Arte: Beuys, poético y político

En Fundación Proa, la retrospectiva del alemán que cambió la historia del arte del siglo XX, militó en las juventudes nazis y al final de su vida defendió con actitudes extremas la protección del planeta reúne cien obras y recuerda la genial acción de Uriburu al colorear el Gran Canal
Daniel Molina
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4 de abril de 2014  

Joseph Beuys (1921-1986) y Andy Warhol (1928-1987) vivieron en la misma época vidas muy diferentes. Ambos pueden ser vistos como los cimientos fundacionales sobre los que se desarrolló todo el edificio del arte contemporáneo. Tanto Warhol como Beuys tomaron de Marcel Duchamp el espíritu punk del movimiento dadaísta; la potencia dramática, que los llevó a convertir sus vidas en obra de arte, y la creencia romántica que sostiene que todo hombre es un artista, es decir, un productor del sentido del mundo. Pero mientras que Warhol celebra en forma irónica y juguetona el modo de vida norteamericano (es decir, del capitalismo liberal llevado a su límite), Beuys –como se puede comprobar en la retrospectiva que se exhibe en Fundación Proa– es siempre crítico con esa misma sociedad de consumo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial.

Beuys es, a la vez, crítico y críptico. Absolutamente elocuente y nunca suficientemente explícito. Es poético y político. Su obra es una poética de la intervención política radical y una radicalización política de la poesía. Un canto a la transformación del mundo gracias a la intervención humana y una apuesta radical para que esa intervención sea lo más respetuosa posible con lo no humano. Beuys es el gran poeta de la contradicción extrema.

Nació en la Alemania devastada por la Primera Guerra Mundial. Fue un niño que dibujaba en la escuela de una pequeña ciudad de provincia mientras la hiperinflación arrasaba con la democracia de la República de Weimar y vivió la apoteosis de Hitler. En 1936, antes de cumplir los 15 años, se afilió a las Juventudes Hitlerianas. En 1941 ingresó como voluntario en las fuerzas armadas y fue destinado al frente ruso. El avión con el que bombardeaba la península de Crimea fue derribado y rescatado por un grupo de nómades tártaros, que lo salvaron. Al final de la guerra lo internaron en un campo de prisioneros manejado por los ingleses; tras su liberación recibió la Cruz de Oro al mérito por haber sido herido cinco veces en el frente de combate. Años más tarde presentó un proyecto para el monumento conmemorativo del campo de concentración de Auschwitz, pero no ganó el concurso.

Abandonó sus estudios de ciencias y se dedicó de lleno a su carrera artística. A poco de recibir su acreditación como profesor de arte sufrió una profunda depresión que lo alejó unos años de la vida social. Gran dibujante desde niño, su carrera artística sin embargo se lanzó plenamente recién en 1955, cuando ya contaba con 34 años. De esa primera época se rescatan sus dibujos para ilustrar el Ulises, de James Joyce.

El relato curatorial de Silke Thomas y Rafael Raddi guía la retrospectiva de Proa. Comienza en el momento en que Beuys abandona el arte moderno tradicional y se constituye en uno de los fundadores del arte contemporáneo. Lo que caracteriza esa ruptura radical (que sucede en ambas márgenes del Atlántico hacia fines de los años 50 y comienzo de los 60) es el abandono de la idea de arte que se arrastraba desde el Renacimiento: como la más bella y perfecta de las artesanías.

El arte moderno, heredero del Renacimiento, valoraba el trabajo manual, el proceso artesanal de producción, la calidad técnica del trabajo y privilegiaba algunos materiales que consideraba soportes esenciales del arte: el óleo para la pintura y el mármol y los metales para la escultura. El arte contemporáneo arrasó con todo esto. Para Beuys lo esencial de una obra es su energía, su concepto, la experiencia que posibilita. Por eso no le interesan los soportes y tampoco importa, por lo tanto, la capacidad artesanal para trabajar los materiales.

