
Custodiada por granaderos, una pintura se sumó a los hitos de la historia argentina en imágenes
“Pinceladas de la patria”, el primer salón de arte costumbrista argentino en San Isidro, incluye una obra de Augusto Gómez Romero prestada por el Regimiento de Granaderos a Caballo
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La pintura llegó días atrás embalada en un camión, custodiada por soldados. Un granadero vestido de gala se paró a su lado durante la inauguración de Pinceladas de la patria, el primer salón de arte costumbrista argentino en San Isidro. Y con esa misma ceremonia se retirará la semana próxima del Espacio Cultural Marín, para regresar al Regimiento de Granaderos a Caballo.

La obra Patriotas fue donada a dicha unidad de caballería del Ejército Argentino por Augusto Gómez Romero, quien la realizó dos siglos después de la Batalla de San Lorenzo para rendir homenaje a quienes lucharon por la independencia argentina bajo las órdenes de José de San Martín. De izquierda a derecha se registra la historia de aquellos soldados y sus sucesores, desde cuando peleaban sin uniformes ni emblema hasta el Cruce de los Andes –en el centro se ve la bandera confeccionada por mujeres mendocinas a fines de 1816, con el escudo enmarcado por laureles-, y la actualidad.

“No sé si fue buena idea traerla, porque todo el mundo quería ver esta obra y no las demás”, bromea ahora en diálogo con LA NACION este exárbitro de polo, que además es veterinario y uno de los principales referentes contemporáneos de la pintura costumbrista argentina. “Dibujé toda mi vida, pero pinto desde 1985. Los temas históricos son los que más me gustan”, agrega mientras señala Parlamento, otra de las pinturas que abarcan toda una sala. “Esto ocurrió en Azul, en 1832 –recuerda-. Rosas convenció a todos los caciques y capitanejos de que no se alzaran en armas. ¿Sabés cómo lo hizo? Apareció ante los indios solo, sin custodia. Fue tal el shock que lo dejaron hablar durante más de tres horas y firmaron un tratado de paz”.

Su propia conquista logró Gómez Romero al convocar a varios colegas para esta muestra: además de las suyas, se exhiben también obras de Adriana Zaefferer, Aldo Chiape, Hugo Diez, Justo García Errecaborde, Francisco Madero Marenco, Darío Mastrosimone, Carlos Montefusco y Luis Núñez. Pero además hay un homenaje a maestros que ya no están, entre los cuales se cuentan Florencio Molina Campos, Eleodoro Marenco y Cupertino del Campo.

Este último, director del Museo Nacional de Bellas Artes entre 1911 y 1931, está representado incluso por su caja de pinturas y por su última obra, que quedó sin terminar. “Me las prestó su nieto”, señala Carlos Tanaka, codirector junto a Richard Brinnand de este espacio que debutó como centro cultural hace un año y medio. “Acá comenzó todo: fue el lugar donde se dieron las primeras clases”, señala Andrés Sensini, director general del Grupo Educativo Marín, en referencia a su sede. A principios de siglo se construyó como quinta de veraneo de Plácido Rafael Marín y su esposa, Andrea Ibáñez Anchorena, quienes decidieron donarla con fines educativos.

“La casa se conserva bastante original”, observa Tanaka, exalumno del colegio y arquitecto, a quien Sensini le encargó ponerla en valor para “resignificar el legado”. Sobre los antiguos pisos de madera y mosaicos se puede caminar ahora para recorrer la Argentina. Allí están por ejemplo los caballos que Zaefferer, artista argentina que realizó obras para dos reinas de Inglaterra, retrató en Quila Quina, una de las playas de San Martín de los Andes. La misma ciudad donde hizo lo propio Darío Mastrosimone, radicado allí desde 2008. “Vive en Madariaga y ahora no está porque tenía que darle de comer a los caballos”, agrega Tanaka sobre Francisco Madero Marenco, nieto de Eleodoro, con quien expuso a los once años.

Desde paisajes del litoral hasta escenas de la estepa patagónica pueden encontrarse en las pinturas de Hugo Diez, quien visitó todas las provincias. “Traté de no repetir caminos”, asegura. La misma intención parecen haber tenido Luis Nuñez, herrero que comenzó a explorar con el hiperrealismo a los 27 años, y Justo García Errecaborde, también autodidacta, quien decidió abandonar la pintura por la doma campera.

No podían faltar en este encuentro los gauchos de Molina Campos, de cuya primera muestra se cumplirá un siglo en agosto, ni el Martín Fierro. Junto a las pinturas de Carlos Montefusco se exhibe un ejemplar de la edición especial de esa obra de José Hernández que ilustró en 2014 para LA NACION: se publicó en fascículos semanales a lo largo de un año, e incluyó más de seiscientas imágenes. Hay además dibujos de historietas de Carlos Roume, quien realizó en 1972 otra versión ilustrada del Martín Fierro para la revista Billiken, con guiones de Héctor Germán Oesterheld.

“La historia argentina ha llegado hasta nosotros no solo a través del rigor frío de los archivos, sino también mediante un vasto patrimonio visual que habita el corazón de nuestra memoria colectiva –apunta en el catálogo el historiador Daniel Balmaceda-. Allí donde los documentos registran fechas, nombres y acontecimientos de perfil institucional, el pincel recupera las atmósferas, los gestos velados, los silencios del desierto y las emociones profundas que ninguna estadística es capaz de transmitir. Esa es una de las virtudes más notables del costumbrismo: el poder maravilloso de convertir en imagen perdurable aquello que una sociedad reconoce, de manera intuitiva y profunda, como su raíz más íntima”.

Para agendar:
Pinceladas de la patria: primer salón de arte costumbrista en el Espacio Cultural Marín (Avenida del Libertador 17115, Beccar), hasta el 22 de julio. De lunes a viernes de 18 a 21; sábados de 16 a 21. Entrada gratis. Visitas guiadas con bono contribución: martes 14, jueves 16 y lunes 20 a las 17; sábado 18 a las 16.30.


