
Dacia Maraini: el silencio de los excluidos
En este diálogo, la escritora italiana, que se presentará en la Feria del Libro, habla de su última novela, Colomba; del feminismo; de su amistad con Pier Paolo Pasolini; y del vínculo que la unió a Alberto Moravia
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Para encontrar a Dacia Maraini en estos días hay que trepar hasta las ásperas tierras del Abruzzo donde la escritora, que vive en Roma, se refugia en los períodos de fiesta y en el verano. Maraini ama esquiar y pasear por los bosques, éste es su reino natural y aquí se encierra para escribir en soledad y recibir visitas de amigos. Los Abruzos es una región apartada, agreste y obstinada. Pescina vio nacer a Ignazio Silone y Pescasseroli, a Benedetto Croce, en esa maravilla que es el Parco. A pocos kilómetros del centro de Pescasseroli está la casa de Dacia Maraini, nacida en Florencia, de padre florentino y madre siciliana, pero abruzzesa por elección, o mejor dicho, con una "abruzzesità" orográfica, según la definición de Giorgio Manganelli al referirse a Croce, que sólo se sentía en casa en estas tierras. En el Parco habitan aún los osos, las gamuzas, los corzos; vagabundean lobos y jabalíes y en lo alto vuelan el halcón y el águila real. De las montañas de los Abruzos surge el silencio, los pueblos fortificados recuerdan escenarios teatrales desiertos y las plazas parecen listas para dar vida a leyendas.
Dacia Maraini, una de las voces más importantes de la narrativa contemporánea, traducida en todo el mundo, ha publicado el pasado mes de diciembre su nueva novela, Colomba, que marca su vuelta a la narración histórica de tenor épico y coral, luego del éxito de La larga vida de Marianna Ucrìa (1990), con más de un millón y medio de copias vendidas. Colomba cuenta la desaparición de una joven de la que sólo queda la bicicleta abandonada al borde de un bosque. ¿Cuál ha sido el fin de Colomba? Su abuela Zaira se obstina en buscarla. Luego de muchos intentos inútiles con la policía, con la prensa local, Zaira se convence de que la única persona que puede ayudarla es la misma autora, la mujer de cabellos cortos. La desaparición en Argentina está ligada a un momento político, en Italia parece más la crónica negra de los tiempos de paz. Y Zaira, como Sherezade, comienza sus maniobras de seducción de la escritora.
Ambientada en Touta, pequeño pueblo imaginario de los Abruzos, Colomba es una saga declinada en femenino que atraviesa todo el siglo XX y expone la doliente marginalidad de un mundo de excluidos. La trama de los acontecimientos familiares de Zà recorre un siglo de historia italiana: de la inmigración a los Abruzos desde Sicilia a la Primera Guerra Mundial, del terremoto al hambre, del fascismo a la fuga a Australia de uno de los personajes, de la posguerra a las divergencias contestatarias, de los años 70 a la caída de las utopías de un presente agitado y confuso.
De esta novela, que llevó más de cuatro años de trabajo, escaló las listas de los libros más vendidos en Italia y fue saludada por la crítica como uno de sus textos más significativos junto a Bagheria y Voces, hemos conversado con Maraini antes de su partida para la Argentina, donde será huésped de la Feria del Libro de Buenos Aires y del Instituto Italiano de Cultura de la capital.
-Cuando comienza la novela no sabemos si Colomba ha sido raptada o si se ha fugado. ¿Por qué elegiste relatar el misterio de una desaparición?
-No sé por qué siempre he tenido curiosidad por las desapariciones. Alguien del que no se sabe si está vivo o muerto, si se ha ido porque quería de un mundo al que no amaba o si ha sido secuestrado. Había comenzado a escribir la historia de un niño judío, amigo de la infancia, desaparecido en tiempos del nazismo y que probablemente terminó en un campo de exterminio. Pero la interrumpí por la mitad con un sentimiento de impotencia: ¿Cómo describir el horror? Luego, la mirada que daba cada día desde mi ventana a las montañas de los Abruzos y a los bosques me sugirió la historia de Colomba y su familia.
-Marianna Ucrìa extraía su fuerza de la falta de voz y Zaira, de la falta de Colomba. ¿La escritura lleva en sí la posibilidad de curar heridas?
