Documenta XI rompe los moldes

La muestra de Kassel en su edición 2002 es la más grande de la historia e interroga sobre cuestiones políticas en un escenario globalizado. El curador fue el nigeriano Okwui Enwezor
La muestra de Kassel en su edición 2002 es la más grande de la historia e interroga sobre cuestiones políticas en un escenario globalizado. El curador fue el nigeriano Okwui Enwezor
(0)
23 de junio de 2002  

KASSEL, Alemania

La muestra Documenta XI, que costó US$ 11 millones y ocupa cinco edificios inmensos, es la versión más grande y costosa hasta la fecha de esta megavisión del arte contemporáneo, a la que concurren, increíblemente, más de medio millón de personas cada cinco años. Y también es la Documenta más política, aún más que la última, en 1997, lo que es decir mucho.

El director de la exposición, Okwui Enwezor, de 39 años y nacido en Nigeria, produjo más o menos lo que venía prometiendo en los últimos años: una muestra global, multigeneracional, con trabajos de artistas poco conocidos y de colectivos internacionales. El resultado es algo que tiene más que ver con el evangelismo social y económico que con cualquier otra cosa, lo que era su intención.

Me hace sentir edificado y un poco triste. La muestra es calma, clara, llamativamente ordenada teniendo en cuenta sus dimensiones, pero también es puritana y casi sin sentido del humor. Da la impresión de haber sido creada por gente (Enwezor trabajó con un equipo de curadores) para quienes el desorden y la frivolidad del arte son casi fallas morales. Es imprescindible tener cierto control de la organización de una muestra de estas dimensiones. Pero el exceso de control es alarmante.

En el catálogo, Enwezor, que aparentemente disfruta de borbotear cosas que a veces suenan incomprensibles, escribe que "la exhibición contrapone la supuesta pureza y autonomía del objeto de arte con el repensar de la modernidad basado en ideas de transculturalidad y extraterritorialidad". Se puede decodificar el sentido. El acontecimiento está rodeado de esta especie de jerga maniquea, como si el mundo del arte pudiera dividirse entre una falsa pureza y una pureza verdadera. Las chucherías y la moda son encarnaciones del mal, el compromiso social y la didáctica son buenas. ¿Son éstas realmente las únicas opciones?

Como sea, hay nombres de moda también en la muestra (Pierre Huyghe, Isaac Julien, Shirin Neshat), por lo que lo de marginado virtuoso es en parte una pose. Los que gustan de las estadísticas -las muestras como ésta inspiran a hacer números- no dejarán de advertir la cantidad de artistas de 40 años para arriba. (Louise Bourgeois tiene 90 años, Dieter Roth ha muerto.) Enwezor no comparte la fijación del mercado de arte con la juventud y lo novedoso. Eso es admirable. Las estadísticas feministas, sin embargo, darán cuenta de la escasez de artistas femeninas preocupadas por cuestiones atinentes a la mujer. Pero llevar cuentas de esta manera es una manera un poco loca de pensar el arte.

En concordancia con su visión de igualitarismo social, la muestra pone casi todo en el mismo nivel. Por lo que la mayor parte de lo que hay aquí tiende a fundirse -los videos de la frontera mexicana, imágenes de hombres de tribus africanas, fotos en color de trabajadores de la India- una curiosa homogenización de sensibilidades y temas locales, teniendo en cuenta que la homogeneidad es contra lo que predican los enemigos de la globalización. Creo que esto es lo que sucede cuando se trata de meter con calzador una panoplia de temas económicos y sociales en un festival de arte.

En cuanto a las obras, me sentí agradecido de tener la oportunidad de ver las fotos de William Eggleston del sur de Estados Unidos, el inventario de Bernd y Hilla Becher de casas a medio construir, los cuadros increíblemente pálidos de Luc Tuymans (son casi las únicas pinturas de la muestra) y el video de Lorna Simpson, a 31 pantallas, de una joven mujer. ¿Pero por qué 31? Debe haber un motivo, aunque muchos artistas de video participantes simplemente multiplican la cantidad de pantallas, como si el tamaño diera mayor importancia y complejidad a las obras y no les restara fuerza, que es en verdad lo que sucede.

También soy admirador de las fotos espontáneas de Sudáfrica de David Goldblatt, por lo que agradecí que me las mostrara y también admiro las películas de Ulrike Ottinger. (La que se presenta aquí estudia las subclases inmigrantes en Berlín, Estambul y Odessa.)

La pieza central de la muestra es una retrospectiva virtual de la minimalista Hanne Darboven (con más de 4000 dibujos.) ¿Pero hubo algo que me dejara una impresión especial? El tributo en video de Kutlug Ataman a una amante de plantas inglesa de nombre Verónica Read.

Abundan los documentales sociales: videos, textos y fotografías de trabajadores ferroviarios en Moldavia, de los daños causados por un terremoto en Japón, de reclamos contra basureros de sustancias tóxicas en Estados Unidos. Todos sinceros, en general -por suerte- no demasiado altisonantes y en algunos casos atrapantes.