Beuys apostó muy tempranamente a hacer de su vida el principal objeto de su trabajo. Casi todos sus videos, instalaciones e intervenciones lo tienen como protagonista, autor, escenógrafo, montajista y hasta crítico de la misma producción que realiza. Encontró un origen mítico en el accidente de avión que vivió en Crimea. Allí, cuenta, los nómades que lo salvaron lo envolvieron en grasa animal y fieltro, y durante un largo tiempo sólo se alimentó de agua y miel. La grasa, el fieltro y la miel son los materiales que usó en muchas de sus obras.

A Beuys le importaba el valor conceptual de los materiales. La capacidad energética que pueden transmitir. Su universo simbólico, por lo demás, es relativamente acotado: sus intervenciones se centran en una militancia por liberar la existencia de las ataduras institucionales que transforman nuestra sociedad en un correccional, limitando la espontaneidad, la exploración de nuevas posibilidades y castigando la aparición de lo "inadecuado" o "no previsto".

Por eso, la mayoría de las intervenciones de Beuys son políticas y pedagógicas. Siempre se pensó como un maestro. Luchó contra las regulaciones absurdas de la universidad alemana de su época. Fundó instituciones antiinstitucionales que ayudaron a transformar la educación superior. Radicalizando esa experiencia fundó el Partido de los Estudiantes en 1967, un año antes del Mayo Francés.

Como esa experiencia política le pareció demasiado acotada, creó el Partido para la Democracia Directa por Referéndum. Fue ecologista cuando casi nadie sabía qué significaba eso, y a comienzo de los años 70 fundó el Partido Verde alemán, que introdujo en la política occidental el debate por cuestiones que hoy son aceptadas –como los derechos de las minorías, el rescate de la naturaleza, el cuidado del planeta, etc.–, pero que eran impensables hace cuatro décadas. Su obra de 1982, que realizó junto con Nicolás García Uriburu, apuesta a intervenir fuertemente en la transformación de la ciudad: juntos plantaron 7000 árboles en la Documenta de Kassel.

En la retrospectiva de Proa se pueden ver varios videos de las intervenciones y acciones más famosas de Beuys. Dos de ellos son esenciales: Cómo explicar obras de arte a una liebre muerta y Coyote: amo a los Estados Unidos y los Estados Unidos me aman.

En Cómo explicar obras de arte a una liebre muerta, Beuys cimenta su idea del arte: es inexplicable y no debe ser explicado. Una liebre muerta puede entenderlo mejor que muchas personas porque "el arte no se entiende". El arte es del orden de lo que se experimenta. El arte no es un saber racional sino una energía poética: es imaginación y construcción del futuro.

Coyote fue una acción política radical, que lo hizo conocido en Estados Unidos, hacia el fin de la Guerra de Vietnam. Beuys no quería ir a los Estados Unidos porque repudiaba el papel que ese país jugaba en la política internacional, al invadir países y masacrar poblaciones. Aceptó ir a la galería René Block de Nueva York con algunas condiciones que hicieron que su visita fuera una puesta en escena espectacular. ¡No iba a pisar suelo estadounidense! Llegó en avión y al bajar en el aeropuerto fue llevado en andas a una ambulancia que lo trasladó a la galería. Allí se encerró tres días en una jaula con el piso de fieltro en la que había un coyote, que para Beuys era el animal totémico local. Del otro lado de la jaula estaba el público. Al principio, el coyote le mostraba los dientes. Pero al tercer día, el artista alemán se había ganado la confianza del animal, le daba de comer en su mano y lo abrazó. Luego de eso, salió de la galería en ambulancia, fue cargado hasta el avión y regresó a Alemania.

El mundo del arte de Nueva York quedó profundamente conmovido con esa intervención. Warhol hizo una serie de retratos de Beuys y en 1979, el museo Guggenheim presentó la mayor retrospectiva de su obra que se haya realizado jamás. Desde entonces y hasta su muerte, Beuys fue uno de los artistas más famosos del mundo.

Esa fama tuvo su lado negativo. Fue más cuestionado que nunca: se lo llamó farsante, mentiroso, fabulador. Se dijo que su arte era pura propaganda personal.

A casi tres décadas de su muerte, la obra de Beuys constituye uno de los legados más radicales y poéticos del arte contemporáneo. Es difícil acceder a ella sin información previa. Pero el desafío de animarse a enfrentarla es premiado con la energía de una producción poética que puede enamorar a los que vayan a Proa con la mente abierta.

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