-"Escribir es siempre esconder algo de manera tal que luego sea descubierto" dice Calvino en Si una noche de invierno un viajero. Se escribe para encontrar algo cuya existencia intuíamos vagamente, sin saber que lo escondíamos, algo que no sabíamos qué era antes de escribirlo.
-En Colomba se entrelazan historias de mujeres abandonadas y traicionadas, muchachas madres que resisten a sus suertes de soledad subidas a la chalupa impensada de una hija...
-Si miro a mi alrededor veo sobre todo mujeres solas, abandonadas por el marido cuando sus hijos son grandes, o sustituidas por una mujer más joven, o dejadas pronto, apenas casadas, con hijos pequeños. No conozco las estadísticas ni creo que existan, pero la crónica nos habla cada vez con más frecuencia de este tipo de familias, en que los padres se van y las madres luchan solas por sus hijos. Hay padres que crían solos a sus hijos, pero son una absoluta minoría. Por otra parte, en todos lados la vida se alarga, los matrimonios se quiebran, el divorcio es un hecho concreto aun donde la ley no lo ratifica. Sigue la tradición por la que se confía a la mujer el cuidado de los niños pequeños.
-¿Cuál es la relación de Colomba con tu experiencia del feminismo?
-No me gustan los "ismos" que presuponen una ideología preconcebida. Me considero una persona atenta y sensible a las injusticias. Toda la vida me he puesto de parte de los que sufren la injusticia: he investigado y escrito en diarios sobre los que no tienen casa, los presos, los enfermos excluidos de los tratamientos, los niños que trabajan, los menores abusados, etcétera. Pronto descubrí que las mujeres han sufrido y sufren aún muchas injusticias, me pongo de su parte con gusto. En Colomba, como en todos mis libros, creo que se siente esta posición mía a favor de quienes padecen injusticias y abusos. Me sale naturalmente, forma parte de mi carácter.
-¿Qué sobrevive hoy del movimiento femenino de los años 60 y 70?
-En Europa el movimiento femenino ha hecho mucho para cambiar las condiciones de las mujeres. Comenzando por los derechos civiles y por las leyes. Hoy, en los papeles, los hombres y las mujeres son pares. Naturalmente, si se sale del papel, en la vida de todos los días, las cosas no son tan simples. Es más fácil cambiar una ley que la mentalidad secular. En lo profundo perduran muchas discriminaciones, mucha hostilidad, muchos miedos. Sin embargo, si damos una mirada al mundo, al conjunto de los pueblos, debemos darnos cuenta de que la condición de las mujeres está muy atrasada y a veces hasta es verdaderamente infeliz, tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista psicológico. Hay todavía países en los que las mujeres no disfrutan de los derechos elementales del voto o de la libertad de estudio o de elegir con quién se casarán. Todos los años hay 20 millones de niñas en Africa que son privadas de su sexualidad mediante una operación en los genitales. En resumen, todavía hay mucho por hacer.
-En la novela escribes sobre mujeres traicionadas pero también hay momentos intensos de ternura y pasión. ¿De qué manera tu propia vida sentimental ha influenciado o influencia la escritura, si es que lo hace?
-Se escribe acerca de lo que se vive, aunque no de modo literal. Quien ha vivido un amor infeliz tiende a describir amores infelices aun cuando no tengan nada que ver con el suyo.
-¿Tu relación con Moravia ha sido también importante para tu experiencia de escritora?
-Moravia ha sido para mí un ejemplo de honestidad intelectual y de seriedad de artesano. Me enseñó que el escritor está siempre desnudo y expuesto. Cuando lo conocí ya había escrito mi primera novela y no encontraba editor que me la publicase. El la leyó, la consideró buena y escribió un lindo prefacio para el editor que, de hecho, la publicó enseguida. Siempre fue generoso con los jóvenes escritores que comenzaban a escribir y no encontraban editores.
-¿Cuál es la herencia más significativa que te ha dejado Moravia en relación con la literatura?
-Como lo he dicho, el considerarse artesano antes que artista. Un autor debe trabajar en su libro como un zapatero en un calzado. Debe conocer y elegir el mejor cuero, utilizar sus manos, saber distinguir las agujas y saber utilizarlas, conocer los pegamentos y saber distinguir la consistencia.
-¿Qué importancia tiene la amistad en tu vida y que relación tiene con la escritura?
