
El derecho a discrepar
Philippe de Montebello, director del Museo Metropolitano de Nueva York explica en esta entrevista por qué el museo que dirige mantiene a distancia la producción contemporánea.
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NUEVA YORK.- CASI desde su inauguración, en 1870, el Museo Metropolitano de Arte, el muy conocido Met, ha sido acusado de menospreciar el arte contemporáneo. Tal reproche se ha reavivado a raíz de un artículo sorprendentemente sincero, escrito por su director, Philippe de Montebello. En el mundo del arte, muchos, muchísimos, se formulan la misma pregunta contundente: ¿odia el arte contemporáneo?
"¡No! -exclama-. No lo odio. Sólo un estúpido respondería afirmativamente. Eso sí, me opongo a la actitud tiránica de demasiados personajes del mundo del arte contemporáneo. Se sienten tan inseguros, que toman cualquier discrepancia sobre una obra de arte por hostilidad a todo su campo".
Entre los cientos de notas escritas acerca de la sonada muestra Sensación , en el Museo de Arte de Brooklyn, pocas han suscitado ecos tan intensos y persistentes como el comentario de Philippe de Montebello, publicado por The New York Times en octubre último. En él, elogiaba la "aguda perspicacia crítica" del alcalde Rudolph W. Giuliani y desechaba la exposición, tildándola de "basura irredimible".
Poco después, se enzarzó en una disputa con el Museo Whitney de Arte Norteamericano, al calificar de "repugnante y carente de toda destreza o mérito estético" la escultura de Kiki Smith Tale ( Chisme , 1992) allí expuesta. Es una figura masculina, acuclillada, que excreta una ristra de materia oscura.
Alcaldes y senadores formulan constantemente este tipo de comentarios hostiles; es natural que lo hagan. Pero De Montebello no es un político. A los 63 años, es uno de los directores de museos más respetados del país, un hombre muy refinado y erudito, que habla seis idiomas y gusta pasar sus veladas inmerso en la poesía de Verlaine.
De ahí que sorprendiera a tantos su recurso a un adjetivo ordinario ("repugnante") para describir una obra de Kiki Smith. Sobre todo de ésta última -el Met posee diecinueve grabados suyos y una escultura ( Lilith , 1994)-, entre cuyos defensores inveterados se cuenta William S. Lieberman, que preside el Departamento de Arte Moderno del Met.
Al preguntarle qué pensaba respecto de la nota de su jefe, tosió y respondió con aspereza: "Es una opinión personal que no comparto. Amo la obra de Kiki desde que la ví por primera vez".
¿Qué pasa con el Met?
Concebido como un museo enciclopédico, que dedicaría la misma clase de atención a lo medieval y a lo moderno, ha tenido, sin embargo, unas relaciones notoriamente turbulentas con el arte contemporáneo. En los años treinta, piquetes de cubistas protestaron ante sus puertas; en 1950, fue boicoteado por los expresionistas abstractos. Se enajena con cada nueva generación vanguardista, casi por tradición.
"A fin de cuentas, creo que el Met tiene una foja notablemente buena en materia de arte contemporáneo -insiste su director-. Lo hemos coleccionado desde 1870 y le ofrecemos lo más valioso para él: un continuo; la posibilidad de verlo como un capítulo en la historia del arte. En este museo, usted puede ver las obras de Willem de Kooning, por ejemplo Desván , y bajar a contemplar los frescos pompeyanos, que, según declaró De Kooning, influyeron especialmente en su obra."
Por supuesto, De Kooning no es un artista contemporáneo, ni lo ha sido, al menos desde su muerte, acaecida en 1997. Pero Montebello parece absolutamente reacio a reflexionar sobre el arte de los noventa. (N. de la R. En su despacho, la pintura individual más reciente es un paisaje de Salvatore Rosa, c. 1656.)
