Campeones, héroes y semidioses

Venerados como deidades, considerados modernos sucesores de la casta de los guerreros, los astros del deporte se han convertido en los nuevos reyes del mundo del espectáculo, de la publicidad y de la comunicación. Y entre los juegos que subliman la guerra, el fútbol es único; el protagonismo del público le confiere un excepcional poder catártico
Eduardo Berti
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4 de julio de 2014  

Los 32 equipos que se ganaron el derecho a participar en el Mundial de Fútbol de Brasil pudieron escoger la frase o emblema de su ómnibus oficial. Las frases son sintomáticas no solamente de lo que el público espera de sus jugadores, sino también del rol que los jugadores (y su dirigencia) han aceptado representar: "¡Una nación, un equipo, un sueño!" (Alemania), "No somos un equipo, somos un país" (la Argentina), "Samuráis, ¡ha llegado el momento de luchar!" (Japón), "Somos un pueblo, una nación" (Honduras) o "El pasado es historia, el futuro es la victoria" (Portugal).

Entre tantas frases bélicas, chauvinistas o exitistas, el lema de la República de Corea parece de otro planeta: "¡A disfrutar, rojos!". Más allá de su especie de acto fallido (¿cómo que "no somos un equipo"?), el lema de la Argentina es reflejo del valor y de la escala cada vez mayores que el deporte de alta competitividad –el así llamado deporte-espectáculo– ha ido cobrando en estas últimas décadas de la mano del creciente profesionalismo. No sólo a raíz de las cifras astronómicas de los contratos deportivos o publicitarios, sino además por el peso simbólico de sus actores: por la cruza de ídolo y de héroe que encarnan. Venerados por la supuesta deidad que contienen (como los ídolos) y por la mezcla de fama legendaria y sacrificio que se les adjudica (como los héroes), los "campeones" se han vuelto ubicuos, más que las estrellas de cine o los ídolos juveniles, y son vistos como herederos de los antiguos atletas griegos (los que eran, en ocasiones, invitados a guerrear al lado del rey) o como modernos sucesores de la casta de los caballeros, aquellos que resumían dos tradiciones hoy divididas: el atleta-militar y el atleta-deportista.

Tienta tomar la máxima de Clausewitz ("la guerra es la continuación de la política por otros medios"), añadirle que "el deporte es la continuación de la guerra por otros medios" y armar una especie de silogismo según el cual el espectáculo deportivo a nivel de equipos nacionales es la continuación de la política. Algo (mucho) de esto ha entendido la FIFA. Algo (mucho) de esto se puede encontrar en mil ejemplos del deporte de alta competencia posterior a cuando, en 1896, el barón de Coubertin relanzó los juegos olímpicos. A partir, sobre todo, del Mundial de Fútbol de Italia en 1934 y de las olimpiadas de Berlín en 1936.

2.El deporte moderno se ha construido en relación con el deporte en la Antigüedad, como apunta Jacques Defrance en su Sociología del deporte. "La ciudad-estado griega estaba más próxima a las sociedades arcaicas que a nuestras sociedades industriales […]; las costumbres eran muy violentas, los ciudadanos circulaban con armas", precisa Defrance y cita la conocida tesis de Norbert Elias, para quien los juegos y deportes antiguos se transformaron en el contexto de un proceso de pacificación de la vida social, proceso que acompañó la formación de los Estados-naciones modernos, donde el empleo de violencia quedó monopolizado, en teoría, por el ejército y la policía. De igual modo que ciertas actividades como la caza fueron perdiendo su propósito original (el de obtener un alimento) para volverse actividades "civilizadas" o lúdicas, el deporte pasó a ser una forma "civilizada" de dirimir rivalidades.

En la Antigüedad, los atletas victoriosos gozaban de una serie de privilegios vinculados con el sueño de la inmortalidad: se les erigía una estatua, los poetas componían versos en su honor, se apuntaban sus nombres en los archivos públicos y hasta se acuñaban monedas con su efigie. Aparte de esto, los vencedores se convertían en dignatarios de su ciudad de origen, donde llegaban a ejercer funciones políticas. A muchos vencedores en las olimpiadas de la Antigua Grecia se les llegaba a conferir mando militar, lo que suscitaba las protestas de los guerreros: ganar una carrera de carros, argüían, no era lo mismo que dirigir carros en una verdadera batalla.

