
Argentina, este país generoso
4 minutos de lectura'

“¡Bien hecho! Que los argentinos reciban un poco de su propia medicina, que por primera vez en la historia experimenten lo que le han hecho al mundo. A ver si les sirve de algo…”. De ese “algo” trata este texto.
Días atrás, un experiodista español, hijo de gallegos nacido en Buenos Aires, me contactó anunciando que estaría en el país para grabar unas entrevistas vinculadas al ambiente musical porteño y promocionar el futuro documental que planea con ellas. Y de paso, para motivar los eventuales auspicios que busca en la ciudad, gestionar su exhibición en una vidriera de lujo como es el Teatro Colón.
La historia que cuenta empieza en los trenes de rescate de niños judíos en la antigua Checoslovaquia: los Kindertransport de Praga a Londres organizados por el filántropo británico Nicholas Winton con los que logró salvar a unos 669 niños. Dos de ellos —un varón de 6 años y su hermana mayor—, fueron adoptados en Inglaterra como todos los demás. Las despedidas por entonces eran para siempre. Porque la probabilidad de un reencuentro y más aún, de la supervivencia de los padres, era demasiada remota. Sin embargo, al cabo de un tiempo, ambos niños fueron recuperados por sus padres biológicos que, tras perder al resto de la familia (abuelos, tíos y primos) en los campos de concentración nazis, milagrosamente lograron escapar de Europa, localizar a los hijos que desesperadamente habían depositado en el convoy y emigrar a un destino donde finalmente poder vivir y progresar en paz: la República Argentina.
Con los años, el varón se recibió de abogado e ingresó al Colón como pianista acompañante (maestro interno, como se denomina el cargo). Formó una familia, se casó un par de veces y tuvo varios hijos que se dedicaron a la música. Esa es la epopeya que cuenta el español. Una epopeya con final feliz, por supuesto, como lo fue para los millones de personas que, perseguidas en sus países de origen por la religión, la ideología, las guerras o la pobreza, fueron recibidas en este suelo generoso y solidario.
Lo sorprendente del encuentro fue una publicación que realizó el español mientras aun recorre la ciudad en busca de apoyo para su proyecto. Un granito de arena en las redes para sumar al odio anti-argentino inmediatamente después de haberme narrado los avatares de esa familia que cambió el apellido propio por uno germano, que aun así tuvo que huir para librarse del exterminio y atravesar tragedias humanamente increíbles.
“Están cabreados los argentos”, escribió azuzando a una tribuna ibérica que festeja toda expresión de desprecio a la moda. “El mal perder, el racismo sistémico generalizado y la violencia en el fútbol, a lo que se suma la histórica antipatía que genera el carácter argento sobre todo en España y en América Latina. No es el mejor momento para venir a la Argentina —recomienda—, porque hay hostilidad hacia ‘el diferente’, ‘el de afuera’, ‘el que no entiende’”. Eso afirma este español que nació y creció en Buenos Aires, que conserva un saludable pasaporte argentino y que habla nuestra lengua pero que, en los bares porteños, según él, lo confunden con un yanqui. “¡Están cabreados los argentos!”
De los cientos de comentarios pletóricos contra “el país más odiado del planeta”, me detuve en uno, el más suave, el de una señora celebrando que “por primera vez, los argentinos experimenten esa horrible manera con que a lo largo de la historia han tratado al mundo. A ver si les sirve de algo…”, le puso al autor que recargaba las tintas hablando de racismo sistémico.
Y un extraordinario mensaje al pie, uno que desde Madrid aplaude y agradece “el ejemplo y la claridad para denunciar a la Argentina”. Un ciudadano español nacido en Buenos Aires. Como el documentalista pero este músico e hijo de aquel niño del Kindertransport. Sí, el hijo de ese niño que un día, gracias a este país generoso, salvó su vida y recuperó su identidad. Pero la arrogancia es toda nuestra.
