
Del Imperio a la burguesía
La excepcional exposición de retratos de Ingres que se exhibe en el Museo Metropolitano de Nueva York celebra las dotes del gran dibujante y pintor, mimado de las fortunas frescas, que durante seis décadas dominó la escena artística de París.
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NUEVA YORK.- JAMES DE ROTHSCHILD, cabeza de la dinastía de banqueros más famosa de Francia, le encargó a Jean Dominique Ingres, en 1858, un retrato de su mujer, Betty, y cinco copias para colocar en los ambientes principales de su casa de Ferriéres, en las afueras de París.
Construida en un estilo falso inglés, Ferriéres fue considerada desde su inauguración un manifiesto arquitectónico del gusto de los nuevos ricos. El retrato de Ingres, escoltado por obras de Frans Hals, Gainsborough y Van Dyck, no podía faltar en ese entorno.
Si Giovani Boldini y René Sargent retrataron el esplendor de los salones de la Belle Epoque , Ingres fue el maestro de la técnica perfecta, mimado por partida doble: por la aristocracia y por la burguesía naciente, como lo prueba Imágenes de una época. La exposición reúne en las salas del Met neoyorquino 40 pinturas y 92 dibujos. La galería de retratos es un damero social de las figuras del siglo XIX:el duque de Orléans, la princesa de Broglie, el periodista Louis-François Bertin (llamado por Manet "el buda de la burguesía) y el compositor Charles Gounod, entre otros.
Pintor de carrera
Jean Dominique Ingres nació en Montauban, al sur de Francia, en 1780, y murió, en París, en 1867. Tuvo una vida larga y fecunda en la que desarrolló una exitosa carrera de pintor coronada con todos los honores. Salvo el homenaje que recibió poco después de su muerte, nunca nadie había logrado reunir un conjunto tan significativo de sus obras. La muestra, de carácter itinerante, comenzó en la National Gallery de Londres y siguió viaje a Washington antes de instalarse en el museo de la Quinta Avenida.
Por más de medio siglo, Ingres dominó la escena del arte, algo similar a lo que ocurriría años más tarde con el longevo Monet. Sus obras cubrieron parte de la historia de Francia: desde los últimos estertores de la Revolución Francesa hasta el imperio de Bonaparte, la restauración borbónica, la Segunda República y el Segundo Imperio.
El pintor de Montauban vio cómo rodaba la cabeza de un rey y cómo crecía la fama de un emperador. A los veintiséis años firmó dos retratos de Napoléon, el primero cuando era cónsul y, poco después, ya ungido emperador con toda su pompa. Cincuenta años más tarde, Napoleón III lo recibiría con honores como una gloria de Francia.
Camino a Roma
Hijo de un pintor decorativo y sin demasiado vuelo, Ingres nació con una increíble facilidad para dibujar, condición detectada rápidamente por su padre, que lo anotó en la Academia Toulouse, donde hizo sus primera armas.
En 1797 fue aceptado como alumno en el atelier del artista más prestigioso de París: Jacques Louis David, cuya influencia es visible en el retrato de Napoleón que ilustra este comentario.
Como todos los alumnos de David, compitió por el codiciado Premio de Roma, que consistía en una beca para estudiar durante cuatro años en la Academia Francesa de Roma. En 1800 salió segundo, y al año siguiente se quedó con el premio, aunque sólo pudo partir a Roma en 1806, porque los fondos del tesoro estaban agotados a causa de las campañas napoléonicas.
Fue en el atelier romano de Villa Medicis, sede de la academia, donde pintó uno de sus óleos más famosos y conocidos: La bañista de Valpinçon . Ese desnudo de mujer que da la espalda mientras gira el rostro hacia la izquierda en actitud de íntimo recato es un ícono del arte universal.
La bañista de Ingres inspiró una de las series más difundidas del hiperrealista argentino Héctor Borla. Otro tanto ocurrió con el retrato de Madame de Senonnes ejecutado con maestría por Ingres. La versión de Borla fue rematada esta temporada a un precio récord.
El retratista mimado de condes y burgueses tuvo que enfrentar a los críticos, que no le perdonaron la pose hierática de Napoleón ni su adhesión a la pintura clásica, ubicada en las antípodas de Eugéne Delacroix.
Delacroix prefería la pasión a la perfección, y el color a la línea de dibujo impecable. Se sentía más cerca de la exuberancia de Rubens y de la paleta intensa de Tiziano, que de la mesura y la serenidad de Rafael Sanzio, el pintor amado por Ingres.
La carrera del artista terminó de forma brillante. Fue, sucesivamente, director de la Academia Francesa de Roma, el primer artista distinguido con la cruz de Gran Oficial, y ocupó un sitial en la influyente Academia de Bellas Artes. Murió en enero de 1867, luego de pescar un resfrío por escuchar un cuarteto de Mozart al aire libre.
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