Entre las disciplinas que componían los antiguos juegos olímpicos estaba el "harpastón", parecido al rugby porque los jugadores, tras apoderarse de la pelota, avanzaban hacia el campo contrario esquivando o empujando a los rivales. Y también la carrera con armas: carrera en que los atletas cargaban casco y escudo. Desde entonces, el deporte fue usualmente empleado por tiranos y dictadores con el fin de preparar a los jóvenes para la guerra, o sea, como una extensión del entrenamiento militar, de acuerdo con la sociología crítica de Jean-Marie Brohm, para quien el deporte como fenómeno de masas es "un nuevo opio del pueblo, destinado a enmascarar la lucha de clases y desarrollar el chauvinismo y el nacionalismo más estrechos".

Para Brohm, el espectáculo deportivo es el catalizador de una serie de violencias, frustraciones y decepciones sociales. En la violencia entre aficionados, cuando no entre pandillas de hooligans "con sus injurias racistas, sus agresiones premeditadas, sus vendettas sangrientas" que conducen muchas veces a una suerte de "estado de sitio", se da rienda suelta a "toda clase de brutalidades o incluso de criminalidades". El fenómeno es el mismo que en las fiestas populares, los carnavales u otras concentraciones masivas donde se exaltan, a menudo en simultáneo, elementos militares, religiosos y políticos.

La militarización del espacio deportivo, la importancia de los que está en juego (en términos económicos, sobre todo) y la exacerbación de las pasiones nacionales son los tres elementos que destaca Brohm, lejos de la mistificación del deporte como "instrumento de pacificación" o "escuela de fraternidad".

3.El ajedrez puede ser visto como la sublimación más explícita de la guerra, pero todo deporte de competición es una guerra sublimada en la que se lucha, a la vez, por vencer y no caer. Un doble símbolo: la victoria del hombre sobre la muerte y el poder de destrucción humano. El deporte, según una definición ya clásica de Georges Hébert, se basa en "la idea de lucha contra un elemento definido, una distancia, un lapso de tiempo, un obstáculo, una dificultad material, un peligro, un animal o un adversario; y, por extensión, contra uno mismo". Por más masivo que sea el espectáculo-deportivo, asistimos siempre a la soledad del arquero frente al tiro penal, como decía Peter Handke, tan parecida a la soledad del boxeador a quien "le quitan hasta el banquito" (Ringo Bonavena).

Sobre esta dimensión humana, las hazañas y las marcas que establecen los deportistas tienen algo de sobrenatural y celebran el culto moderno de la superación individual y de la excelencia corporal. Al mismo tiempo, el fútbol y otros deportes, en menor medida, conforman el espacio épico de las sociedades actuales, el lugar donde se construyen mitos y leyendas. "La mitología griega de países como Uruguay", dijo alguna vez Jaime Roos. La posibilidad de vivir un "nacionalismo sin culpas", como escribió hace días Caetano Veloso, tras asistir a un partido en el Maracaná.

Las estrellas ya no provienen de Hollywood, sino de los estadios. Los deportistas se han vuelto los nuevos reyes del mundo del espectáculo, de la publicidad y de la comunicación. El deporte se adapta a los medios (el tie-break que acorta los partidos de tenis, por ejemplo) de igual modo que los nadadores aceptan competir a las ocho de la mañana (Pekín 2004) en busca de la máxima audiencia. El ídolo deportivo es una marca omnipresente y su ascenso o caída (Oscar Pistorius, Lance Armstrong, O. J. Simpson) es un drama de altísimo impacto y mediatización. La omnipresencia es tal que, cada vez más, son los propios deportistas (sobre todo los retirados) los que comentan deporte en los medios, cuando no se vuelven dirigentes o cuando no son invitados a opinar en la TV y a ocupar roles que antes solían reservarse, más bien, a los intelectuales o a los artistas. Tal vez esto pueda verse como una especie de compensación frente al retiro temprano, frente a la vejez prematura del deportista en una sociedad donde se consagra más y más la noción de juventud, donde se prolonga más y más la vida humana y el Alzheimer crece en las estadísticas.

