
El arca de Noé estaba en Nueva York
El crítico literario e historiador norteamericano Jeffrey Mehlman habla de su libro Emigré New York, cuya traducción al francés acaba de aparecer y ya está en la lista de best sellers
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En guerra al pie del Empire State
Por Régis Debray
Lectores hipócritas, hermanos míos, queridos compatriotas, no se confundan. Este libro no es un mosaico de indiscreciones, un florilegio de coincidencias divertidas (Pétain y Laval se conocen en Nueva York), una recorrida por una tienda de curiosidades históricas. Se preguntarán qué tienen que ver ustedes con estos flashbacks absurdos y un tanto ridículos, con estos "miserables montones de secretos". Con estos privilegiados de la fortuna y de la Fundación Rockefeller, mientras allá, en Francia, los resistentes (los auténticos) y los judíos desamparados afrontaban las redadas y los tribunales especiales... No saldrán del paso con ese tono de superioridad distante. ¿Creyeron tener en sus manos una crónica sorprendente de las desavenencias entre franceses en tierra extranjera? Desengáñense. Más, mucho más, que una ventana abierta sobre las polémicas entre nuestros expatriados vichistas y degaullistas, es una radioscopia de nuestro inconsciente colectivo. Mehlman desenreda los hilos de la intriga que enfrentará al existencialismo, el estructuralismo, el tomismo y todos los ismos inextricablemente concurrentes del último medio siglo, en el momento y lugar exactos en que se entrelazan, en esa reducción americana de la inteligencia y el arte europeos que habrá sido Nueva York desde 1940 hasta 1945. Psicoanaliza a nuestra comunidad intelectual como un novelista que gusta atisbar por las cerraduras, esboza personajes e insinúa dramas íntimos. [...]
Reflexionemos sobre el momento histórico. A esta ciudad de pie llegaban aquellos que no querían ver más una Francia postrada. Un buen número de nuestros mejores antropólogos, teólogos, cineastas, poetas y periodistas -desde Pierre Lazareff hasta Jacques Maritain y desde André Breton hasta Maurice Maeterlinck, pasando por Renoir, Lévi-Strauss y Jules Romains- se vinieron, pues, a esta arca de Noé que dio el ejemplo más noble del espíritu de la época recogiendo la esencia, por así decir, del patrimonio de la humanidad. En esos años cruciales, ya había comenzado la translatio imperii et studiorum, pero entre el Empire State Building y la Tour Eiffel la suerte aún no estaba echada. La Escuela de París no había entregado todavía las llaves del arte moderno al director del MoMA, ni Masson y Matta habían entregado las del dripping a Jackson Pollock. [...] Era la inversión de fase: París había dejado de ser un lugar de pasaje obligatorio para el escritor o el artista norteamericano, pero Nueva York todavía no lo era para el filósofo o el artista francés. Mehlman nos hace tocar con el dedo ese intervalo, esa hora deliciosa e indecisa, entre aurora y crepúsculo, en que los últimos fulgores del ex centro del mundo se entremezclan con las primeras luces de un imperio rozagante.
Los franceses no están dotados para la emigración. Contrariamente a los irlandeses, italianos y portugueses, no llevan a su patria en la suela de sus zapatos. Menos aún los escritores. Teatralizan cuidadosamente sus exilios forzosos, como lo hicieron Hugo en Guernesey o Céline en Dinamarca. Para ellos, eso no es un logro: es una ordalía o un purgatorio. La mayoría de los refugiados alemanes, italianos y austríacos, venidos de la Europa fascista, se americanizaron con cierta naturalidad. Después del desembarco en Normandía, los emigrados franceses regresaron a su patria, incluso aquellos que, como Claude Lévi-Strauss, podrían haber optado por quedarse. Para la mayoría de ellos, lo que habían vivido como una alternativa transitoria, para salir del paso, de hecho resultó ser un trampolín o un acelerador de su inteligencia y su carrera. Es la eterna paradoja del patriota que ignora serlo y lo descubre no sólo en el exilio, sino gracias a él. A comienzos del siglo XXI, ¿tendremos que emigrar directamente a Nueva York para sentir la necesidad de una Europa independiente?
