Arte holandés contemporáneo
Seleccionadas por Nicole van der Schaaf y Sara García Uriburu las obras se exhiben, hasta el 28, en el Centro Recoleta.
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UNA imagen heterogénea de las artes visuales en la Holanda actual se expone desde el miércoles en la sala contigua a la refrigerada Cronopios. La exposición está integrada por obras de artistas consagrados y jóvenes talentosos, que provienen de un país donde -según el catálogo- siete de cada mil habitantes se dedican al arte. El interés que suscitan esos autores, por la alta calidad de sus manifestaciones, se profundiza al leer las anotaciones de Nicole van der Schaaf y Johan de Toom, que aportan en el catálogo referencias orientadoras y lúcidas.
Por lo demás, conviene tener presente el criterio que primó en el proyecto de esta muestra de pinturas, dibujos y esculturas. La curaduría no intentó hacer un balance de la situación ni dar una visión cercana sino "revelar las maneras de pensar y los métodos de trabajo específicos de los artistas". Los criterios orientadores de la "aplicabilidad" y la claridad determinaron que se excluyeran de esta exhibición las instalaciones, las manifestaciones de arte conceptual y las obras vulnerables a los riesgos de traslado. Sin embargo, el cuadro de conjunto, sin ser exhaustivo, plasma un panorama cuya variedad estilística vale la pena conocer y que se siente como verdadero.
El expresionismo abstracto está bien representado en el acrílico sin título de Henk Hesselius (1927) que revela, con la gestualidad del trazo y la velocidad en la ejecución, una soltura que llega al grado del virtuosismo. A esa corriente (cuya prehistoria proviene de la relación entre formas y colores de Kandinsky, del surrealismo simbólico de Ernst y del automatismo de Masson y Matta) pertenecen también los trabajos de Henk van Vessem (1939), Hans van Horck (1952) y Miguel Ibáñez (1946).
Como ellos, Quintijn van Eyck (1963) sigue una línea dinámica que se aparta de lo objetivo, aunque en el óleo Macho Hembra se muestre a medio camino entre la figuración y la no figuración. Piet Lap (1943) y Janos Bittenbinder (1946) revelan también la nostalgia del modelo. El primero mezcla imágenes de diferente connotación para crear una estructura de contenido enigmático, aunque se reconozcan sus componentes; el segundo, en cambio, se aproxima libremente al paisaje en El gran lago.
Aunque trabaja con formas que provienen de la geometría, Gaby Bovelander (1931) carga el acento en lo subjetivo con exquisita sensibilidad. Menos impulsiva y menos aleatoria de lo que puede parecer a primera vista es Anneke Schat (1942). Su inquietante tinta La danza del ave accidental es el resultado de una acción muy controlada, que evoca los trabajos orientales. Por su parte, Marte Röling (1939), que en Amsterdam pintó varios tranvías, tiene fines muy precisos. En El principio de la creación , obra sinuosa y festiva, formas curvas muy definidas y colores rutilantes plasman una imagen algo carnavalesca.
La figuración y la abstracción alternan en los trabajos de Cole Morgan (1950), norteamericano establecido en Holanda en los años setenta. Sus Higos , de difícil reconocimiento como tales, están incorporados a un sistema compositivo caprichoso, pero de convincente poder comunicativo. Ron van Der Werf (1958), en cambio, es un abstracto que combina lo espontáneo e informal con la geometría. Algo análogo sucede con Arty Grimm (1950), que exhibe un biombo de tres piezas en cuya construcción alternó lo intuitivo y lo racional. This Buit (1934), intérprete de paisajes y bodegones, no requiere mayores elucidaciones; se muestra como un colorista armonioso, amigo de la síntesis, que compone vigorosamente.
La figuración más decidida está representada por varios artistas. Uno de ellos, el más enigmático, es Michele Lehman (1940); su óleo Todo igual , que remite a la obra de Magritte, llama la atención por el enfoque. Muestra gente de espaldas y con la cabeza cubierta, lo que oculta la identidad de esos personajes. El primer plano lo ocupa un sujeto con sombrero, que observa las imágenes seriadas de quince mujeres con pañuelos en la cabeza (en segundo plano) que, a su vez, miran para otro lado. Se supone entonces que la sucesión comienza por el observador del cuadro, que involuntariamente se siente partícipe de la escena.
Llaman la atención también las piezas de Marianne Dirksen (1963) -que pinta paisajes artificiales tomados de una maqueta preparada ad hoc - y las de Karel Buskes (1962), una especie de realista que representa el escorzo de una vaca en primer plano. Elice Kernkamp (1946), de orientación simbolista, integra graciosamente el dibujo y la pintura mediante procedimientos mixtos.
El Bodegón español , de Rien Bout (1937) se inscribe de un modo algo ritual en la tradición figurativa. Se respira en su obra un aire latinoamericano, que viene probablemente de su estadía como profesor en ciudad de México. La religiosidad y la vida casera se conjugan en su obra, que revela un misticismo sin cumplimientos. Una de las figuras más interesantes de la exposición es Pat Andrea (1942). Este artista, que reside en París, ya es conocido para el público local, puesto que expuso más de una vez en nuestro medio. Su labor es tan contundente como original. Sus imágenes alarman por el dramatismo que transmiten con sensualidad y hasta con erotismo. Otro caso especial por su nivel de individualidad es el de Maarten Beks (1929), representado con tres dibujos a pluma de corte muy personal.
Entre los escultores, Herman Bartelds (1956) presenta un original Depósito realizado en granito y latón; Van Vreeswijk (1948), en Enamoramiento, enfrenta en un bloque de piedra negra dos figuras simétricas muy estilizadas, y Jan Verschoor (1943), decididamente abstracto, exhibe una forma sinuosa y continua realizada con maestría.
Componen la selección -realizada en colaboración con la galerista argentina Sara García Uriburu- dos obras de cada artista en todos los casos, y toda una serie cuando se consideró necesario.
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