-La amistad es una forma de amor. En realidad no se sabe cómo comienza ni por qué. Está sujeta a los caprichos del tiempo. Puede crecer o morir sin una razón. Puede durar toda la vida. Moravia decía que un amigo es alguien a quien se llama por teléfono todos los días. Busco cultivar amistades porque son una gran riqueza. Tiendo además a que duren en el tiempo. A pesar de ello, a veces misteriosamente terminan y no se sabe bien por qué. Igual que los amores.
-¿Qué tipo de amistad tuviste con Pasolini?
-Lo conocí porque era amigo de Moravia. Pero luego nació una amistad más directa. Después de haber leído Memorias de una ladrona, que era una novela picaresca, me pidió que escribiera con él el guión de Las Mil y una noches. Lo hicimos recluidos en una casa frente al mar, pero sin darnos ni un solo baño. Trabajamos doce horas por día. El era muy exigente consigo mismo, pero también con sus colaboradores.
-Siempre has sido, al igual que tu padre, una viajera, ¿qué recuerdos tienes de los viajes que realizaste con Pasolini y Moravia?
-He hecho decenas de viajes con Moravia y con Pasolini, sobre todo a Africa e India. A menudo íbamos a buscar lugares para sus películas. Otras veces he realizado documentales para la televisión y ellos venían conmigo. Pasolini era un compañero de viaje ideal: no se cansaba nunca, estaba lleno de curiosidad y se adecuaba también a las situaciones más difíciles. Durante los viajes, a menudo yo conducía el Land Rover porque él no les tenía confianza a los automovilistas locales que estaban siempre ebrios. Alberto era un maravilloso relator de historias y nosotros lo escuchábamos encantados. Pier Paolo hablaba poco pero cada tanto salía con alguna cosa muy profunda. Estaba muy ligado a su madre, siempre buscaba un teléfono para llamarla. En ese entonces no existían aún los celulares. Recuerdo que era capaz, después de diez horas de viaje en medio del polvo, de hacerse otros veinte kilómetros para ir a telefonearle. Y si ella le decía que le dolía la cabeza, a él le comenzaba también a doler. Era una relación simbiótica muy intensa. El decía que no podía hacer el amor con una mujer porque habría sido como hacerlo con su madre. El padre además bebía y se volvía violento tanto con la mujer como con el hijo. El se ponía de parte de la madre. Cuando murió el padre, cuenta él en una poesía, la madre se maquilló y salieron juntos al cine, como dos amantes. Era un amigo fiel y muy dulce. Pero en el fondo seguía siendo un solitario. Salvaje y solitario.
-Marianna Ucrìa, noble siciliana; Zaira, simple montañesa. ¿Cómo nace el personaje de Zaira?
-Siempre hay un personaje que viene a golpear a mi puerta y que me pide ser contado. Probablemente en estas montañas de los Abruzos, donde vivo durante varios meses al año, el personaje que llegó a golpear a mi puerta no podía ser más que una montañesa tenaz y testaruda.
-¿Pero tus personajes y tus historias son el resultado de búsquedas o de invenciones, de sugerencias pictóricas, fotográficas o cinematográficas? ¿Cuánto hay de autobiográfico?
-Simplemente los personajes vienen a buscarme. Yo les ofrezco café. Ellos me cuentan su historia y luego casi siempre se van. Cuando un personaje, después del café y de relatarme brevemente su historia, pretende también la cena y luego una cama para la noche y luego también el desayuno, para mí llegó el momento de escribir una novela. En una novela hay poco de autobiográfico. Son personajes de visita. Naturalmente puedo proyectar algo de mis experiencias en estos personajes pero tienen su autonomía, su personalidad que a menudo es misteriosa para mí. No siempre comprendo a mis personajes. Escribo para comprenderlos mejor.
-¿Quién es Zaira?
-Zaira es una montañesa. Conoce sus montañas y las ama. Justamente porque las conoce sabe que, como en las fábulas más antiguas, los bosques de la montaña pueden tener dragones y monstruos.
-¿Qué vínculo existe entre literatura y política?
