
Disparates de ayer y de hoy
HOTEL PIOHO’S PALACE Por María Elena Walsh-(Alfaguara)-167 páginas-($ 14,40)
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Junto con su tío Nicolás, Dalila llega de su pueblo, Poncho Rabón, a pasar unas vacaciones en la Capital. En su primer día en la ciudad, conoce en la plaza a Tulio, compadrito y bailarín de tango, que le enseña sus primeros pasos con la música ciudadana. Cuando ella, agradecida por la clase, le da un beso en la mejilla, él desaparece y, en su lugar, sólo queda un sapo. Averiguar qué pasó con el malevito es el disparador que pone en movimiento la acción y que da lugar a nuevos episodios, malentendidos y aventuras.
Lugar privilegiado de reunión es el Hotel Pioho’s Palace que da título al libro, refugio de estrafalarios personajes -una turista sueca que saca fotos sin parar y habla un divertidísimo cocoliche español, dos ex convictos artesanos, el tío pintor de Dalila, dos muchachos de divertida y morbosa oscuridad- en el que campea un aire de bohemia y de vida itinerante con el que Walsh pareciera rendir homenaje a la bohemia artística de la que fue arte y parte, sobre todo durante los años 50 en su iniciático viaje a París. Los guiños se multiplican: los artesanos se llaman Baglietto y Vitale (¿Juan Carlos y Lito?); el gaucho pintor es Nicolás García (¿Uriburu?), un joven bailarín del Colón se llama Iñaki (¿Urlezaga?), además de otras citas declaradas como la de la inefable Manuelita, la de Alicia en el País de las Maravillas y la del heladero disfrazado de marqués, Mozartín, que siempre anda despistando a todos con su música gloriosa.
El hotel está situado en un barrio porteño al que la autora retrata a veces con melancólica fidelidad a tiempos idos y, otras, con claros guiños de esta época: Manuelita, esa vieja sabia, ahora usa un comando electrónico de información, y otro personaje, el chico Oruro, es un inmigrante boliviano, siempre escapando de inspectores y policías junto con su mamá que vende verduritas en la calle. Atrapados en el remolino de la intriga, irán apareciendo, a paso de vodevil, muchos otros personajes: la mujer policía, desmesuradamente coqueta, el malevo padre del malevito desaparecido, los extraños habitantes del mundo subterráneo, los encargados del hotel y Mozartín, personaje de corte fantástico.
No es en la trama -débil, más bien una excusa narrativa- donde reside lo más fuerte de la apuesta literaria de Walsh, sino en el desarrollo de un relato siempre entretenido, con personajes desopilantes muy bien delineados y un lenguaje rico, pintoresco y juguetón que se divierte mezclando palabras de vieja data, como paparulo, con otras típicas de los adolescente de hoy. Aunque sin didactismos ni moralinas -corsés que comprimieron durante décadas a la literatura infantil y que ella desató a fuerza de buena poesía, humor e inteligencia-, Walsh igual se las arregla para decir algo del mundo. En Pioho’s Palace Hotel hay lugar también para el apunte ideológico. La protagonista es una nena, no un varón, y es ella quien se atreve con valentía a desafiar los peligros; los malevos (padre e hijo), prototipos del porteño fanfarrón, no son muy bien tratados en la historia, como tampoco los encargados del hotel, empeñados en echar a la calle a "los bolitas"; en contraposición, aparece un paraguayo simpatiquísimo y pintón y, es Oruro, el niño boliviano, y no el Malevito, quien se gana, a fuerza de inteligencia y fidelidad, la amistad de la chica.
Confesa admiradora de Lewis Carroll y Edward Lear, escritores británicos que abrevaron en las fuentes de las antiguas rimas inglesas, cultora del non sense que esa tradición proponía -la literatura que no se siente obligada con la realidad ni con las convenciones ni mucho menos con la moral y sí con el placer de jugar con las palabras, con su musicalidad y sus posibilidades rítmicas-, María Elena Walsh revolucionó con su obra el repertorio infantil de los años sesenta. Dailan Kifki, El reino del revés, Doña disparate y bambuco, Los cuentopos de Gulubú y, por supuesto, las Canciones para mirar, son algunos de los ejemplos de su absoluto domino de esa poética de la que también es hija, quizás sin alcanzar aquel vuelo poético, Hotel Pioho’s Palace, el libro con el que María Elena Walsh vuelve a la literatura infantil después de mucho tiempo.
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