Desenterrando a Simón Bolívar
Hoy la figura del prócer venezolano tiene una vigorosa actualidad y es un símbolo de la independencia usado, a la vez, por políticos de posturas enfrentadas. Su trayectoria estuvo marcada por el patriotismo y el ansia de poder. La coronación de Napoleón le reveló la efusión que podía unir a un héroe con su pueblo: un ejemplo que no olvidaría. El Libertador fue un militar tesonero y un político que no vaciló en actuar como un dictador para ser eficaz. En vida, conoció la gloria y el olvido
1 minuto de lectura'
El abate Dominique de Pradt era vehemente y variable. Napoleón lo hizo Obispo de Poitier, y Pío VII -el Papa que contempló la autocoronación del emperador- recibió orden de consagrar a este prelado, de quien Hyppolite Taine dijo que era "un perfecto servil".
En 1808, mientras las tropas francesas ocupaban la península ibérica, Carlos IV y su hijo, Fernando VII, se disputaban el trono. Napoleón ofreció "desfacer" el entuerto y los reunió en Bayona. Allí, con engaños y sobornos que De Pradt ayudó a combinar, inmovilizó a los borbones.
Por "las cesiones de Bayona", Fernando reconoció que la corona era del padre, y este se la cedió a Napoléon. El emperador la calzó entonces en la cabeza de su hermano dipsómano, Pepe Botellas , haciéndolo rey de España e Indias.
En recompensa, Fernando recibió alojamiento en el castillo de Valençay y 4 millones de reales para banquetes y saraos. Carlos, con su esposa y su favorito (de ella) Manuel Godoy, se domiciliaron en el palacio de Compiègne, munidos de 30 millones.
En su "Carta de Jamaica", Simón Bolívar fijaría el origen de la revolución americana en esas "ilegítimas cesiones".
Por su participación en ellas, el abate cobró 50.000 francos, y obtuvo tanto el obispado de Malinas (en los Países Bajos) como el título de Barón.
...l soñaba con venir a América como escudero de Napoleón, vengador de Hernán Cortés. El sueño fue efímero. Antes de que los franceses fueran echados de España, el abate ya había roto con Napoleón; o el emperador con él.
Cuando Bolívar inició su gesta, el clérigo era un liberal europeo que abogaba por la independencia de América: servicio por el que José de San Martín le dispensó la Orden del Sol.
Su ídolo, no obstante, era Bolívar.
Desde París, le escribió en 1821:
La mano valerosa y sabia de V.E. ha consumado la obra más grande que el cielo ha encargado a un mortal, la de libertar un mundo entero; pues Colombia es la que ha libertado la América. V.E. es el que ha roto para siempre el yugo de la Europa.
Era una celebración anticipada. Para "consumar la obra", faltaba transitar dos azarosos años y ganar las batallas decisivas en territorio peruano.
Sin embargo, a principios de 1824 el periódico El Argos adhirió desde Buenos Aires a aquellas loas, todavía prematuras:
Ningún mortal ha merecido expresiones semejantes de un escritor como de Pradt. [...] Reservado pues estaba a nuestra edad, a nuestro suelo (porque todos somos americanos) este celestial hallazgo, dándonos la divina providencia, en Simón Bolívar, el incomparable genio que se han fatigado en buscar inútilmente las otras generaciones.
San Martín, que había forzado la independencia de las Provincias Unidas, y asegurado la chilena en Chacabuco y Maipú, estaba de regreso en su patria, como "Fundador de la Libertad del Perú".
Aquí se lo ignoraba. Cuando dos montevideanos pidieron al Republicano que dijera algo sobre el "bravo general San Martín", el periódico respondió que, si los lectores proveían datos sobre ese oficial, publicaría su biografía, "así como la de todos nuestros generales".
Bolívar era, en cambio, aquel "celestial hallazgo". El "genio incomparable".
Casi toda la prensa porteña apoyaba en 1824 a Bernardino Rivadavia, y acusaba a San Martín de no haber hecho, en su tierra, los milagros que se le atribuían en Galilea.
El venezolano sufriría parecidos desdenes en su patria.
Sin embargo, héroe o villano, Bolívar tenía una dimensión universal de la que siempre careció San Martín.