-Ninguno explícito, si nos referimos a la política de los partidos y de los gobiernos. Pero uno muy fuerte si nos referimos a la política como al difícil arte de la convivencia entre los pueblos, entre las personas. Yo comencé con la idea de escribir sobre Italia, pero fueron los personajes de una familia los que poco a poco me condujeron al centro de los grandes acontecimientos de nuestra historia: la Primera Guerra Mundial, la emigración, el fascismo, la Segunda Guerra Mundial, el 68 y así sucesivamente. Al contar la historia de cinco generaciones no he podido menos que atravesar y revelar lo que los personajes han vivido durante este largo tiempo.
-¿Es suficiente para un escritor dar testimonio o es necesario también tomar posición?
-El escritor es antes que nada testigo de su tiempo. Debe decir la verdad, no tomar una posición política. Pero luego se descubre que la verdad es profundamente política.
-Colomba es una novela de estructura compleja.
-Los lectores me dicen que se cansan un poco al comienzo de la novela, pero una vez que entraron en ella, siguen hasta el final conteniendo la respiración. La considero una novela fluida, que sucede en olas. Las olas tienen la costumbre de ir hacia delante y luego retroceden. En Colomba las historias van hacia delante y luego hacia atrás. Y justamente esta fluidez me ha permitido libertades de relato que en los otros libros no me tomé. Al envejecer me tomo mayores libertades en la narración. Cuando era joven era más severa conmigo misma. Escribía con una idea de sobriedad absoluta. Ahora me permito hasta divagaciones, incursiones fuera de lo real.
-¿Qué papel tuvo tu madre, Topazia, en tu elección de escribir?
-Creo que esto sucede en casi todas las familias: la primera voz narradora con que se encuentra el niño es la materna. La voz que lo inicia en los dolores y las delicias del mundo. Mientras haya una voz que relata, de todos modos, podemos estar tranquilos. Todo terminará cuando no haya más voces para narrar historias, ya sean maternas o paternas, no importa.
-La tuya es una familia especial: tu padre, Fosco Maraini,era antropólogo, orientalista, viajero, fotógrafo, alpinista y escritor; tu madre, Topazia, siciliana aristocrática, hija del legendario Enrico Alliata, duque de Salaparuta, pintora y promotora de la cultura.
-Mi padre se interesaba mucho en otras culturas distintas de la nuestra. Uno de los primeros recuerdos que tengo de sus palabras es cuando me dijo: "Recuerda que no existen las razas, existen las culturas". Dicho en los años en que el racismo triunfaba en toda Europa, era un acto de coraje.
-¿Cómo era la familia de tu madre?
-Mi madre era hija de un duque siciliano y de una bellísima chilena, hija del embajador chileno en Inglaterra. Mi abuelo Enrico era un hombre muy culto, muy en la vanguardia respecto a su tiempo. No le daba ninguna importancia a ser aristocrático. Era de gustos y costumbres sencillas. Se ocupaba personalmente de la casa y los viñedos que había heredado de su padre. Estaba todo el día en medio de los viñedos con los campesinos o con los obreros, entre los mostos y las uvas. Era un fino enólogo. Leía mucho. En su madurez se volvió steineriano, se interesaba en la filosofía y detestaba al fascismo. Mi abuela, Sonia Ortúzar y Ovalle, era una mujer de gran temperamento. Tenía una estupenda voz de soprano y hubiera querido cantar. Pero en ese entonces era mal visto, para una joven de buena familia, subir al escenario y debió contentarse con cantar en las veladas de beneficencia. Esto fue muy frustrante para ella. Creo que como cantante de ópera habría sido mucho más feliz.
-¿Puedes explicar tu experiencia en Japón, tu relación con este país?
-He vivido ocho años en Japón. Mi padre había ganado una beca de estudio internacional para estudiar una población del norte de Japón, los Ainu. Por eso nos trasladamos a Sapporo, en la región de las nieves. Luego, en 1943, mientras estábamos en Kioto, Japón hizo un pacto con Alemania e Italia. Se nos solicitó que firmáramos la adhesión a la República de Salò. Mi padre y mi madre se negaron y por eso nos llevaron a un campo de concentración durante dos años. Allí sufrimos hambre, frío y un gran miedo. Miedo a morir antes de que terminara la guerra. Por suerte logramos salir bien, pero aún hoy sueño con bombardeos y con las esquirlas de las granadas que vuelan asesinas.
