
Ciencia, cultura y sociedad
VIDA INTELECTUAL EN EL BUENOS AIRES FIN-DE-SIGLO (1880-1910) Por Oscar Terán-(Fondo de Cultura Económica)-310 páginas-($20)
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En libros como José Ingenieros: pensar la Nación o Positivismo y nación en la Argentina, Oscar Terán -filósofo e historiador de las ideas, profesor de la materia Pensamiento Argentino y Latinoamérica en la UBA- ha demostrado que el análisis filosófico es una forma válida y fértil de hacer historia. El resultado más evidente de su trabajo es haber develado la complejidad y la riqueza de las matrices conceptuales presentes en ese momento histórico clave que fue el de la consolidación de la nación moderna.
En Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la "cultura científica", Terán retoma ese escenario para componer el denso tejido de ideas y creencias de una fracción intelectual de la elite social porteña representativa de la "cultura científica". Los personajes elegidos son José María Ramos Mejía, Carlos Octavio Bunge, Ernesto Quesada y, brevemente, pues ya fue tratado en otro libro, José Ingenieros.
Como fondo sobre el cual destacar la novedad de los discursos positivista y cientificista, Terán elige el optimismo zozobrante de Miguel Cané (h) -"representante arquetípico de la generación anterior"-, en cuyo pensamiento se yuxtaponen la expectativa de una experiencia cultural argentina excepcional y la sombría perplejidad ante la evidencia de que "el torrente modernizador ha acarreado fenómenos indeseados e incomprensibles". Percepción vaga de una realidad signada por la irrupción de las masas en el escenario público y por el carácter mercantilista de la nueva sociedad. ¿Cómo tornar transparente, cognoscible y, por ende, gobernable esa sociedad "aluvional y magmática"?
José Ramos Mejía, creador de la Asistencia Pública, será uno de los primeros promotores de la aplicacion del canon positivista -dominado en la Argentina por la obra de Herbert Spencer- al análisis de esta problemática nacional, donde la multitud es concebida a partir de esquemas biologicistas. Desde la disciplina médica, Ramos Mejía colabora en la organización de una interpretación de lo social encuadrada en la metáfora del organismo y de la crisis como enfermedad. Al fantasma de la decadencia por exceso de civilización, Ramos Mejía opone el mundo rural y el caudillismo.
Pero Terán muestra los límites de la razón positivista al poner en discusión las teorías sociales de Carlos Octavio Bunge, a quien presenta como caso extremo del biologicismo en su vertiente racista. Bunge concibe la sociedad como "organismo psíquico" e intenta traspasar la paradoja entre determinismo y acción moral "mediante la incrustación de un núcleo espiritualista en el interior de su credo positivista".
Ernesto Quesada aparece como "punto de liaison entre el viejo mundo patricio y señorial" y "el deslumbramiento gozoso ante los logros de la modernidad". Admirador de Spencer -aunque no adhiere en forma irrestricta a su credo-, Quesada esboza una reconfiguración del tipo nacional conectada al linaje español, donde el gaucho aparece como producto del trasplante a la pampa de los andaluces de los siglos XVI y XVII. La desaparición material del gaucho hace posible su transustanciación hacia "la pureza estética del espíritu".
Recortados sobre la marea mayor del paisaje intelectual europeo, los discursos estudiados por Terán, definidos en un cruce de literatura decadentista y darwinismo social, asignaron a distintas disciplinas la función de ejes articuladores en la tarea de comprensión totalizadora -la psicología en Bunge, la sociología en Quesada-. Pero todos ellos tuvieron en común un objetivo: descifrar esa masa social heterogénea, impura y bullente en un intento de guiar y regular sus prácticas.
Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910) logra destilar, con claridad y precisión extremas, los intentos de legitimación de las formas de representación social construidas, a partir de la analogía y la metáfora científica, por el positivismo evolucionista en la Argentina.
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