
Cuerpos y culturas
En Antropología de la imagen (Katz) el especialista en historia del arte Hans Belting propone revalorizar los aspectos humanos del proceso de producción de imágenes frente al avance de las nuevas tecnologías
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Si bien es sabido que el ser humano se diferencia de otros seres vivos a causa de sus imágenes [...], también es igualmente indiscutible que los seres humanos se distinguen profundamente entre sí a causa de sus imágenes, lo mismo internamente que de cultura a cultura (desde esta perspectiva, la globalización amenaza la desarrollada diversidad de las imágenes colectivas). En la diversidad de imágenes a las que les atribuye un significado, la persona humana confirma que es un ser cultural, imposible de ser descrito apenas en términos biológicos.
Sin embargo, el debate sobre el lugar de las imágenes presupone que existe por lo menos un lugar al que se puede nombrar de esa manera. Uno de esos lugares es el cuerpo, que introduzco aquí con un concepto general, aunque soy consciente de cuán problemática se ha vuelto su conceptualización en la ciencia actual. Pero si lo llamamos simplemente lugar, tal vez pueda comprenderse en qué sentido se entiende aquí. Es un lugar en el mundo, y es un lugar en el que se crean y se conocen (reconocen) imágenes. Con frecuencia se trata de imágenes perecederas, de las que ignoramos de dónde vienen y a dónde van cuando las olvidamos, y después, en una situación imprevista, las recordamos nuevamente. De manera distinta a las imágenes que aguardan nuestra mirada en los aparatos o en las paredes de los museos, nuestras propias imágenes poseen para nosotros esa precisa significación personal que compensa su breve duración. Mientras que las imágenes en el mundo exterior nos ofrecen básicamente tan solo ofertas de imágenes, las imágenes en nuestro recuerdo corporal están ligadas a una experiencia de vida que hemos hecho en el tiempo y en el espacio. [...]
Nuestras propias imágenes son perecederas en la misma medida en que nuestros cuerpos lo son, y por ello se distinguen de las imágenes que se materializan en el mundo exterior. Al mismo tiempo, permanecen almacenadas en nosotros el tiempo que dura una vida. Cuando se dice que una biblioteca entera se consume cuando en África muere un anciano (también podría decirse un archivo de imágenes entero), se hace evidente qué papel tiene el cuerpo también como lugar de las tradiciones colectivas, que en su entorno están perdiendo su fuerza por otros motivos. Numerosas culturas que alguna vez estuvieron protegidas por fronteras geográficas se encuentran amenazadas en la actualidad con la pérdida de sus tradiciones: este destino alcanza ahora también al mundo occidental. En esta situación, la muerte individual significa también una amenaza para el recuerdo colectivo del que ha vivido una cultura. Por largo tiempo, el recuerdo estuvo salvaguardado por instituciones y personas que se encargaban de ello por medio de rituales. Sin embargo, no debemos olvidar que también fue transmitido entre generaciones de manera espontánea y difícil de descifrar. Si bien las personas son mortales, en la transmisión de las imágenes desempeñan un papel como padres y como maestros que sobrepasa la propia duración de su vida. En tanto fundadoras y herederas de las imágenes, las personas se encuentran involucradas en procesos dinámicos en los que sus imágenes son transformadas, olvidadas, redescubiertas y cambiadas de significado. Transmisión y pervivencia son como las dos caras de una moneda. La transmisión es intencional y consciente, puede convertir las imágenes conductoras oficiales, como la Antigüedad en el Renacimiento, en modelos para una reorientación. La pervivencia, sin embargo, puede ocurrir a través de medios ocultos e incluso en contra de la voluntad de una cultura que se haya organizado con otras imágenes. Estos procesos atañen a cuestiones de la memoria cultural, en la que las imágenes tienen vida propia y no pueden ser clasificadas bajo un esquema histórico con conceptos rígidos.