4.La catarsis que logra el drama deportivo rebasa la idea tradicional de catarsis, según la cual el público puede experimentar las pasiones de los actores sin temor a sufrir sus efectos. Si bien el deporte-espectáculo reúne distintos grados de catarsis, de acuerdo con la cultura de sus espectadores y con la disciplina deportiva (transmitir por radio una partida de ajedrez con la pasión con que se transmite un partido de fútbol sería, por lo menos, un acto absurdo o paródico), el vínculo público-actor rompe con viejos conceptos. La catarsis del fútbol es todavía mayor porque, de todos los deportes que subliman la guerra, el miedo o el infortunio, en ninguno el público se vuelve a tal punto protagonista.

Eso de que la hinchada es el "jugador número 13" representa algo más que una acertada metáfora. Cuando uno ve a los jugadores y a sus hinchas llorando a la vez tras una derrota, resulta claro que el público siente los verdaderos efectos de lo que viven los actores. Más aún: el peor reproche que suelen hacerles las hinchadas a sus jugadores es que viven menos que ellos (menos que el público) eso que se llama "la camiseta" y que, en el fondo, parece una metonimia de la piel.

La empatía que logra el deporte-espectáculo excede, en sus cumbres de pasión, la empatía de las obras de ficción. Desde luego, son legendarios los casos de espectadores yendo a pegarle, a la salida del teatro, al actor que hace de malo. Pero esas reacciones son vistas, en general, con cierta conmiseración. Esos espectadores no entendieron que en la ficción todo fue escrito de antemano.

Allí radica acaso la gran diferencia con el drama deportivo, donde la fatalidad puede torcerse, donde el factor de lo imprevisto (lo "impensado", como decía Dante Panzeri refiriéndose al fútbol) fascina tanto que el acto de ver "en diferido" un partido de fútbol del que no conocemos el resultado le quita emoción a la experiencia porque ésta pierde de pronto su dimensión colectiva (agorística) y pasa a ser una experiencia individual, como la de ver una película en privado, en DVD.

La mezcla entre ficción y deporte se da en la lucha libre de entretenimiento: en el catch al viejo estilo Karadagián. El público ideal para este "deporte guionado" son los niños, tal vez porque se trata de una especie de ejercicio aleccionador: árbitros que el público abuchea porque tuercen las peleas, malos que ganan o pierden haciendo trampa, buenos que representan el fair play pero también el coraje. Para los adultos, en cambio, se trata más bien de un disfrute estético. "La función del luchador de catch no consiste en ganar, sino en realizar exactamente los gestos que se espera de él […]. Gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación", escribió Roland Barthes en Mitologías.

En la otra punta de los vínculos entre ficción y deporte está la realidad (y también el mito) de los "partidos arreglados" en beneficio de las apuestas o ciertas "mafias". En su cuento "Jacob y el otro", Onetti mezcla parte de estas cosas: un viejo campeón de lucha libre que, de la mano de un astuto representante, ofrece exhibiciones y desafíos arreglados de antemano, en los que está en juego una suma de dinero.

5.El francés Paul Yonnet, fallecido hace tres años, fue uno de los primeros sociólogos en analizar (bajo el claro influyo de los cultural studies) fenómenos de masa como el rock, el ocio, el tiempo libre o las apuestas. "Mis libros son, acaso, fruto de las tensiones y contradicciones que hallé entre las prácticas populares que conocía por experiencia propia y las metodologías universitarias", dijo hace más de una década.

En Systèmes des sports (Gallimard, 1998), Yonnet contribuyó a esa compleja actividad llamada "sociología del deporte" (compleja porque, como escribió Pierre Bourdieu, "la desprecian los sociólogos y la desdeñan los deportistas") al sostener que el impacto actual del deporte es el resultado de su profunda afinidad con uno de los fundamentos de la sociedad contemporánea: el principio de igualdad. No solamente en el caso del deporte-espectáculo, sino también en el fenómeno creciente del "deporte de masa" cuyo ejemplo más notorio son, acaso, esos maratones multitudinarios que se corren por las calles de la grandes urbes y donde atletas de alto nivel transpiran codo a codo con aficionados de alto nivel (y no tanto…).

