Cómo viven los musulmanes el mes sagrado del Ramadán
En la Argentina, 800.000 personas se suman a la festividad para acercarse a Dios.
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Soraya Seibaa, directora del Colegio Argentino Arabe, es musulmana. Se levanta cada mañana a las 4.30, realiza un wudu (higienización leve), se arrodilla en el piso, se coloca su tarha (velo) en la cabeza y reza en dirección a La Meca. Regresa luego a la cama; duerme un par de horas y se levanta definitivamente a las 6.30. Lleva sus tres hijos al colegio y empieza allí su tarea como directora: atiende citas de padres y docentes. Soraya no para, y lo curioso es que, en su trajín diario, no prueba ni una gota de agua ni un bocado de pan.
Es que desde el 27 de noviembre hasta el lunes próximo, para ella, como para los 800.000 musulmanes que habitan en la Argentina según el Centro Islámico, comenzó el Ramadán. Este mes sagrado, para quienes creen que Dios reveló el Corán al profeta Muhammed, exige ayuno de comida desde el alba hasta la caída del último rayo del sol. En países como el nuestro, donde los musulmanes son minoría, cumplir el ayuno es todo un logro. Aquí no ocurre como en Arabia Saudita donde los horarios del país cambian para hacer más llevadero el esfuerzo. Amén de que la sociedad entera lo cumple y el contagio ayuda.
"Los primeros días me cuesta habituarme a no comer; me duele la cabeza -confiesa Soraya-. Pero una vez que el cuerpo se desintoxica, me acostumbro y lo aprovecho", agrega esta mujer de 37 años, hija de padres sirios, para quien observar el Ramadán es "gratificante" por el clima de alegría espiritual que lo acompaña. Un placer que se convertiría posiblemente en una tortura si no lo compartiera en su hogar, con su marido y, en el trabajo, con sus colegas.
Obras virtuosas
En rigor, el Ramadán no exige sólo ayunar de comida. Se pide a los fieles que "ayunen" con la palabra y se guarden de emitir comentarios agresivos; que eviten las relaciones sexuales durante el día, y que se ponga especial atención en la oración, la limosna y las obras virtuosas.
"Hay que abstenerse de lo mundano", sintetiza Omar Abboud, secretario de Cultura del Centro Islámico, quien cumple el Ramadán desde hace 18 años y dice hacerlo por una cuestión de fe. "Cuando termina el mes, me siento pleno; algo así como cuando uno termina un buen trabajo. Lo hago por mí y por Dios", explica.
El imán (guía espiritual) de la Mezquita Al Ahmad, llamado Ibrahim El Desuque El Alfi, de 30 años, es un egipcio de ojos oscuros y mirada profunda. Entra en el Centro Islámico, donde también está el Colegio Argentino Arabe, y un grupo de niños lo abraza. Ante la proximidad de la fiesta, invita a los menores a orar en un salón. Todos se descalzan, se arrodillan para rezar mirando hacia la Meca. " Salam Aleikum ("La paz sea con vosotros")", les dice.
"La oración es central en este mes", señala el imán a La Nación . "Nos esperan bendiciones, gracia; es un tiempo de salvación, una oportunidad para acercarnos a Dios", dice en árabe. Y comenta que los fieles rezan una vez más al día (el tarawi , el sexto rezo del día).
Los cinco pilares
El Ramadán es uno de los cinco pilares de la religión musulmana. Los otros cuatro son: dar testimonio de fe, orar cinco veces al día, ayudar a los más necesitados y peregrinar a la Meca una vez en la vida. Guardar el ayuno es obligatorio a partir de los 12 años. Están exentos los enfermos, los que viajan, los ancianos y la mujer embarazada o que amamanta. "Pero deben recuperarlo luego", explican.
Los musulmanes creen que durante ese mes de purificación se multiplica el efecto de los buenos actos y sus pecados son perdonados. Especialmente ocurre esto durante la llamada noche del destino - Laila tl Khader en árabe-, cuando se cree que se revela el Corán. "Se trata de una noche de paz. Dios da a conocer un mensaje central. Durante esa noche se multiplica el efecto de los buenos actos", explica el imán.
Pero no pareciera ser ésta la única razón por la cual los musulmanes ayunan y rezan durante un mes entero. "Guardo el ayuno en símbolo de agradecimiento a Dios y para profundizar mi relación con él", dice Abboud. "A mí me fortalece esta práctica."
"El Ramadán es parte de mi identidad", explica Soraya. Hace unos años, ella estuvo durante el Ramadán en Arabia Saudita y confiesa que allí lo vivió con más intensidad. Pero en Buenos Aires, donde habita, lo disfruta. A tal punto que, cuando finaliza la festividad, confiesa que se siente rara. "Ya me acostumbré a encontrar a las mismas personas en la mezquita o en sus casas para romper el ayuno cuando cae el sol y celebro su compañía. La verdad es que después los extraño", concluye.