Simone Weil, antisemita y degaullista; Saint-Exupéry, amigo de los judíos y contrario a De Gaulle; George Steiner, un austríaco enraizado en Racine que se llevaba bien con el maurrasiano Boutang... Hizo falta un ironista intratable como Jeffrey Mehlman para reverdecer las ironías de nuestra historia y devolverles su sabor. ¿Lo perturban, lector? ¡Vamos! Más bien, deberían revitalizarnos. Por ejemplo: cuando creemos haber perdido la partida y nos consideramos un suburbio en vías de ser anexado moralmente por la metrópoli, es cuando, a menudo, recomienza el juego. ¿Se desvaneció el sueño de un Estados Unidos francés? Sí, desde la venta de Luisiana. Y esa Francia norteamericana, con que ahora nos machacan todos nuestros señorones, es el sueño abortado de un pueblo intelectual y político desesperadamente falso y torpe.
Gentileza de la editorial Albin Michel
Traducción: Zoraida J. Valcárcel
Entrevista / Intelectuales franceses en Manhattan
Por Hugo Beccacece
De la Redacción de LA NACION
Los Estados Unidos se convirtieron durante la Segunda Guerra Mundial en el destino preferido de los pensadores y artistas europeos. Nueva York, en particular, atrajo a escritores, pintores, escultores, directores de cine y de teatro, que llegaron a esa ciudad para conservar, además de sus vidas, el prestigio y la fortuna ganados en sus países de origen. Se formó así una comunidad de exiliados de lujo, en la que abundaban las intrigas y los desencuentros, las enemistades y las pasiones. Más de cincuenta años después, en 2000, el crítico literario e historiador norteamericano Jeffrey Mehlman publicó en Boston Emigré New York, una investigación en la que revela las contradicciones ideológicas y políticas, los heroísmos, las grandezas y las miserias de varios intelectuales de lengua francesa en Manhattan. traducción de ese libro acaba de aparecer ahora en Francia, donde figura en varias listas de best sellers. Naturalmente, es el tipo de obra que refresca, con recuerdos no siempre bienvenidos, la memoria cultural de un país. Mehlman tenía las herramientas perfectas para la tarea que se propuso porque es un profundo conocedor del pensamiento francés: ha traducido a Jacques Derrida, Jacques Lacan, Maurice Blanchot, Pierre Vidal-Naquet y Jean Laplanche, entre otros autores. Además, escribió varios ensayos como Cataract: A Study in Diderot (1979), Legacies: of Anti-Semitism in France (1983), Walter Benjamin for Children: An Essay on His Radio Years (1993). De vacaciones en Buenos Aires, adonde llegó acompañado por su esposa, la escritora argentina Alicia Borinsky, habla de algunos aspectos de su ensayo y evoca con picardía, erudición y espíritu sutil la historia de esa efímera colonia francesa radicada en Nueva York entre 1940 y 1944.
-Su libro está lleno de ironías y paradojas, a menudo trágicas. Hay una judía antisemita y partidaria de la Resistencia como Simone Weil; un escritor filosemita y supuestamente partidario del mariscal Pétain como Antoine de Saint-Exupéry, entre otras rarezas. ¿Cuál es el sentido de estas bromas de la historia?
-Más que un panorama del tema, este libro es el registro de todas esas ironías que encontré durante mi investigación. Nació de la sorpresa que me produjo saber quiénes estaban en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. Nueva York era la ciudad en la que el simbolismo francés estaba presente en la persona de Maurice Maeterlinck. El autor de Pelléas et Mélisande llegó a Manhattan para vivir en la isla sus últimos años. En Nueva York, también estaba presente, en la persona de André Breton, el surrealismo francés, que había buscado refugio allí para sobrevivir. Por último, Nueva York era la ciudad en la que iba a nacer el estructuralismo francés, de la mano de Lévi-Strauss. Podría agregar una cuarta vanguardia del siglo XX, el existencialismo, ya que Jean-Paul Sartre fue a Nueva York hacia el final de la guerra, enviado por un diario, y anunció que no quería desengañar a los norteamericanos que lo consideraban un héroe de la Resistencia. Hay por lo tanto en un mismo momento y en una misma ciudad extranjera representantes de cuatro vanguardias distintas. Todos ellos estaban allí un poco fuera de la historia. Habían debido abandonar Francia precipitadamente, a diferencia de muchos alemanes que tuvieron tiempo durante los años 30 de prepararse una vida en el exterior y evitar así las persecuciones del Tercer Reich.