A Yonnet le interesa especialmente la doble construcción de espectáculo y "relato" que hay en lo que él llama "teatro deportivo", el cual ha sido organizado en círculos concéntricos: el núcleo de la escena (el campo de juego), los espectadores del primer círculo (es decir, los que se hallan presentes en el estadio y que en muchos casos son también actores con sus cánticos, sus gritos, sus gestos como "la ola") y, por último, los espectadores del segundo círculo que siguen todo aquello desde la televisión, desde la radio o, incluso, desde los bares o los lugares públicos donde se ofrece el partido.

A los anillos o círculos de actuantes que propone Yonnet podría añadírsele la categoría un poco problemática de los árbitros y jurados. No tanto el árbitro de negro, invisible cuando todo sale bien (como el traductor literario, al árbitro sólo lo vemos cuando comete un error visible: el ideal es que olvidemos su presencia), sino el caso de esos deportes donde existe una especie de tribunal o jurado que otorga puntos. Es lo que ocurre en los saltos ornamentales, por ejemplo, disciplina que el gran público admira sin entender del todo sus sutilezas y complejidades. Allí, entonces, como en el caso de cierto arte de vanguardia, un grupo de "entendidos" cumple la misión de valorar y establecer premios.

El boxeo presenta una mezcla muy singular de las dos instancias. Mientras dura la pelea, casi nadie se acuerda de que allí, al pie del cuadrilátero, hay unos hombres que tendrán que pronunciar un fallo si el combate no se resuelve con un golpe, una caída, una herida. A diferencia de los saltos ornamentales (que desde su nombre indican la prioridad que se le otorga a lo estético, a lo ornamental), ni los boxeadores ni el público están pendientes del jurado o a la espera de esos cartelones con notas indudablemente escolares. En el boxeo, la catarsis, la violencia, la pasión del espectáculo hacen olvidar la existencia de jurados, que sólo son solicitados (como una especie de tribunal militar, tienta decir) cuando la pelea no se resolvió antes. E incluso cuando son solicitados, la supremacía de uno de los dos contendientes fue en ocasiones tan clara que el jurado no hace más que ratificar lo obvio, lo que hasta el menos entendido ya entendió.

6.Para comprender un deporte, ha escrito Pierre Bourdieu, "es necesario reconocer la oposición que éste ocupa en el espacio de los deportes". No es lo mismo la lucha ("la importancia del cuerpo a cuerpo, acentuada por la desnudez de los combatientes") que el contacto efímero y distanciado de los luchadores de aikido. No es lo mismo el pesado choque del rugby que la ágil levedad del voleibol. "La distancia social se retraduce muy bien en la lógica de cada deporte: el golf instaura por todas partes la distancia".

El fútbol se presta mejor que otros deportes más "científicos", como el básquet, a demostrar que muchas veces no sirve de nada haber ganado las estadísticas de ocupación de terreno o de posesión de pelota. El tenis (que se define por puntos y no por tiempo) atrapa, entre otras cosas, porque no todos los puntos valen lo mismo; o, mejor planteado, porque el resultado final no es la sumatoria de todos los puntos sino, más bien, la sumatoria de "etapas" (games), no importa si una etapa se ganó fácilmente y otra no. Hay puntos, enseña el tenis, más valiosos que otros.

En cuanto al boxeo, ha tentado a muchísimos narradores por su intensidad agonística, como bien dijera Martín Kohan: "Más que el fútbol –un juego colectivo que no tiene intensidad agonística porque no se pone el cuerpo de una manera dramática–, el boxeo es una usina de posibilidades micronarrativas. Si tengo que tramar una situación de suspenso y de intensidad de espera, mi cabeza siempre va hacia cierto tipo de escenarios épicos, que básicamente son la guerra o el deporte. Una espera intensa es El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, para poner un ejemplo muy alto de una escena de espera en la guerra. Bajando los decibeles pero manteniéndonos en un horizonte de épica, Firpo parado en el medio del ring viendo si Dempsey vuelve o no vuelve, si va a ser campeón del mundo o no, podría ser otro ejemplo".