Descendía de un vizcaíno que llegó a Caracas en 1589 para velar por la Real Hacienda de Felipe II, y cuya descendencia veló por sus haciendas propias, hasta ser parte de los "amos del valle".
El padre de Simón tenía plantaciones de cacao, café y añil, incontables cabezas de ganado, un ingenio azucarero con mil esclavos; minas de cobre y una docena de casas. Simón recibió, además, el legado de un primo cura, que le dejó -bajo condición de no atentar jamás contra Dios o el Rey- más casas en Caracas y el litoral, tres haciendas de cacao y esclavos en cantidad.
Huérfano temprano, Bolívar tuvo por tutor a Simón Rodríguez, "el Sócrates de Caracas", y por maestro al deslumbrante Andrés Bello.
Con 13 años entró como cadete a las Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, antiguo batallón de su padre. Poco después, Carlos IV firmaba su promoción a subteniente.
Partió entonces para España, donde vivió en casa del marqués Jerónimo de Ustáriz, natural de Caracas y secretario del Consejo de Estado: un cuerpo, presidido por el mismo Rey e integrado por nobles y clérigos.
En casa del marqués, Bolívar intimó (en la biblioteca) con filósofos griegos y (en la sala) con María Teresa Rodríguez del Toro.
Dos años mayor que él, María Teresa era una prima distante. Dispuesto a desposarla, Simón debió pagar arras al futuro suegro. El "distinguido origen" de la novia, "su virginidad" y su "disposición a dejar España con su marido" le salieron 100.000 reales.
Como era menor de 25 (apenas 19), también necesitaba, y obtuvo, que el Rey le diera licencia de matrimonio. Apenas casado, se fue con su esposa a Venezuela; pero, a los ocho meses, las "fiebres malignas" mataron a María Teresa.
Simón volvió, viudo, a Europa. En París mantuvo un idilio con otra prima lejana: Fanny, esposa del conde Dervieu du Villars, quien le permitió intimar con los amos de Europa.
Conoció, ante todo, al príncipe Eugène de Beauharnais, un general napoleónico a quien el Emperador adoptaría como hijo y nombraría virrey de Italia. Eugène, que había estado en Egipto, participado en 18 Brumario y peleado en Marengo, era amante de Fanny, con quien tenía un hijo de dos años.
En los salones de su desenvuelta prima, Bolívar tuvo oportunidad, también, de conocer al canciller de Napoleón: Talleyrand, un genio de la adaptación, que antes de servir al Emperador, había sido revolucionario y canciller del Directorio.
Alexander von Humboldt azuzó a Bolívar: "América es un continente listo para ser liberado, pero falta el hombre capaz de liderar la revolución", dijo apenas llegado del Nuevo Mundo.
Poco antes, viendo la autocoronación de Napoléon, Bolívar se había conmovido ante la "efusión general de los corazones". Años más tarde confesaría que los vítores de "más de un millón de personas" le hicieron pensar en la esclavitud de su país y "la gloria que esperaba a quien lo liberase de ella".
Pidió entonces a Simón Rodríguez, a la sazón en Francia, que lo acompañara a Roma. En el Monte Sacro -la colina donde, cinco siglos antes de Cristo, un piquete plebeyo hizo que los patricios resignaran privilegios- el futuro Libertador pronunció un ampuloso juramento, dirigiéndose a Rodríguez:
Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.
Días después, dejó que el embajador del "poder español" ante la Santa Sede lo llevara a recibir la bendición del Sumo Pontífice, aliado de los españoles. Sin embargo, no se arrodilló a besar la cruz que Pío VII lucía en sus sandalias. "El Papa no ha de respetar mucho la cruz para usarla en sus pies", comentó al salir del Vaticano.
En 1806, tras algunas semanas en compañía de su prima, decidió ir a cumplir lo prometido en el Monte Olimpo. Desoyendo las súplicas de Fanny, abandonó París, y dejó a Simón Briffard, "ahijado" de ambos primos, sobre quien ella diría en una carta: "Espero que sea el único ahijado que tú tengas en Europa".