El error de Claudel
-Además del aspecto irónico, hay una veta casi onírica en Emigré New York, sintetizada en el transatlántico Normandie, anclado en los muelles de la ciudad.
-Al releer mi libro para su publicación en Francia, me vino a la mente un imagen de Proust. Al comienzo de En busca del tiempo perdido, el narrador se despierta en un dormitorio, desorientado, y comienza a recordar, por medio de ese cuarto, los distintos cuartos en los que se despertó durante su vida. Para mí, Nueva York, durante la guerra, fue como un vasto espacio de ensueños, un dormitorio en el que se tuvieron sueños simbolistas, como los de Maeterlinck, surrealistas como los de Breton, estructuralistas como los de Lévi-Strauss. Lo que aprecio de mi ciudad natal en ese período es esa cualidad onírica, que usted señala. El libro se termina, precisamente, con una imagen casi surrealista del Normandie, el gran transatlántico francés, que era la vedette de los océanos en los años 30 y que se encontraba al comienzo de la guerra en Nueva York. No era cuestión de que volviera a Europa y corriera el riesgo de ser hundido en alta mar por los submarinos alemanes. El Normandie permaneció durante toda la contienda en los muelles de Nueva York. Era una especie de buque fantasma de la cultura francesa. En diciembre de 1941, los norteamericanos, que no podían pagarse el lujo de mantener ese museo flotante del art déco, decidieron transformarlo en un barco para transporte de tropas y lo bautizaron Lafayette. Dos meses después, en un accidente industrial, estalló un incendio en el Normandie. Los ríos de agua, con los que se quiso apagar el fuego, inundaron el barco y lo hicieron volcar. El Normandie quedó así, sobre el barro, como una imagen de la humillación de Francia, durante un año. Ese es otro aspecto onírico de la Nueva York de los emigrados. Debray, en su prefacio, muy generoso, dice que mi libro ofrece una radiografía del insconsciente francés. Hay imágenes estereotipadas de Francia durante la guerra. Por un lado, estaban los héroes, con De Gaulle, en Londres; por otro, estaban los traidores, con Pétain en Vichy; ahora yo comienzo a hablar de otro lugar, de otra situación mucho más ambigua, donde uno podía encontrar pétainistas filosemitas, gaullistas antisemitas; un lugar en el que se estaba gestando el mundo futuro.
-¿Cuál era la situación histórica, las fuerzas que estaban en juego y que movían ese mundo de refugiados franceses en Nueva York?
-Había una serie de paradojas políticas en ese momento. Los refugiados franceses estaban muy agradecidos por el hecho de haber sido recibidos con tanta generosidad en los Estados Unidos. La Fundación Rockefeller tenía mucho que ver en ese aspecto. Pero hasta noviembre de 1942, el gobierno norteamericano estaba más dispuesto a trabajar, a negociar, con Pétain que con De Gaulle. Los norteamericanos desconfiaban de De Gaulle, al igual que algunos franceses, como el poeta y diplomático Saint-John Perse quien, bajo su verdadero nombre, Alexis Léger, había sido el responsable de la política extranjera francesa en los años 30.
-¿A qué se debía la preferencia de los norteamericanos por Pétain?
