
El ejemplo de Newman
La primera mitad de su vida, hasta los 44 años, John Henry Newman abrazó la iglesia anglicana. Fue un pastor y orador reconocido. En 1845 se convirtió al catolicismo y sirvió a la Iglesia hasta su muerte, en 1890. Terminó sus días como cardenal y brillante teólogo. Pablo VI lo comparó con San Agustín, por su persistencia en la búsqueda incesante de los caminos que llevan a las verdades profundas. Su conversión no fue un golpe de efecto, sino el fruto de intensos años de meditación, estudio y preparación, un recorrido intelectual y espiritual. Ese itinerario vuelven a recorrer hoy muchas comunidades anglicanas que solicitan ser admitidas por el papa Benedicto XVI, descontentos con decisiones polémicas, como ordenar mujeres obispos.
"Mi batalla fue contra el relativismo", declaró Newman, en 1879, en sintonía con una de las preocupaciones de Benedicto XVI, que advierte sobre la necesidad de que Europa (y el mundo occidental) reconozca sus raíces cristianas.
Entre su rico legado, se destaca su fidelidad a la oración y la renovada concepción del diálogo entre la fe y la razón.
Antes de abandonar a los anglicanos, Newman bregó desde el Movimiento de Oxford por renovar su iglesia, para que volviera a sus raíces cristianas y se alejara del poder político. Párroco de la capilla de la universidad, pronunció 604 sermones desde el púlpito anglicano.
"Muchas de las cosas que escribió hoy se toman en el diálogo ecuménico para resolver cuestiones doctrinales", explicó a LA NACION el padre Fernando Cavallier, estudioso de su vida y presidente de la Asociación Amigos de Newman en la Argentina.
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