Mi vecina, la profe de Lengua
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Me mira, un poco escandalizado. También divertido. Conozco ese gesto: mezcla de incredulidad y cariño, un par de ojos y una sonrisa que dicen “ay, esta madre tan rara que me tocó”.
Le acabo de decir que salgo un momento, que me voy a tomar un café con Liliana, mi profe del secundario. No es la primera vez que la menciono, pero hoy la cosa le suena tremendamente exótica.
“Es como si yo me encontrara con...”, dice. Y menciona apellidos y materias. Así llamábamos a los profesores en el secundario, así los siguen llamando: un apellido, una materia. Gente lejana, adultos, habitantes de otro universo. Mi hijo no puede creer que entre mis amistades haya una exprofesora. Y a mí me causa gracia su desconcierto tanto como a él mis, digamos, rarezas.
Lo que sé es que hay infinitos modos de estar juntos, mil y una maneras de recrear el lazo humano
Liliana fue mi profesora de Lengua en segundo año, y a esa edad –exactamente la misma que hoy tiene mi hijo– jamás me hubiera imaginado que del otro lado del tiempo aguardaba la mesa de café hacia la que estoy yendo ahora.
Por aquel tiempo ella también era un apellido y una materia. Quizás algo más: fue una de las docentes presentes el día en que Jorge Luis Borges visitó la escuela. Estaba entre las que organizaban salidas a los teatros de la ciudad. Y fue una de las impulsoras del “Club Literario”, actividad en contraturno, espacio de lecturas, charlas y escritura al que poco le importaban las rigideces de la currícula, y que una vez por semana nos reunía en una suerte de magia doble. Magia del edificio escolar centenario, enorme y vacío a la hora en que el club funcionaba; hechizo de los autores, textos y palabras que por allí circulaban.
Por supuesto, pasaron años –muchos– desde aquellas tertulias de guardapolvo blanco y luces nocturnas. Y un día, hace no tanto, en el barrio –algunos no podemos más de sedentarios–, mientras el semáforo de Independencia y Boedo alertaba que había que apurarse a cruzar, una mujer se detuvo, me miró, dijo mi nombre. Sí, era yo. Sí, era ella. Las dos en un cruce de avenidas relativamente próximo a la vieja escuela. Las dos, ahora, adultas (y en esto último algo le tengo que conceder a mi hijo: es tan extraño ya no ser la que una fue, y al mismo tiempo seguir siéndolo). Resulta entonces que somos vecinas. Que nos gusta hablar de cosas similares. Que ella me cuenta de su nieto, yo de mi hijo. Y que Liliana Corredera, que allá a mediados de los ochenta además de ser docente había ganado el primer premio en el Concurso de cuentos “Horacio Quiroga” organizado por Cecuda, y que participó por años en los talleres de Laura Yasan, sigue escribiendo.
A uno de sus libros me lo encontré en una librería del barrio. Urbana (El mono armado), un pequeño volumen de poemas; leerlos fue como recuperar un mundo, volver a estar cerca de algo parecido al origen: “mi abuela tenía dedos deformados/ amasaba patios consuelos y malvones/empujaba el pedal y otoñaba delantales”.
Este año, Liliana publicó otros poemas reunidos con el nombre de en (Tahiel ediciones). “dónde están los vientos de lavanda/el agua para la palabra rota/ dónde están dónde quedan”, se pregunta allí.
Siempre me gustó el nombre de un libro de Richard Sennett, publicado en 2012: Juntos. No viene al caso comentar aquí el análisis que el sociólogo británico hace sobre los rituales, la cooperación y el respeto mutuo. Tampoco sobre la casi sistemática erosión que la sola idea de comunidad viene sufriendo desde hace demasiado tiempo.
Lo que sé es que hay infinitos modos de estar juntos, mil y una maneras de recrear el lazo humano. Me preparo para ir a tomar un café con una antigua profesora, actual vecina, y me digo que allá afuera la jungla se desgañita y que solo nos queda preservar el diminuto milagro de ciertos lazos. Y leo, una vez más: “amuleto amado como un cuento/mi miedo a lo oscuro se disipa/es como el amor hecho ovillo”.
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