-Muchos franceses, al comienzo de la guerra, eran más bien pétainistas; después, se convertirían en gaullistas. En ese entonces, para comprender lo que ocurría, no se hacían comparaciones con la Primera Guerra Mundial, sino con la guerra franco-prusiana de 1870, ganada rápidamente por los prusianos. En 1870, el mariscal Bazaine decidió no combatir, como Pétain; pero también había alguien que quería resistirse, Gambetta, un De Gaulle de la época. Como resultado de la guerra, se produjo la Comuna, una experiencia traumática y revolucionaria para los franceses, que tuvo mucha importancia para Marx y, después, Lenin. Los norteamericanos temían que, por medio de De Gaulle y después de él, triunfaran, en definitiva, los comunistas. Saint-John Perse lo dijo en una conversación mantenida con gente de la OSS, el organismo predecesor de la CIA. Pétain, después de todo, era un conservador, un héroe de la Primera Guerra Mundial, de la batalla de Verdun, que era conocida como "el boulevard moral de Francia". Aquí hay otra ironía importante. En 1931, Pétain había ido a los Estados Unidos para celebrar el 150 aniversario de la batalla de Yorktown, que puso fin a la guerra de la independencia americana, con la ayuda de franceses como Lafayette. Al mismo tiempo se encontraba en los Estados Unidos Pierre Laval, el primer ministro francés, que se convertiría en jefe de gobierno bajo Pétain durante la guerra. Los dos grandes colaboracionistas franceses de la Segunda Guerra Mundial se conocieron en Nueva York en 1931. Cuando el embajador francés presentó a Pierre Laval al intendente de Nueva York, dijo que la presencia de Pétain y de Laval en los Estados Unidos era una prueba de que la gran tradición de la democracia liberal estaría a salvo en los años venideros. Ese embajador era nada menos que Paul Claudel, el eminente poeta. En mi libro digo que raramente la poesía se equivocó con tanta precisión.
La seducción del mariscal
-Había razones muy precisas de índole estratégica para que los norteamericanos prefirieran Pétain en Vichy a De Gaulle en Londres, ¿no es así?
-Los Estados Unidos tenían una estrategia mediterránea. En 1942, invadieron Argelia. Quienes aprobaban, tanto en los Estados Unidos como en Francia, la política de Pétain sostenían que si éste hubiera seguido combatiendo, no habría existido desde luego ninguna línea divisoria entre la Francia ocupada y la "zona libre" y los alemanes habrían ocupado toda Francia desde el comienzo de la invasión. Esa gente pensaba que si Pétain se hubiera trasladado con su gobierno a Argelia, sin negociar con Hitler, los italianos y los alemanes podrían haberlo cercado, eliminando así toda posibilidad de una estrategia mediterránea. La decisión del mariscal, según esa óptica, había logrado preservar las colonias de Africa como un espacio de libertad relativa.
Misticismo racista
-Entre algunos pensadores de lengua francesa refugiados en Nueva York, los temas religiosos y místicos tenían una imprevista actualidad política, según usted cuenta. Estoy pensando en el suizo Denis de Rougemont, en la francesa Simone Weil y en George Steiner.
-En efecto, había ciertos temas que preocupaban a varias de esas grandes personalidades. Según Rougemont, que era muy conocido porque acababa de publicar El amor y Occidente, había una tendencia mística muy destructora en el Oeste. En el Sur de Francia, en el Languedoc, surgió durante la Edad Media la tradición de los cátaros. Estos sostenían creencias gnósticas, una herejía. Respondían a una fe y a una práctica ascéticas extremas. La herejía fue eliminada cruelmente por la cruzada albigense. Sin embargo, ese pensamiento que impulsaba la anulación del individuo en provecho de la divinidad había sobrevivido en algunos seguidores insospechados, podría denominárselos criptodiscípulos: los trovadores. Estos no hablaban de destruirse en provecho de la divinidad, sino de la dama amada. De los trovadores nació la idea romántica y novelesca del amor, del adulterio y, concretamente, la novela moderna. Rougemont estaba en contra de los cátaros, de esa idea de autodestrucción del sujeto. Occidente sufría, según él, de un complejo de Tristán, derivado de los trovadores y de los cátaros. Nuestras sociedades estaban entonces en busca de su propia destrucción. Esa tendencia sobrevivía en los tiempos modernos, por ejemplo en el hitlerismo, en el nazismo, que era un desplazamiento de ese impulso de autodestrucción idealizadora en provecho de un objeto político, en ese caso, en provecho del Tercer Reich liderado y encarnado por el Führer. Simone Weil estaba también obsesionada con los cátaros. Los amaba. Quería ser cátara antes que judía porque era una mística genial, quizá un poco loca. Interpretaba la existencia individual, es decir, la separación de la divinidad de la que habíamos formado parte, como un robo cometido contra Dios. Por lo tanto, había que volver a él, había que restituirle lo que era suyo, es decir, nuestra existencia. Claro que la víctima de ese robo, Dios, había decidido hacernos el regalo de la existencia. De todos modos, nuestra obligación era restituirle lo que se le quitó. La única manera de hacerlo era autodestruirse. Los cátaros eran los maestros de esa autodestrucción. Ella, como judía, se enfrentaba con un problema grave, porque el judaísmo es en muchos sentidos una celebración de la vida. De allí la coherencia del antisemitismo de Weil. Sin embargo, estaba dispuesta, más que ninguno de los emigrados que se encontraban en Nueva York, a arriesgar su vida para vencer a Hitler. La paradoja consistía en que deseaba luchar contra Hitler por razones antisemitas. Además, consideraba que los descendientes de la tradición cátara en Nueva York eran los negros de Manhattan. Su domicilio en esa ciudad era la esquina de River Side Drive, el gran boulevard de los judíos, y de la 125th Street, el gran boulevard de los negros. Ese domicilio es para mí una especie de alegoría de su pensamiento. En cierto modo ella es la pionera del afrocentrismo antisemita.