-Colomba es, como Marianna Ucrìa, Bagheria o La nave para Kobe, un libro sobre el valor de la memoria. ¿Piensas que la memoria es un patrimonio que hoy se debe defender más que nunca de las agresiones de la política incluso en Italia?
-El futuro se crea sobre la memoria. No por casualidad Bergson afirma que la memoria histórica, no la instintiva ni la fisiológica, sino la compuesta e inteligente, es la conciencia del hombre.
-Los Abruzzi, la montaña, las cansadoras caminatas son también recuerdos de una infancia que transcurrió detrás de tu padre, exigente y seductor alpinista. A Fosco, desaparecido pocos meses antes de la publicación el libro, están dedicadas algunas de las páginas más intensas. También Zaira trepa, va de aquí para allá por la montaña. ¿Podemos simplificar y decir que la herencia de tu madre es la narración y la de tu padre la memoria?
-Cierto, los recuerdos de mi padre, el bello montañés, apasionado del esquí y del alpinismo, no están ausentes de esta novela. Hablo de él en esa parte relacionada con la historia de la narradora. Al convertir en personaje a la voz que narra, queda claro que ella tiene una historia que relatar. Mi padre murió mientras yo estaba escribiendo el libro y esto me llevó a recordar algunas de nuestras excursiones por la montaña, realizadas con cansancio y privaciones, con verdadero espíritu espartano, que era el espíritu de mi padre.
-En esta novela, junto a los personajes domina el paisaje. El Abruzzo es el verdadero protagonista...
-Algún crítico ha dicho que en realidad la verdadera protagonista de esta novela es la montaña. También he amado mucho el mar cuando era una niñita, cuando estaba en Sicilia, pero por desgracia el mar se ha reducido a una inmundicia. En lugar de peces, en el fondo se encuentran plásticos y envases vacíos. El mar está muriendo por venenos y contaminación. Es un sufrimiento ir a la playa: se corre el riesgo de infección o de ensuciarse de alquitrán. Los abusos que hemos realizado contra nuestras costas no sé cómo pueden ser remediados. Son heridas graves. Para aislarme a escribir, alguna vez habría ido al mar. He visto la casa de Neruda sobre mar abierto y me ha impresionado su belleza salvaje. Hoy, en Italia, la apariencia de un mundo completamente natural se encuentra sólo en la montaña.
-El Abruzzo y la nieve, la búsqueda de Zà, casi un cuerpo a cuerpo con la nieve... Parece que la nieve te es particularmente querida.
-La nieve forma parte de mis primeros recuerdos de infancia. En Sapporo iba a la escuela en trineo. Mi padre me puso los esquíes cuando tenía tres años. Muchas veces nos tocaba salir por la ventana del primer piso porque toda la planta baja estaba bajo la nieve. Para mí la nieve es benigna, la siento amiga. Un invierno sin nieve me parece una privación deprimente.
-Por primera vez elegiste escribir también en dialecto. ¿Qué dificultades encontraste?
-No podía no afrontar el dialecto al hablar de una región que está en medio de las montañas, que ha sido muy pobre hasta los años sesenta, que utilizaba y todavía usa difusamente el dialecto. No digo que lo he estudiado, porque es muy difícil, pero me he familiarizado con él y debo decir que su musicalidad, si bien contracta y ríspida, me conquista.
-El perro Fungo es otro de los personajes inolvidables. ¿Qué significan para ti los animales?
-El perro Fungo [hongo] es llamado así porque sale de la tierra una mañana de sol sin haberse anunciado. Tengo una relación de afecto muy tierno con los animales. Siempre he convivido con perros y gatos. Pero también he tenido en mi casa un jilguero, un gorrión caído de un nido, un ganso, un cabrito, siempre libres, fuera de jaulas. Lo que me impresiona de la cultura cristiana, que sin embargo es muy cuidadosa de los derechos de los más débiles, es la ausencia de cuidados hacia los animales. Quizás sea porque se los considera sin alma. Son tratados como esclavos, como objetos de propiedad, más o menos amados pero privados de derechos. Jamás se piensa que el mundo también les pertenece a ellos y que nuestras pretensiones de poseer y utilizar en nuestro exclusivo interés el planeta entero son arrogantes y presuntuosas. Los animales los protegemos sólo cuando sirven para algo. De otra manera tendemos a eliminarlos. No creo que sea justo.
