
Derivas urbanas
El último libro de Beatriz Sarlo propone un recorrido físico e intelectual por una Buenos Aires mutante en que se cruzan, con una naturalidad envidiable, dos géneros difíciles de conciliar: el gran ensayo académico y el periodismo callejero
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<b> La ciudad vista <br></br> Por Beatriz Sarlo </b>
Cuando algunos años atrás Beatriz Sarlo comenzó a escribir columnas en una revista dominical, muchos colegas y admiradores se incomodaron por esa incursión en una forma de periodismo que juzgaban superficial. El origen de La ciudad vista. Mercancías y cultura urbana es esa literatura por encargo. Las derivas urbanas que Sarlo emprendió -como argumenta, "con la excusa de que estaba haciendo mi trabajo"- fueron, sin embargo, el punto de partida de uno de sus mejores libros. Y estamos hablando de una de nuestras grandes críticas, un nombre ineludible en los estudios latinoamericanos, tanto en Buenos Aires como en México, Londres, Nueva York o Berlín.
Una primera definición obvia del lugar de la autora en el texto es propuesta por ella cuando describe al Borges de los años veinte como un " flâneur de la periferia". Sólo que mientras que Borges de pronto era sorprendido en su paseo por la irrupción de la pampa, Sarlo se detiene ante un shopping , una feria ambulante, un grupo de jugadores de go: su mirada es atrapada antes por lo nuevo, lo cambiante, aquello que parece desestabilizar -más que fundar- una cierta identidad espacial.
El primer capítulo inspira el subtítulo del libro. "La ciudad de las mercancías" incluye páginas profundas sobre esa exaltación de la cultura de la superficie que encarnan los shoppings . Para una autora que ha tomado muy seriamente las sugerencias de la Escuela de Frankfurt, con su mirada exigente y por momentos elitista de la cultura, estas observaciones tienen un alcance inesperado, que ayuda a entender la fascinación que producen estos no-lugares: "Sólo una tipología, la del shopping center , resiste al principio diabólico del desorden, exorcizado por la perfecta adecuación entre finalidad y disposición del espacio. La circulación mercantil de objetos encontró una estética sin excedentes desviados".
Las descripciones del segundo capítulo, "La ciudad de los pobres", muestran ternura sin perder agudeza. Tras un breve relato sobre una bebé que aprende a caminar junto a su madre en una plaza, remata la autora, revelando que sus personajes viven en la calle: "La escena sería de una sentimentalidad perfecta, casi demasiado emblemática, si no fuera porque la mujer y su hija están en el centro de un círculo formado por sus pertenencias". En el juego incesante entre la familiaridad y la sorpresa, entre lo recóndito y la revelación, se basa en gran medida el atractivo del libro. En este aspecto, se destaca el capítulo dedicado a los recién venidos, "Extraños en la ciudad".
Sarlo pasea por los barrios del sur, y encuentra a coreanos y bolivianos que coexisten sin mezclarse. Descorre el telón del texto y deja asomar su asombro frente a los ideogramas de los carteles: "La sensación es rara. En la ciudad donde he nacido y donde vivo hay mensajes públicos que no comprendo, pero no sólo eso, sino que tampoco puedo captar en los signos ni el comienzo ni el fin de las palabras. La lengua escrita convertida en dibujo. Esto sucede en la calle que, según mi experiencia, es espacio común". Sabe que su comentario roza lo políticamente incorrecto y sonríe al reflexionar: "No está bien visto referirse a la extranjería, lo cual me parece una estupidez". Finalmente, cierra la sección preguntándose, en el mismo tono coloquial, que ahora resulta empático: "¿Qué haría yo si fuera inmigrante en Corea y tuviera un pequeño comercio?"
"Versiones de la ciudad" concentra la mayor densidad teórica. El aporte de la plástica marca gran parte de las reflexiones e introduce una perspectiva apenas presente en el resto del libro. Sarlo mira la ciudad a través de la retícula conceptual que le sugieren los cuadros de Rómulo Macció, Pablo Siquier, Nora Dobarro, Félix Rodríguez; las fotos de Facundo de Zuviría. Los colores, las texturas, deben reponerlos las palabras o la imaginación, sin embargo, ya que las reproducciones son pequeñas y en blanco y negro.
Una cierta ética de la autenticidad subyace en todo el texto e inspira afirmaciones contrastantes como las siguientes: "Lo recargado, lo deforme y lo irregular evocan lo "hecho a mano"", dice Sarlo de las artesanías. Cien páginas después, describe un puestito de bolivianos: "Todo en grandes cantidades, con la marca de la fabricación industrial. Muy lejos de la pretensión de una artesanía trucha que se ve en otros barrios".
En ese espíritu, el capítulo final, "La ciudad imaginada", resulta una puesta en escena de un recurso fundamental del libro: el acercamiento -la iluminación mutua- entre palabras y cosas. Como confiesa la autora al comienzo, sus lecturas informan la obra tanto como sus observaciones: "Desde que comencé a pensar este libro me propuse no renunciar ni a la literatura ni al registro directo, documental, sino articularlos como se articularon en mi cabeza durante los últimos años".
El libro es un recorrido físico e intelectual. Hay una mímesis textual del deambular, que logra transmitir la experiencia de caminar, apuntar mentalmente, pensar. Esas digresiones que nacen en una observación, a la manera de un sueño diurno razonado, son a la vez amables y estimulantes: tienen la sensualidad de la impresión, la facilidad de un teorema bien explicado, la precisión de un lenguaje que no se ata a un solo registro. El género menor del periodismo callejero y el mayor del ensayo académico se encuentran en las páginas de La ciudad vista con disfrutable naturalidad.
Sobre el final de la introducción, Sarlo comparte una de las claves de su estilo y un deseo: "No habría escrito lo que escribí si no hubiera leído a Roland Barthes, si no siguiera leyéndolo. Una mínima parte de la felicidad intelectual que produce Barthes es la que desearía para los lectores de este libro". Aunque no se deba al azar ni a la ayuda de la Providencia, puede decirse que en La ciudad vista su plegaria es atendida; debida, afortunada y generosamente.
© LA NACION
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