-En su libro, usted remite sobre ese aspecto a un pasaje de la Biblia.
-Sí. Weil hace una interpretación del mito de Noé. Este tenía tres hijos: Cam, Sem y Jafet. Cam comete el pecado de mirar al padre desnudo, los otros dos hijos apartan la vista de esa desnudez. Esa audacia le costará a Cam el castigo eterno. Los estudiosos del racismo del siglo XX estaban seguros de que los tres hijos representaban tres razas. Cam, la negra; Sem, la semita y Jafet, la aria. Para Weil, Noé era, en su origen, un primo de Dionisos y todo lo que cuenta en la religión, todo lo genuino, provenía de Grecia y del Oriente místico. No debe olvidarse que Noé es, en cierto sentido, el patrón de los alcohólicos. Sólo Cam había tenido el coraje de mirar los misterios dionisíacos, cuyo gran maestro era Noé. Weil adoraba a ese negro, a Cam, y a sus descendientes, que bailaban en las iglesias de Harlem. Según ella, entre los judíos y los arios (es decir, entre Jerusalén y Roma), habría siempre un conflicto. A veces los judíos masacran a los arios; otras veces, como en 1942, son los arios los que masacran a los judíos; pero lo esencial es que, al fin del día, se van a unir para castigar a los negros. Cuando Simon Weil llegó a Manhattan, estaba obsesionada por el holocausto, pero no el de los judíos, sino el de los cátaros en la Edad Media.
-Weil proponía, además, la creación de una especie de batallón de elite integrado por enfermeras, suerte de imagen invertida de los SS.
-Es cierto. Quería ir al frente con un grupo de enfermeras, organizado por ella. Así como los SS estaban prontos a inmolarse, inspirados por el sadismo, en el altar del mal, es decir, del poder; esas enfermeras (lo expresaré en mis términos), inspiradas por el masoquismo, estarían dispuestas a sacrificarse por el bien y para inspirar a las tropas y a los Estados Unidos a entrar en combate.
Una reina humillada
-En el capítulo sobre George Steiner, usted señala de qué modo el tema del colaboracionismo aparece en la obra y en las preferencias literarias de éste.