7.Si desea funcionar, nos explica Paul Yonnet, el sistema del deporte-espectáculo necesita de dos elementos indispensables: la incertidumbre y la identificación. La puesta en escena del deporte consiste en "organizar la incertidumbre". Los atletas "fabrican desequilibrio", como le hace decir Paul Fournel a su personaje esquiador en el libro Les atlètes dans leur têtes, serie de monólogos a cargo de deportistas. El objetivo de los atletas, siempre según Fournel, es "sembrar la inquietud y la duda" en torno al éxito y el fracaso.

Ahora bien, la incertidumbre funciona cuando se basa en una especie de igualdad: demasiado desequilibrio entre dos adversarios resta interés o tensión dramática. Tanto es así que cuando un campeón es demasiado dominador –como en el caso de Roger Federer hasta hace unos años– empieza a competir con la historia y debe batir marcas de los campeones anteriores. Lo mejor que le puede ocurrir al deporte como espectáculo es la construcción de parejas de rivales, tanto en lo individual (Prost-Senna, Messi-Cristiano Ronaldo) como en lo colectivo: Argentina-Brasil en fútbol, Francia-Inglaterra en rugby.

El paradigma de lo imprevisto (de la incertidumbre, como dice Yonnet) es hoy tan seductor que ha ganado amplio terreno en áreas donde antes tenía menos presencia. Desde los años noventa, por ejemplo, en el llamado arte contemporáneo "el autor no tiene una idea preestablecida de lo que va a pasar", escribe Nicolas Bourriaud en Estética relacional. "El arte se hace en la galería así como para Tristan Tzara el pensamiento se hace en la boca".

En cuanto al segundo punto, el de la identificación, Yonnet afirma que se expresa en múltiples niveles, de acuerdo con la escala de la competencia: internacional, nacional, regional o aun barrial. Así y todo, piensa Yonnet, la cuestión nacional es preponderante y las prácticas deportivas (y extradeportivas, tienta añadir) reflejan diferentes modelos de nación y de nacionalismo. Como ejemplo, Yonnet se detiene en las formaciones (a fines de los años noventa) de los seleccionados de Francia y de Alemania: el primero parece una exhibición pluriétnica; el segundo, con casi ningún jugador de origen extranjero, parece inseparable de una concepción fundada en el derecho de sangre y no en el derecho de suelo.

Si el rugby no ha llegado a alcanzar la identificación del fútbol, esto se debe –concluye Yonnet– a que durante décadas fue un deporte no universal, practicado solamente en algunos países y, más aún, en ciertas regiones de estos países por una clase social determinada. La decisión de organizar una copa del mundo de rugby y de ampliar el rango de selecciones invitadas a los torneos máximos (la Argentina, Italia) fue un primer paso tendiente a hacer del rugby otro deporte-espectáculo a escala mundial.

8.No solamente los atletas de la antigüedad eran semidioses. Las instalaciones deportivas de los juegos olímpicos estaban en un recinto sagrado, adyacente a los templos. Y las competencias representaban una mimesis de antiguos enfrentamientos de dioses y de héroes.

La idea de ritual pagano no es únicamente antigua. De igual modo que se escribe D10S para hablar de Maradona, allá por los años 60 algunos diarios brasileños, al publicar la alineación del Santos, ponían "Él" en reemplazo de Pelé. Y desde tiempos inmemoriales se celebra una vez por año, en ciertos pueblos de Gran Bretaña, sobre todo de Escocia, un partido de fútbol medieval (o mob football) que en muchos casos constituye la conmemoración de una batalla, en aquel mismo lugar, entre los del norte y los del sur.

Así como la televisión y el deporte en vivo plasman una máquina de emociones que es una alianza sin par y en perpetua transformación (instrumentos próximos a la TV que sirven para arbitrar si una pelota entró; carreras de Fórmula 1 que evolucionan de la mano de la tecnología automotriz y audiovisual), de modo semejante las estrellas del deporte y los auspiciantes han ido tejiendo una alianza cada vez más poderosa, que excede la mera esponsorización.

