
El arte local, entre la muerte y la reaparición de la pintura
Una muestra recorre la rica producción artística de las décadas del 60, 70 y 80
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Dispuesto en el piso, en la entrada, un sugestivo dibujo de Rep, en el que el propio Jorge Romero Brest reconoce junto con dos policías el "cadáver" de la pintura de caballete, abre la notable exposición del Malba 60/80 arte argentino, que puede visitarse hasta el 13 de agosto.
Aquel ríspido debate que azuzó el entonces director del Instituto Di Tella a mediados de los 60 resultó el más eficaz señuelo gráfico para que el curador Marcelo Pacheco presentara un tema cardinal del arte nacional: el adiós del arte moderno y el nacimiento de la producción contemporánea, a partir de la caducidad de la pintura como gramática irreemplazable de las artes visuales.
Aquel quiebre, cuya caja de resonancia fue el Di Tella de la calle Florida, introdujo un abanico ecléctico de lenguajes, cimiento del arte contemporáneo. La hibridación de géneros, con la experimentación de nuevos medios y soportes en momentos en que sólo la libertad guiaba el quehacer artístico es justamente el foco de esta nueva exposición del Malba, cimentada a partir de 70 obras firmadas por los mayores representantes del arte argentino en tres décadas.
Con fecha precisa
En la escena internacional, el filósofo del arte Arthur Danto habla del nacimiento del arte contemporáneo con fecha precisa: abril de 1964, cuando Andy Warhol toma por asalto la escena artística con sus Cajas Brillo. En la Argentina, "ese paso trascendental se da en simultáneo, pero aquí nadie arriesga una precisión tan certera", dice Pacheco en diálogo con LA NACION. El curador, sin embargo, se juega con el bellísimo paisaje de letras de León Ferrari, del 64, para insinuar cómo esas grafías desplazan al óleo esparcido sobre el lienzo y anuncian el quehacer contemporáneo.
Lo secunda en ese inicio una obra informalista de Alberto Greco y en el fondo es el Rompecabezas, de De la Vega, el que viene a dar cuenta de la experimentación de aquellos años.
El debate ético a partir de la imagen La familia obrera, de Oscar Bony, cuando el misionero les paga a tres modelos para entronizarlos en un pedestal e invertir con su imagen el orden social, muestra a las claras las estrategias de lucha y resistencia cultural y política de entonces, corporizadas por un artista a quien el Malba le dedicará a fin de año su primera retrospectiva.
El paneo por los 60 se completa con la instalación de los monstruos de Berni; los juegos ópticos de Polesello; los bricolages de De la Vega (El día ilustrísimo); el Hábitat para pez, de Benedit, y la secuencia fotográfica y conceptual de Liliana Porter, a partir del gesto de arrugar la materia. Pero la obra estrella de ese decenio es la instalación cinética de Le Parc, Siete movimientos sorpresa, en la que el propio espectador activa los movimientos que esconde la obra.
El arte ecológico de Nicolás García Uriburu, con sus hidrocomías del East River, del Río de la Plata, los canales venecianos y el Sena, introduce la producción setentista junto con una botella de agua anaranjada y contaminada del Rin. Suman sus voces la abstracción geométrica de Víctor Magariños, el hombre de espaldas de Seguí -una imagen metafórica que habla de "la distancia de la mirada" en una serie de 1976-, las eróticas lenguas de Adán y Eva en las esculturas de Alberto Heredia y la sombría secuencia de diez fotografías de David Lamelas. Dice Pacheco sobre esos años aciagos: "Las poéticas artísticas funcionaron aceleradas, cambiantes e incluso simultáneas", con cruces de "géneros, iconografías y narraciones que desencadenaron en los espectadores procesos dadores de significados".
En los 80, la pintura resurge renovada, "marcada por las historia y la contemporaneidad" en obras de gran formato que "celebraron la ficción de un mundo de iguales y sin fronteras. Un espejismo que se desvaneció rápidamente", explica Pacheco.
Y allí sí, la potente pintura de Kuitca, en ese desolado escenario de Siete últimas canciones, los vivaces tonos surrealistas en una geografía que no encuentra otro parangón que el de la imaginación de Dulio Pierri, o el adusto militar que antecede el pabellón nacional, salpicado por virulentas escenas marciales, según Marcia Schvartz, vienen a desechar aquella falacia de que la pintura había muerto.
Más bien reinventada, como lo hace Alejandro Kuropatwa al retratar con su cámara su cóctel contra el sida; Liliana Porter, para hablar de libros, o Alfredo Prior, con su sinfín de pequeños osarios al óleo, la pintura grita su vigencia. Sólo que esta vez casi todos los soportes toman el nombre de pintura.
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