-Steiner nació en París. Su padre era un hombre de negocios de origen vienés, pero instalado en París, que, en 1940, negociaba con los Estados Unidos la venta de aviones a Francia. Steiner padre resolvió escapar de Europa después de un almuerzo de trabajo en un club de Nueva York. Mientras él comía con los representantes de Grumann, vio que, en otra mesa, había un alemán, conocido suyo, que también se ocupaba de comprar aviones y armas. Pensó que estaba haciendo lo mismo que él con otros compradores. Entre un plato y otro, recibió un sobre con un mensaje. Se lo enviaba el alemán. Le decía que fuera al baño. Allí se encontraron. Esto ocurría en 1940. El alemán lo tomó de las solapas y le dijo que debía irse de inmediato de Francia y agregó "La matanza ya comenzó en el Este". Como judío, le previno su colega germano, lo mejor que podía hacer era dejar Europa. Steiner padre no se lo hizo repetir. Así fue como George, el hijo, llegó a Manhattan. En mi libro señalo que el texto preferido de Steiner en el liceo francés de Nueva York era Bérénice de Racine. En esta historia, el futuro emperador de Roma, Tito, le dice a su amante judía, Bérénice, que no puede continuar su relación con ella, el imperio lo exige, y que se ve obligado a despedirla. Si se toma en cuenta la hipocresía de Tito, la tragedia se deja leer como una hermosa alegoría de la política antisemita de Vichy, durante la Segunda Guerra. En mi libro, sigo ese "complejo de Bérénice" hasta el relato de Steiner, The Portage to San Cristobal of A. H. En ese texto, los servicios secretos israelíes penetran en el Amazonas donde encuentran a un viejo de noventa años, que resulta ser Adolf Hitler. Lo llevan a Occidente para juzgarlo. Eso produce inquietud en todas las capitales porque podrían salir a luz los compromisos y las vacilaciones del pasado. Al final de la obra, Steiner le da la palabra a Hitler. Este les dice a sus jueces que toda su teoría de la raza superior la aprendió, en el fondo, de los judíos, "el pueblo elegido". El texto de Steiner no ofrece ninguna respuesta a ese discurso devastador.
Saint-Ex contra el hambre
-Antoine de Saint-Exupéry es otro de los escritores franceses cuya actuación y cuyo pensamiento usted analiza en Emigré New York.
-Saint-Exupéry era uno de los franceses más célebres en los Estados Unidos. Se sentía en una situación muy particular, incómoda, en Nueva York. Estaba en contra de esos compatriotas que se reunían en los lobbies de los hoteles de lujo para firmar solicitadas y declaraciones y para condenar a los franceses que estaban en Francia. Se hizo sospechoso de pétainismo en Nueva York porque rehusó denunciar a Pétain. Eso causó una fuerte impresión en lo que podría llamarse "la Resistencia de la 5» Avenida". André Breton, que también estaba en Nueva York, empezó a hablar mal de Saint-Exupéry. Este dijo, por su parte, que Breton tenía una sensibilidad profundamente hitleriana. Una prueba de ello eran las famosas excomuniones del surrealismo de las que Breton, gran sacerdote del movimiento, era un especialista. Saint-Exupéry también mantuvo una polémica con Jacques Maritain, un hecho que luego lamentó mucho, porque así como no respetaba a Breton, apreciaba a Maritain, el gran filósofo católico. Después de la invasión alemana a la zona no ocupada, Saint-Exupéry escribió una carta abierta a los franceses en el New York Times. En ese texto decía que la noche acababa de caer en Francia. Señalaba que los franceses de Francia no eran combatientes, eran rehenes de Hitler, sometidos a las peores penurias, sobre todo a la hambruna. No olvidemos que Simone Weil, en Londres, se rehusó a comer otra cosa que no fuera la dieta impuesta por los racionamientos en Francia. Ella quería así compartir la suerte de sus compatriotas e impulsar el compromiso de los aliados. Ese régimen de comidas la llevó a la muerte.
-Usted reserva el último capítulo de su libro al antropólogo Lévi-Strauss, el heraldo del estructuralismo.
-Soy de la generación que descubrió en los libros de Lévi-Strauss el estructuralismo, un método de interpretación que permite comprender las prácticas culturales en términos de coherencias más amplias, más oblicuas, de las que sus autores mismos no son conscientes. Pertenezco a un grupo de críticos que trató de importar en los Estados Unidos el estructuralismo y de traducir los frutos de esa corriente a un inglés digno. Curiosamente el estructuralismo francés fue concebido en Nueva York, cuando Lévi-Strauss se encontró, por un lado, con el lingüista Roman Jakobson, que habla de estructuras inconscientes, y, por otro lado, con el artista surrealista Max Ernst. El estructuralismo nació de la voluntad de sistematizar (deuda con Roman Jakobson) todo lo que podía extraerse de un arte de la yuxtaposición inédita (deuda con el surrealismo). Esta última ironía no es la menor para mí. Entré en el pensamiento francés fascinado por una tendencia que me pareció extremadamente exótica pero que se originó en Nueva York, mi ciudad natal, más o menos en el momento de mi nacimiento.
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