Los juegos olímpicos celebrados en Los Ángeles en 1984, considerados los más rentables de la historia, marcaron el inicio de una nueva era. La alianza incluye hoy en día los materiales en la ropa de los nadadores o en los equipos de los esquiadores, la biotecnología, la medicina deportiva, la neurociencia, la dietética…. La industria y la ciencia del rendimiento deportivo, en suma, son parte como nunca del deporte-espectáculo. Esto que antes parecía ser relevante sólo en el caso de ciertas disciplinas como el automovilismo, donde no todo dependía del hombre-héroe, se ha generalizado sin quitarle, sin embargo, ni un ápice de gloria o de fama al "dios-campeón".

9.Hay un conjunto de síntomas que permiten comprobar la fiebre que despierta el fútbol en la Argentina: desde las elegantes peluquerías femeninas con partidos en las pantallas de TV hasta los adolescentes que se pasean por la calle tarareando un cantito de la "barra brava". Uno de los síntomas más explícitos consiste en ver la cantidad de imágenes y metáforas futbolísticas que se usan cotidianamente: patear para adelante, transpirar la camiseta, quedarse en orsái, jugar a la defensiva, patear en contra, despejar, ser un crack, pedir la hora, colgarse del travesaño… Al mismo tiempo es ilustrativo observar cuántos giros y cuántas expresiones de origen bélico hay en el relato al que estamos acostumbrados cuando la TV o la radio nos entrega un partido de fútbol. El artillero, la defensa, los disparos, el ataque, el peligro, el "hombre caído en el campo"…. En tiempos en que la palabra "competencia" se ha instalado en todos los ámbitos, la retórica del periodismo deportivo se aproxima con frecuencia al léxico militar ("vencer o morir", cosas así), tanto como el discurso amoroso también presenta analogías con las estrategias guerreras (¿no se habla de "conquistas amorosas?").

La épica nos ha enseñado que las hazañas, en el marco de esta lucha, son tan importantes como el relato de las hazañas: la narración o la acumulación de narraciones contribuye a magnificar al héroe. El primer gol de Maradona a Inglaterra es tan recordado como la frase de "la mano de Dios". Y, en cierto aspecto, Maradona ha sido un productor de giros y expresiones idiomáticas tanto como productor de hazañas deportivas: desde el "me cortaron las piernas" y "la pelota no se mancha" hasta el "se le escapó la tortuga" que llegó a instalarse en el idioma de los argentinos con tal fuerza que muchos ya olvidaron (o incluso ignoran) quién lo acuñó.

El relator deportivo, que también contribuye a la magnificación y a la épica, debe en teoría limitarse a ayudar a que se construya lo mejor posible el espectáculo. Pero en ciertas ocasiones imprime frases o giros (el "barrilete cósmico" de Víctor Hugo Morales) que son casi inseparables de la "gesta". O, en su defecto, cae en el exceso y la cháchara.

A fines de los años sesenta, Umberto Eco publicó un texto fascinante en torno a la "cháchara deportiva". Más allá de que la idea de "derroche" domina la actividad deportiva, escribe Eco, hay un derroche de discurso en torno al deporte, inseparable del nacimiento del "atleta como monstruo". Esto sucede, según Eco, cuando el deporte se eleva al cuadrado: "Cuando, de juego que era jugado en primera persona, se convierte en una especie de discurso sobre el juego, el juego como espectáculo para otros y, por tanto, el juego jugado por otros y visto por mí".

Si el mundial o los juegos olímpicos no se realizasen de verdad y se limitaran a imágenes ficticias, exagera Eco, "nada cambiaría en el sistema deportivo internacional, ni los comentaristas deportivos se sentirían defraudados". En definitiva, "el deporte como práctica ha dejado de existir o sólo existe por razones económicas (porque es más fácil hacer correr a un atleta que rodar una película con actores que finjan correr)", y hoy en día sólo existe "la cháchara sobre la cháchara deportiva", la que posee todas las apariencias del discurso político. "Esta cháchara es, aparentemente, la parodia del discurso político, pero, puesto que en esta parodia se diluyen y se disciplinan todas las fuerzas de que disponía el ciudadano para el discurso político, tal cháchara constituye el Ersatz del discurso político. Y lo es hasta tal punto que ella misma se convierte en discurso político."

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