Hay varios modelos arquitectónicos utópicos, como las torres de vidrio de colores de Isa Genzken, las fantasías estilo juguete para la ciudad de Nueva York de Bodys Isek Kingelez, los proyectos de Carlos Garaicoa para La Habana y edificios futuristas del veterano holandés conocido como Constante.

Finalmente vienen lo que podría llamarse inventarios personales: artistas que llenan salas con gran cantidad de cosas, en más de un caso con todo lo que el artista ha hecho en su vida (Ivan Kozaric, Chohreh Feyzdjou). El premio mayor en esta categoría se lo lleva Jef Geys, con un film de 36 horas de todas las fotos que ha tomado en los últimos 40 años.

La meta de la muestra, ha dicho Enwezor, es el conocimiento a través del arte (un artista describió los trabajos presentados aquí como "máquinas epistemológicas"), que no es lo mismo que el arte. Ya que nadie aquí parece importarle la diferencia. Observé a multitudes absortas de jóvenes alemanas estudiando atentamente películas sobre manifestaciones raciales en las tierras medias de Gran Bretaña y testimonios en video de un hombre libanés que rememora sus temores y (cosa increíble) sus impulsos sexuales mientras era mantenido rehén, junto con varios estadounidenses, en 1985.

La gente se queja de que el arte contemporáneo tiene demasiada ironía. Pero el presupuesto de toda esta Documenta parece ser que una cámara, apuntada simplemente a algo, dice la verdad, cuanto más cámaras mejor, como si una profusión de vistas a través de lentes no fuera a resultar también parcial, como cualquier punto de vista.

Documenta recuerda que la política es como un círculo. Si uno se va mucho a la izquierda o a la derecha, termina en el mismo lugar.

Para captar la esencia de la muestra, basta ver una serie de films encantadores producidos por Igloolik Isuma Productions, un colectivo que lleva registro de la cultura inuit, de un modo semi- documental y en parte ficción. Hacer documentales sociales visualmente atractivos de este tipo es una tarea honorable y difícil. Hacer arte, buen arte, es otra cosa, sin duda más escasa y no menos necesaria para el bienestar de la sociedad.

Llegué a Kassel después de ver una exposición del estadounidense Matthew Barney en Colonia. Su imaginación enorme y excéntrica, y sus films y esculturas peculiares me parecieron justo aquello contra lo que reacciona la Documenta XI, pero también algo de lo que le convendría tener una buena dosis.

Nominalmente, ésta es la quinta parte de Documenta XI. En los últimos meses, Enwezor organizó cuatro conferencias de alto vuelo (plataformas en la jerga de Documenta XI) en locales muy distantes: los pensadores masticaron temas como el poscolonialismo, comisiones de verdad y justicia, la tortura política y la mugre urbana en Africa.

Casi con certeza, la globalización será el legado de esta Documenta. La globalización y los colectivos de artistas, que son la respuesta de los artistas globalizantes a la idea romántica del genio singular del que ha dependido tradicionalmente el mercado de arte. El mercado de arte encuentra aun así la manera de convertir a los productos políticos de los reformistas globales en lo que Enwezor llama desdeñosamente "objetos-mercancía".

Documenta vende reproducciones de varios trabajos que aparecen en la muestra para recuperar en parte los inmensos costos de la muestra. Pregunté a la joven detrás del mostrador: ¿Quién gana con estas ventas? "Los artistas", contestó Y agregó: "Sé que suena horrible". Como dije antes, puritanismo en estado puro.

Los US$ 11 millones provinieron en parte de fondos municipales, estaduales y federales y de corporaciones como Volkswagen, que entre otras cosas proveyó a Enwezor y su equipo de una flota de autos. Cuando Documenta se inició en los años cincuenta, el objetivo era mostrar el tipo de arte moderno que la Alemania nazi y luego la Alemania oriental comunista prohibían. Los nazis y los comunistas pensaban que el arte servía a la política o de lo contrario era decadente. Documenta presentaba un punto de vista alternativo. Por supuesto que esto también era una postura política. Pero ahora tenemos políticos alemanes que apoyan el arte que hay aquí porque es político.

No quiero terminar sonando quejoso. Mi última parada fue el Monumento Bataille de Thomas Hirschhorn. Varias casillas lamentables, cubiertas de graffiti, construidas con ayuda local de inmigrantes turcos desocupados de un monoblock lejos del centro de la ciudad. Una casilla es biblioteca, otra un bar, otra un estudio primitivo de televisión donde la gente del barrio realiza entrevistas y graba programas cortos, que se muestran diariamente en el canal de acceso público de Kassel. Georges Bataille, el filósofo de lo informe, había inspirado a Hirschhorn para que hiciera lo que resulta un ejemplo de servicio público alegre y ridículo. Me demoré allí agradecido. Por algún motivo se hacía más fácil respirar en las casillas de Hirschhorn que en medio del rigor claustrofóbico del resto de la muestra.

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.