
El inglés de los güesos
Por María Rosa Lojo Para LA NACION
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Siempre me fascinaron las historias de amor que involucran a amantes de mundos muy dispares, de tal modo que la apuesta por lo diferente los lleva a trascender las asimetrías y distancias (de etnia, de clase, de lengua, de cultura). Por su alto grado de conflicto son las que más interesan a escritores y lectores. Yo misma terminé escribiendo un libro: Amores insólitos, que presenta pasiones de este tipo: incomprendidas y audaces como metáforas vanguardistas, y a menudo trágicas, porque los obstáculos son demasiado difíciles de sortear, ya sea a causa del rechazo social, o por las barreras internas de los propios enamorados que terminan separándolos.
Acaso las historias que nos han conmovido y afectado especialmente son aquellas que leímos en una etapa fundacional de nuestra identidad: la adolescencia, más allá del lugar que estos relatos puedan ocupar en el panteón de la literatura universal. Una de ellas, imborrable, fue para mí la que se relata en la hermosa y olvidada novela de Benito Lynch: El inglés de los güesos. En este caso los protagonistas no pueden ser, aparentemente, más incompatibles: por un lado Mr. James Gray, todavía joven pero ya destacado científico inglés que llega a una estancia de la pampa argentina para realizar excavaciones (desenterrar "güesos"), y por otro, Balbina, la "Negra", hija de un puestero de la estancia: hermosa adolescente que primero se burla de las peculiaridades del inglés, para luego enamorarse de él sin remedio. Todo los aparta: la madurez, la educación, el idioma, las costumbres, las creencias, los valores, pero la atracción entre ambos es mayor aún. Mr. Gray está lejos de ser o de creerse un seductor; es lo que se llama un hombre decente y ordenado, que –según el narrador— nunca ha hecho llorar a mujer alguna, ni siquiera a su madre, y que hasta entonces sólo ha pensado en su brillante carrera académica. Frente a Balbina el sólido mundo que ha construido se resquebraja y tambalea. Su inconfesado pero real amor por ella le abre las puertas de otra vida posible que se ha negado a ver ("esas bellas flores que en las mañanas de la Existencia suelen sonreír a los que pasan, medio ocultas en los matorrales de las laderas o columpiándose al borde de los abismos", "las maravillas de un mundo nuevo, en cuya existencia no había creído en serio nunca"). Balbina se entrega a la pasión incondicionalmente, con toda la violencia y la desmesura de su temperamento y de su edad. Gray, en tanto, camina sobre el filo de la navaja, desconcertado y aturdido: el amor no estaba, al menos a corto plazo, en sus planes, ni con Balbina ni con ninguna otra, aunque por cierto con la joven puestera, rústica y semianalfabeta, resulta aún más extravagante: él, se dice, "no había venido a estas tierras de América en busca de una oscura muchachita de rancho con quien casarse".
El narrador, y sin duda, el lector, se indignan por momentos con Mr. Gray, o mejor dicho, sobre todo con el proyecto que defiende, encarna y representa: el cientificismo, aliado al imperialismo económico; la idea del "Progreso de la Humanidad" ligada a valores exclusivamente racionalistas que no dejan espacio para nada más. Pero este antropólogo que tan poco acepta sus propios sentimientos humanos, es también (y aquí se juega toda la maestría narrativa de Lynch) un ser sufriente. Si Balbina padece en un solo sentido, por el rechazo de Gray, la lucha de éste se plantea, ante todo, dentro de sí. Sabe perfectamente que al renunciar a la "Negra", está renunciando también a la genuina riqueza de la vida; es consciente de que aplasta brutalmente sus afectos y deseos profundos en aras de una meta lejana, que, aun lograda, no podrá compensarlo jamás por esa pérdida. Sin embargo resiste, se condena a la perpetua monotonía y aridez y, sin quererlo, condena también a Balbina a la muerte.
En El inglés de los güesos, en efecto, la enamorada, incapaz de soportar la definitiva partida del amado, elige el suicidio, aunque esta decisión no tiene que ver sólo con el regreso de James Gray a Inglaterra, sino con el derrumbe de sus propios valores. Hasta el último momento Balbina ha creído con fe ciega en el "gualicho" que la curandera, doña María, le ha hecho preparar para retener a James. Cuando el científico se marcha, a pesar de todo, Balbina pierde no sólo su amor, sino la fe que sustenta sus redes simbólicas, su mundo cultural.
La tensión extrema, la disparidad, y también la certeza de que –pese a, o a causa de, las desemejanzas— ese amor de seres distintos y distantes enriquecería imponderablemente sus existencias, otorgan a la novela un clima difícil de olvidar. Lynch trabaja con deslumbrante destreza los bordes, las inminencias, las situaciones límite: esos instantes, fugaces, en que la coraza de prejuicios y temores parece caer, y, con el acuerdo de los amantes, está a punto de lograrse también la conjunción armoniosa (pero imposible) de la realidad y el deseo, del cielo y de la tierra.
En todo momento se hacen patentes los riesgos de esa apuesta que es un verdadero desafío poético no ya sólo al cientificismo, sino al mismo sentido común. ¿Podría realmente perdurar un eventual matrimonio del científico con la "chinita" pampeana? ¿Sería imaginable Balbina como la esposa de un académico de Oxford, o Mr. Gray como un criador de ganado en la pampa bonaerense, apartado de su hasta entonces excluyente pasión científica? Pero en todo momento, también, el narrador y el lector (sobre todo aquella lectora adolescente que fui) creen que el riesgo valdría la pena, y que el "sabio" británico demuestra la más palmaria ineptitud humana al ignorar su enamoramiento evidente: "Y clavado en el sitio con la rigidez de una espada, ceñido el busto por su waistcoat y con aquel penacho de pelo que la brusquedad del movimiento había erguido sobre su rubia cabeza como un crestón o como una garzota, El inglés de los güesos parecía una armadura de acero más bien que un hombre…"
Con los años cambian, desde luego, las lecturas y las interpretaciones. A los quince o dieciséis, mi furia para con el "insensible" Mr. Gray superaba todas las excusas. Hoy, a los cincuenta y cuatro, tiendo a ver al infeliz antropólogo como el gran perdedor de la historia. Balbina, que no tiene dudas, muere víctima de un amor exigente y absoluto, pero de una vez y para siempre. Gray, él sí desgarrado y dubitativo, de algún modo seguirá muriendo muchos años más, encadenado a sus inflexibles objetivos previstos, rumiando su porción de culpa en la tragedia, y también la inevitable desdicha de quien –bajo la máscara del "progreso racional"-- lo ha sacrificado todo a cierta obsesión de gloria. Como lo indica la etimología, lo que llamamos "prestigio" no deja de ser un fraude, o un fantasma
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