
Edouard Balladur: "Tengo la utopía de un liberalismo moral"
Opina el ex primer ministro de Francia
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PARIS.– Cuando era primer ministro francés, Edouard Balladur solía ser representado en las caricaturas del diario Le Monde como un personaje de la corte de Luis XV: con coleta enmoñada, chaquetón de raso, culotte y puños de encaje. Probablemente nadie haya sido capaz de describir mejor a ese liberal con perfil de Borbón que dirigió los destinos de Francia entre 1992 y 1995. Su porte austero y aristocrático, sus modales refinados y su actitud distante lo delatan como un auténtico representante de la elite que gobierna este país.
Como sus pares, ese hombre de 76 años, que ha pasado tres décadas de su vida en el corazón del poder y que declara que tiene “la utopía de un liberalismo moral”, puso su existencia al servicio de Francia y de una ambición. Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados y miembro del partido de gobierno, Edouard Balladur es una de las diez personalidades políticas más importantes del país.
En 1986, durante la primera “cohabitación” entre el presidente socialista François Mitterrand y el primer ministro neogaullista Jacques Chirac, ocupó la cartera de Economía y Privatizaciones. Desde ese cargo estratégico, imaginó y aplicó la única reforma liberal de la sociedad francesa.
En 1993, en la segunda "cohabitación" de la derecha con Mitterand, fue propulsado al cargo de primer ministro para preservar a Chirac del desgaste político y permitirle que se preparara para las elecciones presidenciales de 1995. Balladur siempre desmintió la existencia de un pacto.
Alentado por una auténtica popularidad, Balladur lanzó su candidatura a la presidencia contra Chirac. Esa maniobra, apoyada por Nicolas Sarkozy, provocó una profunda división en las filas del gaullismo. Edouard Balladur fue derrotado en la primera vuelta.
Su intensa actividad política no le impidió hallar tiempo para reflexionar y escribir sobre el ejercicio del poder a un ritmo de una publicación cada año. En su último libro, "Maquiavelo en democracia. Mecánica del poder", se libra a una reflexión lúcida y desencantada de la práctica política en terreno democrático.
Balladur es de aquellos que creen firmemente que los países deben respetar sus compromisos internacionales. De pronto, entre frase y frase, puede mirar fijamente a su interlocutor y decir: "La primera cosa que aprendí en política fue que un país siempre debe pagar sus deudas. Francia nunca dejó de hacerlo, aun en las situaciones más críticas. Por esa razón siempre tendrá crédito".
El ex primer ministro recibió a LA NACIÓN en sus oficinas de la Asamblea Nacional.
-Después de leer su último libro es difícil no pensar en el fundador de Le Monde. Hubert Beuve-Méry solía definirse como "un escéptico positivo" con respecto al destino del mundo. Usted tampoco parece hacerse demasiadas ilusiones con la naturaleza de la política, pero considera que igual hay que practicarla.
-Yo me definiría más bien como un idealista. La política sólo se justifica y se explica cuando nace del deseo de ser útil y de progresar. Pero, como la naturaleza humana es como es, uno enfrenta dos problemas diferentes: conquistar el poder y ejercerlo. En la conquista del poder, efectivamente podríamos hablar de escepticismo. Se puede decir que los hombres son siempre los mismos, en cualquier época y civilización. Por el contrario, si se trata del ejercicio del poder, el idealismo recupera todo su sentido. La conquista del poder sólo tiene razón de ser si se hace algo bueno con él, algo útil. Ese es el objetivo de mi libro. No es una reflexión pesimista. Es un libro lúcido, animado por el deseo de desmitificar muchas cosas. Desde el siglo XVI, cuando Maquiavelo desgarró el velo y dijo toda la verdad sobre la práctica política, las cosas no han cambiado demasiado. Por entonces, Maquiavelo describió un universo totalmente diferente del que imaginaba la Europa cristiana del buen príncipe, virtuoso y moral. Doscientos años después -con la filosofía del Siglo de las Luces, el liberalismo y la democracia- los hombres se dijeron: "Maquiavelo terminó. A partir de ahora estaremos gobernados por la virtud". Yo creo, por el contrario, que el objetivo de la democracia contemporánea y mediática sigue siendo mejorar la suerte de los pueblos, pero sus métodos no son necesariamente mejores, aunque probablemente sean menos crueles que en la época de Maquiavelo.