Pasó por Estados Unidos y volvió a Venezuela, pero no quiso sumarse como uno más a la revolución de 1810. Cuando la Junta Suprema necesitó apoyo externo, ofreció costear (y presidir) una misión a Inglaterra. Sir Alexander Cochrane -tío de Thomas, futuro jefe de la Armada de San Martín- llevó a la delegación en un buque de la Royal Navy.
En Londres los recibió el canciller, marqués Richard Wellesley, ex virrey de la India y hermano del vizconde Wellington, que vencería para siempre a Napoleón en Waterloo.
Bolívar no hablaba inglés. En una carta confió, "abochornado", la confusión que había producido en una mancebía londinense: "Yo no hablo Inglés y la puta no sabía una palabra de Castellano; se imaginó que yo era algún griego pederasta".
El marqués sí hablaba castellano, pero con dificultad. En cambio, dominaba el francés; y este fue el idioma hablado en en su mansión, Apsley House, donde atendió oficiosamente a los venezolanos.
La delegación pretendía que Inglaterra reconociera al gobierno de Caracas, pero los ingleses, en guerra contra Napoleón, luchaban en la península -liderados por el hermano del canciller- en alianza con la Regencia española.
Bolívar prometió beneficios comerciales, pero el canciller no se conmovió. A su juicio, la independencia de las colonias desintegraría el Imperio español, facilitando el triunfo de Napoleón, primero en la península y luego en América.
Cuando el fracaso de la negociación era innegable, el marqués ensayó una cortesía: "Usted defiende con mucho ahínco los intereses de su país", le dijo a Bolívar. Sin cortesía alguna, este replicó: "Y usted los de España".
Los venezolanos se alojaron en la casa de un compatriota ilustre, Francisco de Miranda, 33 años mayor que Bolívar. Allí, en 27, Grafton Way, fundaron la Gran Reunión Americana, a la que ingresaría San Martín un año más tarde, antes de embarcarse para Buenos Aires.
Miranda, héroe de la independencia norteamericana, había contribuido a la conquista de Florida. Íntimo de la zarina Catalina II, había traído de San Petersburgo una autorización para vestir el uniforme militar ruso, dinero y garantías de protección. Luego había ganado, por su participación en la Revolución francesa, el grado de Marechal.
Habiendo conocido a Washington, Jefferson, Hamilton, Napoleón y Catalina, Miranda también contribuiría -de forma involuntaria- a la fama de Bolívar allende Venezuela.
Cuando el país declaró su independencia, el 5 de julio de 1811, el propio Miranda fue ungido dictador. El realista Domingo Monteverde se alzó en armas y Bolívar no supo defender una posición clave, Puerto Cabello. Como consecuencia, Miranda debió capitular.
Inconforme, Bolívar formó una partida que secuestró y engrilló a Miranda, para entregarlo a los españoles "por traidor". El "Precursor de la Independencia Americana", admirado en Estados Unidos, Rusia y Francia, terminó sus días en un calabozo de La Carraca, cerca de Cádiz.
Carlos Marx narró así el episodio:
Ese acto valió a Bolívar el especial favor de Monteverde. Cuando el primero le solicitó su pasaporte [para refugiarse en Curaçao] el jefe español declaró: "Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda".
Bolívar fue motivo (uno más) de polémicas entre el autor de Das Kapital y Jeremy Bentham .
El fundador del utilitiarismo imaginó una América habitada por "soñadores de realidades y realizadores de sueños"; un paraíso de estabilidad y equidad, sin lugar para el egoísmo. Para él, nadie expresaba mejor ese ideal que Bolívar.
Marx veía en Bentham a un "archifilisteo", "charlatán" y vocero de la "burguesía ordinaria" del siglo XIX.
No fue más benévolo con el "canalla, cobarde, brutal y miserable" de Bolívar. "La fantasía popular suele inventar grandes hombres", apuntó, y afirmó luego que Bolívar era el "ejemplo más notable" de tales "inventos".
En cualquier caso, las diferencias entre Bentham y Marx muestran que Bolívar era una figura internacional. Eso no le aseguró, tampoco a él, ser profeta en su tierra, donde llegó a negársele talento militar y valentía.
Es cierto que no tuvo una Cancha Rayada sino varias: pero él decía que "el arte de vencer se aprende en las derrotas", y su historia sugiere que no le faltó razón.
