El discreto encanto de las Moleskine
La libreta más famosa del mundo, inmortalizada por Bruce Chatwin en Los trazos de la canción, se vende en Buenos Aires
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¿Cuánto depende una buena escritura de la superficie donde se esparce? ¿La libreta de un escritor es un fetiche, un talismán o un espejo clandestino? ¿Y hasta qué punto un cuaderno llega a convertirse en un cómplice capaz de guardar secretos que no se le confiarían ni al mejor de los amigos, ni se escribirían en otro lugar? En una época en la que se tiende a pensar que la pantalla de la computadora reemplaza la escritura a mano, el eco de esas preguntas dibuja el retrato de un tiempo desaparecido. Un retrato que, de existir, sin dudas debería bocetarse sobre una Moleskine, la libreta más famosa del mundo, inmortalizada por Bruce Chatwin en Los trazos de la canción y en venta en Buenos Aires desde diciembre último, en la tienda del Malba.
Las Moleskine tienen una historia equívoca, como toda pasión. Modo & Modo, la empresa italiana que las manufactura actualmente, asegura que Pablo Picasso, Ernest Hemingway y Henri Matisse, entre otros artistas, las usaban para plasmar el germen de sus creaciones, pero no está claro si las libretas que utilizaban eran estas u otras parecidas. Su mayor impulsor fue Chatwin, quien las llevaba para tomar notas en cada uno de los viajes que relataría en los ya clásicos En la Patagonia (1977), El virrey de Ouidah (1980) y Colina negra (1982). En aquellos apuntes, quien alguna vez fuera experto en impresionismo de Sotheby s reflexionaba sobre el paisaje en el que se perdía, los entresijos de la cultura nómade, la filosofía del caminante y también, aquí y allá, dejaba caer algún párrafo dedicado al modelo de escritura portátil que le permitían sus libretas, quizás el último amuleto aristocrático de la era previa al boom de las laptops . Con sus Moleskine en la mochila o en el bolsillo de los pantalones cargo, el viajero literario podía no saber hacia dónde iba o con qué se encontraría, pero estaba seguro de que adonde fuera iba a estar en compañía de esta bella prolongación táctil de su memoria, un rugoso otro yo que estimulaba la imaginación en los suaves roces de la pluma con el papel. Todo un romance que entraría en crisis en 1985, cuando Chatwin se preparaba para la travesía australiana que inspiraría Los trazos de la canción , tal vez su mejor libro, y se encontró con que el fabricante parisino de sus libretas había fallecido. Esa muerte amenazaba con arrastrar a una tumba vecina a sus queridos cuadernos, y lo primero que se le ocurrió a Chatwin fue lo mismo que hubiera hecho cualquier otro enamorado: salvar los restos del amor en pleno naufragio, lo que en su caso significaba aprovisionarse de las últimas Moleskine que estaban a la venta en el bazar de siempre y soñar con su vida ilimitada. Pero las Moleskine no están hechas para permanecer en blanco, y esas pocas atesoradas por su principal mentor duraron poco y nada sin extinguirse a paso de pluma. El impacto en Chatwin fue tal que, primero, sintió que su época de viajero había terminado, y luego, le dedicó un sentido adiós en Los trazos de la canción , donde escribe que "en un viaje, perder el pasaporte es la peor de las desgracias; pero perder una libreta de apuntes es una verdadera catástrofe". El arte de tomar notas se enfrentaba al que podía ser el principio de su fin.
O de una nueva vida. Porque, basada en las descripciones que Chatwin hizo de ellas (y en la que el propio autor de Utz le regaló a otro viajero de abolengo, el español Luis Sepúlveda), Modo & Modo volvió a fabricarlas en 1998. Su regreso también retomó los inciertos detalles de su historia, evidente como refugio de ideas y símbolo del nomadismo contemporáneo, y no tan clara a la hora de saber quien las usó. ¿Son las mismas que Picasso utilizó para dibujar en tinta y lápiz? ¿Gertrude Stein las coleccionaba y se las regalaba a sus amigos y protegidos, Picasso entre ellos? ¿Las composiciones musicales de Paul Bowles en 1966 nacieron en este papel? ¿Los estudios de Bataille sobre Nietzsche son tan lúcidos porque, entre otras cosas, se bosquejaron sobre una Moleskine? ¿Y los poemas que Apollinaire incluyó entre 1909 y 1910 en su colección Alcools vieron la luz en una libreta como las que hoy cualquier porteño puede comprar a un promedio de $40 en el Malba? Eso tal vez no pueda saberse nunca. Lo que jamás podrá desmentirse es que las Moleskine son un museo personal de la mirada que todo viajero o maestro del apunte cuida sin saber bien por qué, un secreto de tamaño pocket que tal vez guarde la clave de la eterna e inexplicable supervivencia del arte.