-Pero entonces, ¿cómo hacer política en el sentido noble del término?
-Por empezar, no hay que engañarse. Lo que es interesante en el poder es hacer evolucionar las cosas. Mire usted los países de América latina. Muchos de ellos pasaron por medio siglo de graves dificultades. Con altibajos, con retrocesos, la situación es hoy mejor que hace 50 años. Porque hubo esfuerzos en favor de la paz, la democracia y la libertad. Esto, naturalmente, no quiere decir que América latina sea hoy un mundo ideal. Tampoco Europa lo es.
-En 1992 usted publicó "De modas y de convicciones". En ese libro, que defendía el liberalismo, decía, sin embargo, que su aplicación a ultranza provocaría un retorno del socialismo en muchas regiones del mundo. Ese es el caso en América latina, donde, después de un período de ultraliberalismo, los gobiernos de izquierda son cada vez más frecuentes.
-En aquella época fui aún más lejos. Durante una visita a los países de Europa del Este, presa de una fiebre de liberación, dije a sus dirigentes: "Si los defraudan, vuestros pueblos sentirán la nostalgia del comunismo, que, al menos, podrá tranquilizarlos aun en mediocres condiciones". Con el liberalismo sucedió lo mismo, porque se trata de una falsa concepción del liberalismo. Siempre pensé, dije y escribí que el liberalismo era mejor que la coacción. También dije que esto suponía que fuera un liberalismo ordenado y sometido a leyes, a reglas. Los jueces deben controlar el liberalismo. Compartido quiere decir que debe beneficiar a todos. Esa era mi concepción cuando fui ministro de Finanzas, de 1986 a 1988, época en la que hice la reforma liberal y económica, privatizando, liberando precios, reduciendo impuestos y promoviendo el capitalismo popular. Por entonces, estábamos en plena moda ultraliberal. Por defender un liberalismo ordenado y compartido, otros liberales me veían como un peligroso dirigista. Por un lado, me consideraban la esencia del liberal y, por otro, el modelo del dirigista partidario del Estado.
-¿Y cuál es la verdad?
-Las dos cosas son ciertas. Yo tenía dos preocupaciones: el retorno del progreso económico con una mayor libertad y que esa libertad estuviera sometida a la ley.
-Lo que usted dice significa que, para que el liberalismo sea un sistema justo, es necesario un Estado fuerte...
-... para hacer respetar la ley y no para intervenir en todos los terrenos, sustituyendo a los individuos. Mi concepción del liberalismo es la de los grandes autores liberales del siglo XIX. Ninguno de ellos dijo que cualquiera podía hacer lo que le diera la gana en perjuicio de los demás. El verdadero liberalismo afirma: el hombre es libre, pero está obligado a respetar una moral expresada por la ley y defendida por la Justicia.
-Entonces, en los países en vías de desarrollo el liberalismo es casi imposible.
-Es difícil, pero no imposible. Hay que ser paciente y esperar la necesaria transición.
-En todo caso, incluso en Francia, su prédica no fue escuchada.
-¿Por qué no? ¿Porque no fui elegido presidente? [Risas.] Desde hace unos años, tratar a alguien de liberal en Francia es una forma de descalificarlo. Pero yo reivindico mi condición de liberal. Creo que el modelo francés de un Estado omnipresente está perimido. Creo más en los contratos, en los acuerdos entre individuos, que en las prohibiciones o autorizaciones decididas por el Estado. En otras palabras, soy hostil a la concepción jacobina de la sociedad.
-Otro aspecto que también parece caracterizar su pensamiento es una especie de miedo a las utopías. ¿Toda utopía está condenada al extremismo?
-Respeto de las utopías, cada uno tiene la suya. Yo tengo la utopía del poder político moral, de un liberalismo moral. Lo que temo en las utopías son los medios puestos a su servicio y la pretensión de cambiar la naturaleza del hombre. No estoy seguro de que el hombre pueda avanzar mucho más en sus cualidades morales. Mire el siglo XX, un siglo trágico, fértil en masacres y genocidios, en guerras con millones de muertos. Europa era esa vieja tierra cristiana donde habían nacido el liberalismo, la filosofía, el optimismo, la generosidad y el idealismo. Y fue justamente aquí donde todos esos optimismos instauraron la opresión y la tiranía en nombre de la utopía. Es una lección terrible, un retroceso moral extraordinario. Si alguien hubiera dicho a un europeo del siglo XIX que ese gran período de liberación de las naciones y los individuos terminaría cien años después en campos de concentración, gulags, hornos crematorios y masacres, él habría pensado que su interlocutor deliraba.