-La novela contiene muchas referencias literarias que no son citas sino hechizos para el lector, de Las Mil y una noches a Flaubert, de Pirandello a Calderón. Pero sobre todo me parece fundamental La vida es sueño.
-Has dicho bien, se trata de hechizos. Soy y he sido una lectora voraz y apasionada hasta el punto de confundir a veces mis recuerdos con los de los personajes que me han acompañado durante días y noches. Calderón de la Barca ha sido un enamoramiento particularmente intenso y aún hoy releo a menudo La vida es sueño, que para mí es como un libro de filosofía, misterioso y profundo.
-Has manifestado muchas veces que te enamoras de los libros y que cuando hablas de literatura es como si hablaras de amor. ¿Qué libros has amado más?
-De niña me gustaban mucho los libros que hablaban del mar. Quizás porque el primer viaje que realicé fue al mar: de Brindisi a Kobe. Me gustaban y me gustan aún mucho las historias de barcos que se aventuran en aguas desconocidas, que descubren islas desiertas y misteriosas. Ya habrás comprendido que mis autores preferidos durante la adolescencia han sido Conrad, Melville, Stevenson. No sé por qué Italia, país con largas costas marinas y que ha participado intensamente en los descubrimientos geográficos más importantes, no tiene una literatura marina. Todos las grandes novelas miran hacia el interior.
-¿Qué autores consideras decisivos en tu formación?
-Siempre digo que he tenido padres amadísimos. Entre ellos Balzac, Dostoevski, Svevo. Sólo que una literatura de padres solos hace sentirse huérfana a una mujer. Por eso me puse a buscar y descubrí que tenía al menos cinco madres: Grazia Deledda, Anna María Ortese, Lalla Romano, Elsa Morante, Natalia Ginzburg. Hablo de madres italianas. En la literatura, como en las familias, se requiere que haya tanto madres como padres. Son nuestros modelos y nos hacen compañía durante toda la vida.
-La vida es sueño es también un texto teatral y el teatro es una pasión que atraviesa tu vida. Tu teatro es representado en muchos países y algunos textos han dado la vuelta al mundo: María Estuardo, Diálogo de una prostituta con su cliente, Extravagancia, Los sueños de Clitemnestra. ¿Qué es para ti el teatro?
-La escritura es una actividad solitaria, necesita del aislamiento y el silencio. El teatro se hace con los otros: los actores, el director, el musicalizador, los técnicos. Es un trabajo colectivo. También está la construcción del texto, un momento solitario, pero para la puesta en escena se debe confrontar con los otros y eso significa discutir mucho, tratar, probar. Esto es lo que me gusta del teatro.
-Al pasar de la narrativa a los textos verdaderamente teatrales se advierte una continuidad muy fuerte, un género se desliza en el otro. En fin, hay siempre mucho teatro en todos tus trabajos.
-Cuando escribo una novela pienso en términos narrativos; cuando lo hago para el teatro, pienso en términos teatrales. Son en verdad dos lenguajes distintos y a menudo irreconciliables, aun cuando ambos se sirven de la palabra. En realidad no transmigro jamás de un género al otro. Cada texto nace decididamente para el teatro o para la prosa. No me gusta transferir uno en el otro. Puede darse, sin embargo, que sin siquiera advertirlo, algo de mi teatro pase a la prosa y viceversa, pero si sucede, es por casualidad.
-¿Cuál es para ti la diferencia entre novela y obra teatral?
-La novela tiene que ver con el paso del tiempo. Busca indagar el porqué de este camino misterioso del ayer al hoy y luego al mañana. El teatro, por el contrario, es la petrificación del tiempo. La novela es fluida, un río que corre. El teatro está fijo en el momento en que se hace. La novela es social, laica, familiar. El teatro es religioso, ritual, simbólico.
-Tu vida se destaca por los libros, por los viajes y por las largas estadías en las montañas de los Abruzos. ¿Con qué sueña hoy Dacia Maraini?
-Sueño con continuar soñando. Historias, relatos, hechos. Enamorarse de una historia es como enamorarse de una persona. Tiende a ocupar nuestra vida y nuestros pensamientos. No se puede hacer nada más durante largo tiempo. Mientras pueda, querría continuar, enamorándome de historias nuevas y saber contarlas.
Traducción: María Elena Rey
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