Comenzó siendo "el Napoleón de las retiradas", como decía Manuel Piar. Huyó, sucesivamente, a Curaçao, a Jamaica, a Haití. Hacia mayo de 1818 tuvo que entregar la dirección de la guerra a José Antonio Páez, "General en Jefe de la Independencia de Venezuela". Luego, su suerte quedó atada a la de Santiago Mariño, el "Libertador de Oriente". Y a la de Francisco de Paula Santander, "El Organizador de la Victoria".
No obstante, Bolívar tenía genio militar. Lo demostró en la Campaña Admirable, Boyacá, Carabobo y Junín: sus grandes triunfos.
Con gran despliegue de capacidad táctica y coraje, en Junín ganó un combate épico, librado solo con sables y lanzas. Rodeado por los cadáveres de 259 realistas y 45 criollos, aquella noche durmió en el campo de batalla, presintiendo el triunfo final.
Hoy nadie discute su índole.
Algún colombiano sugiere que Santander fue más importante, y no falta el venezolano que musite: "El verdadero padre de la Patria fue Páez". En verdad, Santander y Páez pudieron forjar sus países gracias a Bolívar.
Como San Martín, el venezolano comprendió que América no sería libre hasta que no cayera el Perú, corazón del imperio español. Con criterios domésticos, San Martín fue criticado por abandonar las Provincias Unidas, y luego Chile; Bolívar, por dejar atrás Venezuela y, más tarde, Colombia.
Los libertadores facilitaron la construcción de naciones. Para honrarlos, no hace falta disminuir a quienes se sacrificaron fronteras adentro.
No cabe el odio extemporáneo que Hugo Chávez profesa a Páez, "ese traidor" cuyos restos querría desalojar del Panteón Nacional.
Bolívar fue un militar de envidiable tesón; y un político que, en pos de la eficacia, no vaciló en ser dictatorial. Mientras construía poder, tomó decisiones como el Decreto de Guerra a Muerte, dado en 1813:
Españoles y Canarios, contad con la muerte,
aun siendo indiferentes
, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida,
aun cuando seáis culpables
.
La historia venezolana defiende aquel decreto: sostiene que la guerra civil debía ser transformada en guerra nacional.
Sin embargo, la severidad de Bolívar traspasó más de un límite. Cuando derrotó a Monteverde, en 1814, hizo ejecutar a centenares de inermes españoles. Por esa decisión perdió el favor de Bentham.
Es cierto que él no podía mostrar debilidad ante enemigos sanguinarios, como Antonio Zuazola, que despuntaba narices o desollaba hombres vivos.
Es cierto, también, que él no se relamía la sangre sino que recurría a la violencia como instrumento, odioso pero a su juicio imprescindible. Piar, aquel jefe que se mofaba de sus huidas, fue ejecutado. Sobre esto dijo Bolívar:
Esa ejecución fue un golpe maestro en política, que desconcertó y aterró a los rebeldes, puso a todos bajo mi obediencia, me permitió efectuar la expedición de Nueva Granada y crear la República de Colombia. Nunca ha habido una muerte más útil, más política y por otra parte más merecida.
Con astucia y rigor, Bolívar venció a enemigos y rivales, hasta dominar la región septentrional de Sudamérica. Fue entonces cuando San Martín le pidió ayuda.
La historia sigue hablando, sin razón, del "misterio" de Guayaquil.
Hay pocos acontecimientos menos enigmáticos. El Protector había proclamado en 1821 la independencia del Perú; pero el virrey De La Serna gobernaba el sur del país desde Cusco, mientras su ejército, intacto, esperaba la ocasión de arrojarse sobre Lima y el norte.
Los realistas contaban, además, con la eventual ayuda de Fernando VII -repuesto en el trono español-, los Borbones franceses y la Santa Alianza: Francia, Rusia y Austria.
Había que unificar los ejércitos de Bolívar y San Martín y destruir cuanto antes al ejército de De La Serna.
La unidad de mando -esencial a toda estrategia- requería que ambos ejércitos se unieran bajo un solo jefe, que solo podía ser Bolívar.
