
Comprensión y simpatía ante el "cansancio" de Juan Pablo II
El Pontífice dedicó el último año a atender numerosas actividades públicas
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MILAN.- Hay una frase bellísima de Tonino Guerra, un poeta amigo, que vuelve a mi memoria en ciertas circunstancias: "En otoño, el rumor de una hoja que cae es ensordecedor, porque con ella se precipita un año".
Así es; casi se me había olvidado, pero también yo estoy entrando en el tercer milenio. Qué fatiga, sin embargo.
Con acendrada simpatía y comprensión pienso en el Papa: durante doce meses ha tenido que oficiar el Jubileo con carabineros y desocupados, con obstetras y parturientas, escuchando discursos que acentuaban ciertas molestias y estimulaban la somnolencia.
Recuerdo un episodio que me confió monseñor Pisoni, un prelado milanés que se ocupaba de las relaciones con el periodismo. Durante un viaje a Tierra Santa, el papa Montini lo llamó al compartimiento que le habían preparado en el avión. Había entre ellos cierta confianza, y le preguntó: "¿Qué se dice de mí en mi antigua diócesis?". "Que la tarea de Su Santidad es difícil". "¿Sólo eso?" "Se dice también: ¿por qué será que el Santo Padre no sonríe nunca?" "¿Qué motivos tendría para eso?", fue la respuesta.
Me conmueve y me compromete el cansancio del Pontífice, "el polaco", como lo llama Bossi con su habitual sutileza; este hombre que ha sido testigo en su tierra de tanta crueldad, primero por los nazis y luego por los soviéticos, y que tanto ha hecho por la libertad del mundo en el Este.
Es a la vez irónico y agudo: el cardenal Tonini me acompañó con Franco Iseppi al Vaticano y fuimos recibidos en audiencia privada: hacía poco que habíamos comenzado un programa inspirado en los Diez Mandamientos.
"Se lo agradezco también en nombre de Moisés", dijo sonriendo. "Santidad -respondí con cierta turbación-, nosotros no hemos añadido ni quitado nada."
Detalles
Algunos han criticado una predilección mía, que consideran excesiva, por las citas: debo confesar que lo hago para darme ánimo, y en la intención de dividir la responsabilidad por mis inevitables errores. Es un arbitrio de mi memoria.
Además, siempre me han interesado los detalles: si miro un cuadro de Brueghel, por ejemplo, en esa plaza abarrotada de hechos y figuras intrascendentes mi vista recae fatalmente en lo que está haciendo un hombrecillo en una esquina.
Tengo entre las manos la que creo última novela de Vladimir Nabokov, "El regalo", quizá su obra maestra, con la Alemania de posguerra y "los vapores, los oros y la escarcha de San Petersburgo", cuando estaba el zar y después.
Desfilan lamentaciones e ironía y una larga teoría de personajes, como aquel Herman Ivanovich Busch que "fruncía la espléndida pero del todo infructuosa frente", y aquel Fedor Konstantinovich que "tenía los ojos demasiado benévolos para la literatura". También está el genio de la crítica acerba: el poeta Boine reseñó en una línea un volumen de versos de un escritor de la Emilia, titulado "I canti del cuculo". Y escribió: "Tiene una sílaba de más".
Giovanni Mosca dice de Marco Ramperti, que gozaba de la fama de no muy asiduo frecuentador de la ducha y que se las daba de sans-culotte , remedando nada menos que la Revolución Francesa: "Yo, en cambio, te llamaría Marat, si éste no hubiera muerto en la bañera".
Escaramuzas, en el fondo, que contemplaban hasta una cierta elegancia. Mejor que aquello escrito por Mussolini acerca de un director del Resto del Carlino que no comulgaba con sus ideas y sus métodos, empezando por el título: "Il puttano Monicelli".
Está el que ha confesado: "Detesto las estaciones porque pienso en los adioses"; por mi parte, encuentro poco amables las así llamadas "recurrencias", sean fiestas o aniversarios. Señalan el tiempo y sobre todo el que se ha ido.
Ya: era simplemente ayer.
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