
De la violencia y el mal
En la Galería Ruth Benzacar, después de varios años, Juan Carlos Distéfano presenta sus esculturas sobrecogedoras
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En el arte argentino existe una frecuente representación de la violencia, del sistema represor y de la necrofilia. Algunos artistas asumen esas vías como una función crítica de denuncia e implicación en el discurso histórico. Otros superponen esos temas con cuestiones candentes de la sociedad, como la enfermedad, la locura, el feminismo, las controversias políticas y sociales.
Esta sensibilización se ha replanteado en las últimas décadas con estrategias diversas: adoptando la fealdad y la inestabilidad en la representación; animalizando los seres humanos; aludiendo a la muerte, la corrupción de la carne y la vulnerabilidad del cuerpo. Existen otras vías para la violencia: los martirios, asesinatos, degüellos, suicidios y perversiones.
Un caso paradigmático es la obra escultórica de Juan Carlos Distéfano, con un realismo ajustado más a un compromiso social que a la autonomía estética de su arte. En vías diversas, con prácticas alegóricas o metafóricas, se ocuparon del mismo tema algunos de sus contemporáneos más prestigiosos: Víctor Grippo con su Valijita del panadero, Pablo Suárez con el San Sebastián decapitado , Alberto Heredia con muchas esculturas en la que mostró la terrible disolución del cuerpo humano, Norberto Gómez con sus terribles cuerpos torturados, Oscar Bony con las alusiones a la muerte en sus obras baleadas. La nómina, por supuesto, no agota los ejemplos.
Distéfano, cuya muestra individual se presenta en la Galería Ruth Benzacar después de ocho años de ausencia de las salas de exposición, confirma su voluntad de practicar un realismo de precisión documental. En todos los casos, así lo señala Adriana Lauria en el texto de introducción, los referentes son hechos históricos, la violencia de la década de los setenta y sus consecuencias posteriores. Allí están Por gracia recibida (1999), proyecto para el Parque de la Memoria; En simultáneo (2002), dedicada al mismo tema; Los iluminados (2000), con un grupo de figuras arrodilladas en posición de oración que vuelven sus rostros hacia atrás para mirar la masacre que se avecina.
En la sala del subsuelo, la serie Kinderspelen (2003-2006) es, sin dudas, lo más novedoso e importante de la muestra. Las esculturas realizados en resina poliéster blanco, gris y negro, que representan niños entregados a juegos terribles, violentos (algunos con armas incluidas como parte de sus anatomías), es una cita de un famoso cuadro de Pieter Brueghel, conocido como Juego de niños (1560). La obra está dedicada a la escultora mendocina Eliana Molinelli, fallecida en 2004, quien se ocupó con empeño a realizar obras con armas entregadas de manera voluntaria por la población civil al gobierno de su provincia.
Juan Carlos Distéfano (1933) expuso por primera vez sus pinturas en 1964; poco después se inició en la escultura. Desde entonces, todos sus trabajos están realizados con un modelado virtuoso, moldeados y colados en poliéster reforzado, con superficies pulidas de color matizado. En sus obras predomina, casi como único protagonista, el cuerpo humano, por lo general torturado, preñado de significaciones sobrecogedoras. Uno de sus trabajos inolvidables es El mudo (1973) del Museo Nacional de Bellas Artes, un sujeto sometido al "submarino", tortura inventada en la década de los treinta, que consistía en sumergir una y otra vez la cabeza de la víctima en un balde con agua. En 1998, el mismo Museo presentó una gran exposición retrospectiva de su obra, que abarcaba desde sus pinturas iniciales hasta sus últimas esculturas y dibujos. ( Galeria Ruth Benzacar, Florida 1000, hasta el 9 de septiembre)
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