
De lo sagrado a lo profano
HISTORIA DEL PECHO Por Marilyn Yalom (Tusquets) - 385 páginas - ($ 29)
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ACASO muy pocas partes del cuerpo humano tengan una historia tan cargada de significación como el pecho femenino. Es la inequívoca impresión que recibe el lector después de leer esta cautivante obra de Marilyn Yalom, profesora e investigadora de la Universidad de Standford, que recorre cerca de treinta mil años de historia, incluyendo referencias que van desde las diosas del Paleolítico hasta los movimientos de liberación de la mujer. A lo largo del libro, y tomando fuentes de lo más diversas (mitológicas, literarias, comerciales, políticas) la autora destaca aquellos momentos de la historia en que el pecho fue cambiando de significado, llegando a simbolizar distintas cosas según los lugares y los tiempos.
Mucho antes de alcanzar el significado erótico que le confirió la mirada occidental, el pecho femenino tuvo un carácter eminentemente sagrado, asociado con todo tipo de milagros. Según una leyenda de la Grecia antigua, los pechos de la diosa Hera dieron lugar nada menos que a la creación de la Vía Láctea: al despertar y descubrir que no era su propio hijo sino Hércules quien estaba mamando, Hera retiró el pecho con tal celeridad que los chorros de leche se extendieron por los cielos, creándose así la Vía Láctea. En Egipto se representaba a los faraones mamando del pecho de la diosa Isis, porque era el modo de acceder a la inmortalidad; en tanto, los pechos de Hapi, el dios masculino del Nilo, constituían un símbolo de la fertilidad que producían los esperados desbordamientos anuales imprescindibles para irrigar las cosechas. "Al principio fue el pecho", es la frase inicial del libro.
Sólo en el siglo XV, un siglo después de que en Italia surgiera la Madona lactante, se produce la transición entre el ideal del pecho sagrado, asociado en la Edad Media con la maternidad, y el pecho erótico. Un antológico retrato de Agnés Sorel, la primera amante oficial del rey de Francia (Carlos VII), será la marca de este pasaje: "Es posible que esta obra sorprendiera a los primeros espectadores, acostumbrados como estaban a las imágenes de la divina madre amamantando solemnemente al niño Jesús. En su lugar encontraron a una dama de la corte, cuyo pecho se ofrecía como una fruta para deleite del espectador que se hallaba fuera del cuadro, y no para el pequeño que estaba sentado plácidamente en su interior", comenta Yalom.
"¿A quién pertenece el pecho?", pregunta la autora, mientras destaca que, tradicionalmente, las diferentes maneras de representarlo han expresado el punto de vista de los varones. La pregunta, pues, se multiplica: "¿Pertenece al lactante, cuya vida depende de la leche de una madre o de algún sustituto eficaz? ¿Pertenece al hombre o a la mujer que lo acaricia? ¿Pertenece al artista que reproduce la forma femenina o al árbitro de la moda que elige unos pechos grandes o pequeños según las continuas exigencias del mercado para crear nuevos estilos? ¿Pertenece a los jueces religiosos o morales que insisten en que hay que cubrirse castamente? ¿Pertenece al cirujano plástico, que lo transforma por razones puramente estéticas? ¿Pertenece al pornógrafo, que compra el derecho a exhibir los pechos de algunas mujeres, a menudo en situaciones degradantes e injuriosas para todas las mujeres en general? ¿O pertenece a la propia mujer, para quien forma parte de su propio cuerpo?".
Uno de los capítulos más ricos y, probablemente, más logrados del libro, es el consagrado al "pecho político". En efecto, el pecho quedará asociado, como nunca antes, con la idea misma de nación. La nueva República francesa es representada, en 1790, como una mujer "que abre su pecho a todos los ciudadanos"; numerosas pinturas, grabados, medallas, relieves y estatuas convierten el pecho femenino en un emblema nacional. Desde entonces, la politización de los senos será una constante de los gobiernos, sobre todo en tiempos bélicos. Carteles franceses de la Primera Guerra Mundial muestran a una dama posando frente a un cañón, desafiando así, con sus pechos erguidos, al enemigo alemán. En los años treinta, la propaganda nazi difunde imágenes de madres amamantando a niños arios; en plena segunda guerra mundial, millones de fotos de mujeres ciertamente dotadas son enviadas a los escenarios bélicos para "levantar la moral" de las tropas norteamericanas.
Obviamente, una historia del pecho no podía ser indiferente a la existencia del psicoanálisis, y, más allá de la insípida lectura que hace Yalom de la obra de Freud, lo interesante es apreciar cómo el "pecho psicológico" se ha incorporado a la cultura popular. La referencia a Woody Allen aparece como insoslayable. La autora evoca precisamente aquella escena memorable en la que un pecho gigantesco se escapa del laboratorio de un científico y se enfrenta con un héroe ridículo que, enarbolando un crucifijo y un corpiño igualmente gigante, logra finalmente vencerlo.
Sin embargo, el tono del relato es otro hacia el final del libro, donde la autora ensaya una respuesta a la serie de interrogantes planteados en el comienzo: "Hoy, lo que ha llevado a la mujer a una plena posesión de sus pechos ha sido el cáncer de mama. Ha aprendido, con la conmoción que supone una enfermedad que amenaza a la vida, que sus pechos son realmente suyos". Al símbolo intemporal del sexo, de la vida y de la nutrición, Yalom opone aquí un significado de enfermedad y de muerte. "El pecho ha sido, y seguirá siendo, un indicador de los valores de la sociedad. Con el tiempo, ha asumido y se ha desprendido de varias capas de pintura religiosa, erótica, doméstica, política, psicológica y comercial. Actualmente refleja una crisis médica y también global", concluye Marilyn Yalom.
Son muchas las historias del pecho que trae el libro. Son de destacar, finalmente, las casi cien ilustraciones que acompañan la lectura, y que terminan de convertir a este libro en un objeto fascinante. O, por qué no, inagotable.
Por Juan de Olaso
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