
Bajos fondos de la Historia
DEFENDER LA SOCIEDAD Por Michael Focault-Fondo de Cultura Económica-Trad.: Horacio Pons-288 páginas-($24)
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"La genealogía es gris, meticulosa y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrados" y "varias veces reescritos", escribía Foucault en Nietzsche, la genealogía y la historia (1971), precisamente cuando su método arqueológico, basado en el análisis de las formas discursivas, abría paso (después de haber alcanzado su máxima expresión en Las palabras y las cosas y en La arqueología del saber ) a un proyecto genealógico consagrado al análisis de la relación saber/poder en la historia "efectiva". Paralelamente iniciaba sus cursos en el Collége de France, donde fue profesor hasta su muerte en junio de 1984. Defender la sociedad es la transcripción, apenas modificada, del curso que dictó en el período lectivo 1975-1976, que se sitúa en la época más rica de su producción escrita, entre Vigilar y castigar y La voluntad de saber , primer tomo de su Historia de la sexualidad . La edición, cuidadosamente anotada, incluye la "Situación del curso" y el resumen redactado por Foucault para el Anuario del Collége.
El genealogista hurga en los archivos los acontecimientos singulares y los saberes locales, no para acumular conocimientos suntuarios sino para poner en juego lo que Foucault llama -lo recuerda en la primera clase del curso- "saberes sometidos". Con esta expresión, designa los contenidos históricos "que fueron sepultados, enmascarados en coherencias funcionales o sistematizaciones formales" y los saberes descalificados como saberes no conceptuales (los del psiquiatrizado o del delincuente, por ejemplo), jerárquicamente inferiores. Contra "la coerción de un discurso teórico unitario, formal y científico", la tarea de la genealogía consiste en liberar y reactivar esos "saberes de abajo", que permiten la crítica.
El eje temático del curso es la guerra como "analizador de la historia" y, en general, de las relaciones sociales y de poder. ¿No hay que analizar el poder, ante todo, "en términos de combate, enfrentamiento o guerra"?, se pregunta Foucault. ¿No habría que decir, invirtiendo la proposición de Clausewitz, que "la política es la continuación de la guerra por otros medios", que se escribe siempre esa guerra, aunque se escriba la historia de la paz y las instituciones? No se trata -aclara- de lo que Hobbes llama la "guerra de todos contra todos", ese estado de guerra en el que cada quien actúa estratégicamente para evitar la guerra (se cierran las fronteras para evitar la invasión de los Estados vecinos y las puertas porque los ladrones acechan), ese teatro de representaciones intercambiadas que genera una relación de temor temporalmente indefinida. Se trata de las guerras concretas, y de lo que la proposición de Hobbes enmascara: "cierto saber histórico concerniente a las guerras, las invasiones, los saqueos, los despojos" y a "las luchas reales en las leyes e instituciones que aparentemente regulan el poder".
La guerra como "analizador de la historia" aparece en Inglaterra y en Francia -dice Foucault- cuando se produce "el estallido de la alabanza de Roma", el pasaje de una historia de modelo romano (en la que el antepasado imperial común garantizaba la continuidad de una soberanía legítima y resplandeciente) a un discurso que reactiva la memoria de las invasiones, se puebla de antepasados olvidados y se articula en torno a la "guerra de razas".
Fue así como en Inglaterra, a fines del siglo XVI y en el XVII, el esquema binario que escandía la sociedad -en todos los planos- desde la conquista de Guillermo (s. X) pudo expresarse en la oposición sajones/normandos a partir del discurso de los parlamentaristas y de los Niveladores, que reactivaron la memoria de la conquista y de sus abusos esgrimiendo el derecho de los "vencidos". La revolución de la que historiadores como Coke y Selden serían testigos y partícipes surgiría así como una revancha de esa antigua "guerra de razas", reactivada.
La evocación de las invasiones sucesivas, en Francia, aseguraba más bien la transmisión de poder (de los galos a los romanos y a los franco-germánicos) y no hacía mella en la homogeneidad del cuerpo de la nación, que iba a romperse, a fines del s. XVII, a partir de un discurso totalmente nuevo, el de Boulainvilliers, representante de la nobleza encargado de reordenar e interpretar una gran masa de informes administrativos sobre el Estado de Francia destinada al heredero de Luis XIV. En el informe resultante, la nobleza, que se atribuye un origen germánico y un derecho de conquista (el derecho de los "vencedores") reprocha al rey todos los agravios, las usurpaciones y las traiciones de los que considera haber sido objeto. "Ya no se trata de la historia gloriosa del poder, es la historia de sus bajos fondos, de sus perfidias, de sus traiciones", dice Foucault, una historia que se encarniza en la denuncia y evoca viejas historias de galos y germanos para transformarse en un instrumento de lucha contra el absolutismo. El saber histórico se esgrime como un arma en las guerras intestinas.
Foucault se detiene en el texto de Boulainvilliers, cuyo esquema de análisis va a ser retomado "tanto en lo que podríamos llamar la derecha como en la izquierda, en la reacción nobiliaria o en los textos revolucionarios anteriores o posteriores a 1789". A partir de allí, se desgranan varios temas, como la aparición de un nuevo "sujeto de la historia" (la "nación"), la consagración del saber histórico como arma utilizada por todos los adversarios del campo político o la "autodialectización" del discurso histórico. La última clase del curso, en la que la formulación del "biopoder" (idea que será retomada en La voluntad de saber ) da pie a una reinterpretación del racismo y de la sociedad nazi, merecerá, sin duda, la atención de los lectores imantados por el ritmo de Foucault, cuya pasión por el relato cede a menudo, subrepticiamente, para dar lugar a la fulguración de una idea.
En 1986, en una entrevista, Deleuze decía que Foucault no era exactamente percibido como una "persona", que cuando entraba a algún lugar, incluso en las ocasiones más insignificantes, "era más bien como un cambio de atmósfera, una suerte de acontecimiento, un campo eléctrico o magnético [...], un conjunto de intensidades". Gracias a la fuerza de su aliento crítico, a la impecable edición y a la mano hábil del traductor, Horacio Pons, algo de esa atmósfera se desliza entre las líneas de Defender la sociedad . Una atmósfera inquietantemente refrescante en tiempos en que se puede sospechar que el discurso sobre la globalización, la búsqueda de la homogeneidad y el llamado al consenso enmascaran otros saberes y contenidos históricos sometidos.
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