En nuestros cuerpos unimos una predisposición personal (género, edad y educación). Esta duplicidad se expresa en la cambiante aceptación con la que recibimos las imágenes del mundo exterior. En un caso creemos en ellas, mientras que en el otro las rechazamos. O bien honramos y amamos las imágenes, o bien las aborrecemos y les tememos (obviamente no a las mismas imágenes). [...] Si nos orientamos por medio de imágenes, interactúan entonces la predisposición individual y la colectiva. Nuestro cuerpo natural representa también un cuerpo colectivo, y es también en este sentido un lugar de las imágenes , a partir de las cuales existen las culturas, solo que en la actualidad el individuo ha dejado de estar sujeto a una cultura, que antes le imponía un contexto fijo y también las fronteras de su margen de acción personal. En el proceso de disolución de culturas protegidas localmente, los portadores individuales, que viven en cuerpos naturales, adquieren una nueva significación, similar a la que en otras épocas tenían los emigrantes. Llevan consigo sus imágenes a otros lugares, o viajan con ellas a una nueva época. Por lo tanto, se requiere de un nuevo concepto de cultura, con el fin de detectar las huellas de esta difusión de la tradición ligada a cuerpos individuales y a sus historias. Incluso en la civilización mundial técnica, en la que aparentemente todo se ha confabulado en su contra, la cultura se conserva como un fermento capaz de establecer muchas nuevas conexiones.
Es evidente que es imposible comprender la cosmovisión como una unidad en nuestro propio almacén personal de imágenes, así como tampoco se puede comprender la vida misma bajo reglas y conceptos fijos. No obstante, para los fines de una investigación antropológica que resulte relevante, es preciso mantener la atención en la relación entre las imágenes simbólicas de una praxis colectiva y las imágenes personales. Aunque la etnología occidental se ha interesado en este sentido por las imágenes de los otros, ahora se dirige hacia su propia cultura, y se pregunta por las condiciones bajo las cuales "el imaginario individual (como podría ser el sueño) circula con el imaginario colectivo (como podría ser el mito) y con la ficción (en imagen o en palabra)". En este contexto, como lo puede actualizar Marc Augé, el cuerpo constituye una dimensión crítica, pues en el sueño o en el ritual es dominado, o incluso poseído, por imágenes que "ocupan, abandonan o regresan" al cuerpo, como si fueran generadas por un doble (Doppelgänger) . Esta experiencia condujo a las conocidas ideas dualistas que conciben el cuerpo como lugar o escenario para imágenes de procedencia indeterminada, y que lo ubican como un doble que lo ocupa como yo o como espíritu.
La antropología estudia "la confrontación entre distintos mundos de imágenes que acompañaron el choque de los pueblos, las conquistas y colonizaciones, pero también la resistencia que se generó en el mundo de representación de los vencidos en contra de las imágenes de los vencedores". Así, los jesuitas se propusieron colonizar el mundo de representación de los indios incluso "en el ámbito de las visiones", es decir, no solo colocarles las imágenes frente a los ojos, sino inculcárselas corporalmente, de modo que se apoderaran de su imaginación y de sus sueños. Con esto, sin embargo, se formó una peculiar cultura híbrida de la imagen, ya que las imágenes importadas no siguieron siendo lo que eran, sino que fueron "adaptadas, reconcebidas y transformadas", lo que significa, en efecto, que se igualaron con la mirada que había caído sobre ellas, así como esta se había transformado ya bajo su influencia. Es decir que en este caso, así como en muchos casos similares, podemos hablar en doble sentido de un lugar de las imágenes. Las imágenes públicas, que en este caso eran determinadas por cuestiones religiosas, pueden explicarse menos por la procedencia de sus motivos que por la historia local que las vinculaba con un determinado lugar. En ese lugar surtían su efecto, pues eran captadas por personas establecidas ahí, otorgando simultáneamente a sus imágenes interiores y a sus sueños un lugar público.
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