-A su juicio, ¿qué fue lo que pasó?
-No se pueden explicar el nazismo y el comunismo de la misma forma. Pero, de modo general, todo fue producto del exceso de utopismo que pretendía crear un hombre nuevo. No hay nada peor que esa idea. Al ver que los pueblos civilizados de la vieja Europa se abalanzaron a los brazos de semejantes tiranías en nombre del hombre nuevo, sólo se puede deducir que el progreso nunca es permanente, que siempre hay retrocesos. Es cierto: el comunismo y el nazismo no fueron lo mismo. Pero, mirando los resultados, ¿acaso es muy diferente matar a los hombres porque pertenecen a una raza o matarlos porque pertenecen a una clase social?
-Francia vive en agitación permanente desde hace meses. ¿Cree que este país está en crisis o que está perdiendo su identidad, como dicen muchos?
-Para comenzar, Francia es mucho menos poderosa que hace 50 años. Para un país como el nuestro, que tuvo un papel tan importante en la historia del mundo, ésta es una constatación algo amarga. ¿Y qué se les dice a los franceses ? "Sólo en el marco europeo seguirán siendo poderosos e influyentes en el mundo. Para ello es necesario actuar con el acuerdo de los demás países europeos." Para los franceses, ese discurso no sólo significa el abandono de su soberanía, sino el abandono de una parte de su propio ser. El mundo cambió. Antes era fácil integrar a 200.000 personas. Hoy es más difícil integrar a dos millones. Además, los nuevos inmigrantes quieren conservar su identidad, su manera de vivir, su religión -lo que es normal- y su universo psicológico. En Francia cada vez más se habla de "comunidades". Esto es contrario a la ideología republicana. Antes no era así. En el mundo actual, cada vez son más los países constituidos por comunidades a las que ni siquiera intentan integrar. El problema es que la aceptación de la diversidad es difícil para un francés, cuyo modelo de vida está fundado en la unidad y la uniformidad. Aun entre países occidentales, con casi la misma historia, las necesidades sociales son diferentes. Pienso, por ejemplo, en Italia o España, países que quizá necesitarían ir hacia una mayor unidad. Francia, cuya unidad nacional es una de las más viejas de Europa, debería encaminarse hacia una mayor diversidad.
-¿Lo mismo se podría decir de Europa?
- Al principio, la política era "todo el mundo hace lo mismo", porque éramos sólo seis países de Europa occidental. Después fuimos diez, doce, quince y, ahora, veinticinco, con niveles muy diferentes de desarrollo. Los diez países que acabamos de acoger representan el veinte por ciento de la población de la UE y sólo el cinco por ciento de la riqueza producida. Ellos vivieron bajo la tiranía soviética durante dos generaciones, nosotros no. La idea de que haremos avanzar a 25 o 27 países al mismo ritmo es falsa. Tomemos el caso del euro. Somos doce en el euro, no veintisiete, porque los demás no están listos. ¿Acaso era necesario no hacer el euro porque no podíamos hacerlo todos? No, era mejor hacerlo entre doce países que no hacerlo. El mundo moderno tiene una doble característica contradictoria: por un lado, necesita crear vastos conjuntos regionales -el ALCA, el Mercosur, la Unión Europea- y, por el otro, necesita respetar la diversidad y la personalidad de cada uno.
-Pero si Europa puede ser construida en la diversidad, ¿por qué no aceptar, entonces, a Turquía o a Israel?
-Porque hay una exigencia primera: la unidad. Hay que poder tomar decisiones conjuntas. Si queremos que Europa sea únicamente una zona económica, entonces podemos aceptar a Israel, Marruecos o Turquía. Podremos, así, crear en torno del Mediterráneo una gran entidad económica. Pero si queremos que Europa sea un organismo capaz de tomar decisiones importantes y de tener la misma posición en los foros internacionales -por ejemplo, ante la Organización Mundial del Comercio o cuando se trata la reorganización de la Alianza Atlántica-, entonces no podemos ser una Europa de 35 miembros. Nunca conseguiríamos ponernos de acuerdo.