En la cumbre de su poder político y militar, controlaba los países que había liberado, tenía fuerzas poderosas y contaba con Antonio José de Sucre, que venía de consolidar en Pichincha la independencia de la Gran Colombia.
En cambio, San Martín no mandaba en parte alguna, salvo la porción libre de Perú. Había tenido que prescindir del "lord filibustero", Cochrane, quien se había declarado en rebeldía. Le faltaba el apoyo de Buenos Aires; y O Higgins, su socio chileno, estaba quedándose sin poder.
Por eso San Martín fue a pedir refuerzo y, sabiéndose más débil, ofreció secundar a Bolívar. Rechazada tal subordinación, hizo lo único que podía hacer: dejar el campo libre.
Con ayuda de Sucre, Bolívar cumplió la tarea.
Luego pretendió establecer, en el Congreso Anfictiónico de Panamá, la unidad de América. Convocó para eso a todo el continente -incluido Estados Unidos- e Inglaterra, porque "nuestra federación no puede sobrevivir sin la protección inglesa". Fue un fiasco. Estados Unidos no asistió. Del resto de América, solo estuvieron México, Centro América, Colombia y Perú. Inglaterra solo envió un observador.
En la Gran Colombia, mientras, la autoridad de Bolívar comenzó a agrietarse, y hasta hubo un atentado contra su vida.
Por fin, en 1828, debió renunciar y exiliarse en Santa Marta. Escribió entonces:
América es ingobernable. El que sirve a una revolución ha arado en el mar. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de tiranuelos.
Terminó sus días en la casa de un español. Sus médicos fueron un francés y un estadounidense. A su lado estaba un obispo que le tomó la postrer confesión.
Antes, escribió una carta a su prima Fanny, cuya memoria no había podido borrar Manuelita Sáenz, "la Libertadora", su amante fiel por 27 años:
Querida prima: Muero despreciable, proscrito, detestado por los mismos que gozaron mis favores. Te dejo mis recuerdos, mis tristezas y las lágrimas que no llegaron a verter mis ojos. A la hora de los grandes desengaños y las íntimas congojas, apareces ante mis ojos moribundos con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín.
Murió el 17 de diciembre de 1930. Cuando la noticia llegó a Venezuela, el gobernador de Maracaibo, Juan Antonio Gómez, festejó:
Bolívar, el genio del mal, la tea de la discordia, el opresor de la patria, ya dejó de existir. Su muerte será sin duda el más poderoso motivo de regocijos.
La historia reivindicó a Bolívar en todos los países que liberó o ayudó a liberar. En la Argentina, se lo ha desdibujado para sostener una innecesaria defensa de San Martín.
El olvido de Bolívar hace que hoy, frente al usufructo político de su imagen, la mayoría de los argentinos ignore si el adjetivo "bolivariano" está bien o mal usado.
De Bolívar puede decirse que fue un hombre providencial o un caudillo afortunado. Que lo dio todo por América o que tuvo delirios de gloria. Lo único que no puede decirse es que sus actos hayan sido desequilibrados o grotescos.
Gabriel García Márquez afirmó en 1982 al aceptar el Nobel de Literatura:
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles.
Hoy, el presidente de la República Bolivariana quiere abrir el "sacrosanto ataúd" de Bolívar, para ver si lo encuentra en la caja:
¡Ojalá dentro estén los restos de Bolívar! ¡Ojalá! Pero hay dudas. Hay dudas sobre la autopsia de Bolívar. No se ha podido conseguir el cráneo del Libertador. Estamos tras la pista de ese cráneo. ¿Quién sabe si hasta los huesos de Bolívar los desaparecieron [los colombianos]?
Según la partida de defunción, Bolívar murió de tuberculosis; pero Chávez dice que en 1830 la tuberculosis no era "tan mortífera", y quiere averiguar si el Libertador no fue asesinado.
- 1
2Helado Piedra Movediza: se inaugura una exposición sobre el exclusivo gusto tandilense y cucharitas gigantes
- 3
“Gritos visuales”: mujeres en el Macba, contra el abuso de poder y la misoginia
- 4
Tras una década de silencio, una maratón global y otros eventos celebran a Umberto Eco, “un intelectual que hacía opinión”