De pronto, recuerda en tono burlón sus aspiraciones actorales de estudiante en Harvard y demuestra sus aptitudes recitando un poema en ruso. Pero, al preguntarle a qué artistas contemporáneos admira, se muestra mucho más reservado. "He sobrevivido veintidós años al frente del Met no opinando jamás acerca de mis preferencias en materia alguna", explica.
Le señalamos que esta política no le impidió expresar públicamente su opinión sobre la obra menos preferida : la de Kiki Smith. "No, no es ésa. Usted no sabe cuál es la que menos prefiero. ¡Ni se la imagina!", replica divertido.
Desde luego, el Met monta exposiciones de artistas vivientes, muchas de ellas enormes y justamente elogiadas. Es fácil recordar hitos tales como las retrospectivas de Clyfford Still (1979) y Balthus (1984) o la muestra de Lucien Freud (1994). En las galerías del entrepiso del ala dedicada al siglo XX, suelen montarse otras más pequeñas, digamos de bolsillo. Acaba de abrir una dedicada a los trabajos en papel del dublinés Sean Scully.
A menudo, los artistas norteamericanos se han sentido menospreciados por el Metropolitan. Su idilio con Europa refleja un prejuicio heredado de sus primeros tiempos, cuando París era todavía la capital del arte y los pintores neoyorquinos no contaban. En 1929, el museo cometió una torpeza histórica. Gertrude Vanderbilt Whitney quiso donarle su espléndida colección de pintores norteamericanos (más de seiscientas piezas) y un ala donde alojarlas. El Metropolitan declinó el ofrecimiento. La heredera bohemia construyó entonces su propio museo: el Whitney de Arte Norteamericano de Madison Avenue.
Hoy día, algunas obras ultramodernas del Met se encuentran fuera de su Departamento de Arte Moderno. Tomemos por caso la muestra Estilo rock , organizada por el Costume Institute, que confiere un historicismo extremo a la indumentaria de unos cuarenta rockeros que definieron la moda desde los años cincuenta.
¿Es justo presumir que Montebello escucha su música?
Frunce la nariz, y contesta: "En mis largos y frecuentes viajes en auto con mis hijos adolescentes, he escuchado mucho rock. No tuve otra alternativa", sonrié.
Pero, ¿no hay, al menos, un músico o actor contemporáneo que no ofenda su delicada sensibilidad? "Usted me recuerda al teniente Columbo -contesta-. ¿Sabe quién es? ¡Es un contemporáneo!"
Insistimos y admite: "Disfruto más algunas cosas de los Beatles, pero preferiría escuchar a Brahms o Chopin".
Cuesta ver en sus comentarios una aprobación enfática de la muestra Estilo rock , pero, por otro lado, es considerada una de sus grandes virtudes como director el hecho de no imponer sus gustos personales a los curadores.
En realidad, Philippe de Montebello parece dispuesto a perdonar a quienes creen que el arte del momento puede codearse con los tesoros del pasado sin salir perdidoso.
Además, es innegable que toda obra de arte fue alguna vez contemporánea. Todas las pinturas colgadas en el Metropolitan fueron un día flamantes. Todas necesitaron de una mirada abarcadora, comprensiva... y compasiva. Parecería una razón suficiente para que el Met apoyara el arte contemporáneo.
"Nuestro objetivo no es ése, sino formar la mejor colección posible -replica-. Para nosotros, el arte contemporáneo es un campo más entre una multitud. Tengo dieciocho departamentos a cargo de curadores. Aquí, en la ciudad de Nueva York, el mayor museo de arte contemporáneo es el conjunto de centenares de galerías de arte comerciales. Ese es el gran museo de arte contemporáneo: las galerías."
Qué magro consuelo para los innumerables artistas contemporáneos que se sienten intensamente vinculados al Metropolitan. Los que recibieron el primer alerta sobre la grandeza del pasado en una de sus salas, parados frente a un Rembrandt o un Manet. Por apasionado que sea su amor por el Met, pocos veces se han sentido correspondidos.




