclo. Qué espanto. Cerraba los ojos y lo veía pedalear hacia mí una y otra vez. Por eso no miro películas de terror, porque no sé mirarlas. Porque una vez que la historia se mete en mi cabeza lo mezcla todo y ya no puedo distinguir qué es real y qué no o qué puede ser real y qué no.
Quizá podría volver a mirarlas si aprendiera a hacerlo, si entendiera que se trata de ficción y pudiera separarlas de la vida; si me convenciera de que nadie vendrá con un hacha a despertarme en la madrugada, que no es cosa de todos los días.
Lo que me pasa con los films que me dan pánico creo que me pasa con todas las películas que miro, pero por alguna razón son solo las que me ponen al borde de la muerte, de la muerte violenta, las que me perturban. Tal vez a otras personas las películas románticas sean las que no las dejan dormir, esas que cuentan por ejemplo que la chica, que nació lejos de la ciudad y no tiene plata (pero viste impecable de todos modos y tiene el pelo envidioso) se encuentra con el chico rico que en un primer momento solo la quiere para fastidiarla pero luego se enamora porque su amor, a él, lo cambia. Tal vez haya jóvenes que tienen pesadillas porque aún no encontraron a ese otro, ese otro tan característico de esas tramas, dispuesto a dejar los lujos a los que está acostumbrado para dormir la siesta todos los días en el mismo lugar. O quizá la que debería cambiar es la industria.
Es un debate que no puedo saldar: ¿la ficción, como cosa inventada pero posible, debería tener algún compromiso con lo que suele pasar en la vida de la gente? ¿Debería dejar enseñanzas? ¿Entretiene una historia ordinaria? ¿Es un error estimular fantasías? ¿Se puede consumir ficción con la conciencia de que lo que allí sucede no es cierto o algo siempre se cuela y queda? ¿Funciona una película si solo cuenta lo habitual? Si mi vida fuera una telenovela, ¿quién la miraría?
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