
Comedia casi perfecta
DIENTES BLANCOS Por Zadie Smith-(Salamandra)-Trad.: Ana M. de la Fuente-525 páginas-($ 59)
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Cuando apareció en el escenario de la novelística británica esta opera prima de Zadie Smith, hace un año y medio, se produjo un considerable revuelo porque las críticas fueron invariablemente positivas, las ventas frondosas, y la autora fue saludada con beneplácito por sus colegas más consagrados, como Martin Amis y Hanif Kureishi. No fue sólo esta buena repercusión lo que generó un vendaval de comentarios en la prensa escrita y en los medios televisivos, sino también la corta edad de Smith, que nació en Londres en 1975, hija de un británico y una jamaicana, actualmente graduada en Letras por la Universidad de Cambridge. Dientes blancos ganó los premios Whitbread y Guardian, además de haber sido finalista del prestigioso Booker, y la BBC ya está preparando una adaptación de cuatro capítulos.
Desprovista de sofisticaciones o de complicidades intelectuales, esta novela define con astucia su carácter desde las primeras páginas: abordar con humor la compleja relación entre un grupo de personajes y el cambiante espacio de Londres desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. De hecho, con su lenguaje llano, su abundancia de diálogos y su visión incrédula respecto de lo políticamente correcto, Dientes blancos es una comedia casi perfecta.
Archie Jones y Samad Iqbal son dos veteranos de la Segunda Guerra Mundial que se reencuentran en la Londres de posguerra e inician una conflictiva amistad, que se extenderá a sus respectivas familias y hasta la generación siguiente. Archie se casa con una jamaicana orgullosa de su negritud pero molesta por las imperfecciones de su blanquísima dentadura. Así, los dientes anticipan cómo se plantearán los problemas en el texto: el orgullo étnico se enfrenta cómicamente con la adversidad del destino. Samad se casa con una bengalí como él e intenta imbuir a su familia de los preceptos musulmanes, lo cual provoca una lucha sórdida y silenciosa entre padres e hijos, dada la disposición de la nueva generación a asumir el modo de vida británico. La ciudad, verdadera protagonista omnipresente del relato, es percibida -con cierta dulzura ácida- como epicentro de la diversidad, del encuentro de polaridades y de la amalgama de lo tradicional, lo impuesto y lo contradictorio. La mezcla cultural y étnica se convierte así en el sustento de la mayoría de los enredos, trabajados desde una ironía lúcida y desacralizadora.
En Dientes blancos , se cruzan humorísticamente lo dramático y lo extravagante de un disímil conjunto humano. Es una especie de recreación del horror doméstico y cotidiano, de la vida barrial de inmigrantes y de la tensión entre el espíritu británico y las mentalidades de los ex colonizados. El protagonismo londinense otorga dimensión y medida a la profusión de situaciones y personajes, a la vez que demarca el territorio donde toda yuxtaposición de opuestos es posible y se vuelve risible. Si Samad homologa moral a religión, sus frenéticos hijos Millat y Magid, protagonistas de la segunda mitad de la novela junto con la hija de Archie, Irie, experimentan un disparatado extremismo. Millat se suma al ridículo grupo de los autodenominados "Guardianes de la eterna y victoriosa nación islámica", portadores de un farsesco fundamentalismo que se limita a exteriorizar tímidas groserías en sectores concurridos de la ciudad. Magid, por su parte, asume una condición de impostada britanidad que lo convierte en la parodia de un inglés.
Pero el verdadero plato fuerte de Dientes blancos es su capacidad de tomar en solfa la experiencia religiosa de los inmigrantes en su denodado esfuerzo por preservar sus bases de identidad étnica ante los embates del consumismo inglés. Para acceder a ese objetivo plenamente satisfecho, el texto no duda en cruzar referencias de toda índole y en exponer -por momentos, con ferocidad- el costado absurdo y hasta patético de varios personajes en su intento por reducir todo trayecto vital y psicológico a lo religioso, un intento que se frustra a cada instante. Y la caótica enumeración de referentes, tanto de lo británico como de las etnias inmigrantes, incluye al economista Adam Smith, al actor David Niven, el escritor E.M. Forster, al futbolista David Beckham, así como la diferencia entre los barrios de Whitechapel y Williesden, la cerveza Guinness, el ayuno islámico, los restaurantes de comida oriental, el Gran Motín de la India de 1857, entre otros.
Sin embargo, la irreverencia nunca cae en la irrespetuosidad, y el humor de la novela surge de la energía desbordada y de la aguda inteligencia con que son retratados los comportamientos humanos y las expectativas muchas veces fallidas de una constitución satisfactoria de la identidad. La mirada de Zadie Smith, en una audaz vuelta de tuerca de la estética poscolonial, es penetrante e incisiva, goza de una saludable conciencia crítica y examina el desasosiego de un grupo de criaturas que, casi sin proponérselo, conforman un rico fresco social trabajado con exuberancia, vitalidad y acotada indulgencia.
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