
El júbilo de un ermitaño
El narrador francés ha sido varias veces candidato al Premio Nobel. Autor de novelas tan memorables como El rey de los alisos y Los eteoros , acaba de dar a conocer Célébrations , libro en el que expresa su admiración por el mundo y del que publicamos un artículo. En esta entrevista, habla de su vida, de su pasión por la fotografía y del misterio que anida en los hechos humanos.
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CUANDO alguien acuerda visitarlo en su retiro de Choisel, un minúsculo poblado en las afueras de París, Michel Tournier repite siempre el mismo rito. El escritor pasa a recoger al visitante por la estación de Saint-Rémy-lés-Chevreuse y, apenas puesto en marcha el motor de su automóvil, señala un semáforo: "Mírelo bien, porque es aquí donde terminan los suburbios y comienza la Francia profunda". La misma escena -aunque el acompañante es otro- es relatada en Célébrations , su último libro, publicado recientemente en Francia, en el que recopila poco más de ochenta ensayos breves. La observación no es inocente. A pesar de haber nacido en la capital francesa en 1924, por alguna razón, el vitalista empedernido que es Tournier aborrece París. Y como consecuencia de esa alergia visceral, se refugió hace cuarenta años en Choisel, donde décadas atrás tuvo como vecina, a pesar de la modestia campesina del lugar, a Ingrid Bergman.
La casa en que habita el autor de El rey de los alisos fue alguna vez un presbiterio. A la derecha se encuentra uno de los muros laterales de la Iglesia y en él, una puerta, hoy clausurada, recuerda el lugar por el que el cura se deslizaba para dar misa. En las cercanías hay un cementerio y, en la parte posterior de la propiedad, un gran jardín sobrio donde el pasto reina en compañía de un pino solitario. El edificio tiene tres plantas, pero Tournier pasa la mayor parte de su tiempo en la última. En esa amplia bohardilla sentó sus cuarteles reales y escribió desde su primer libro -la novela Viernes o los limbos del Pacífico - hasta el último, a mano, sobre un amplio escritorio, para después pasarlos a máquina. En el mismo cuarto está su cama, rodeada por una barricada de libros, un televisor y una radio que lo ayudan a hacer más tolerable el insomnio.
El mundo exterior
Por su variedad, los textos de Célébrations son una excusa perfecta para repasar el conjunto de la obra y obsesiones del escritor francés, al que pocos años atrás uno de sus pares definió como "el novelista más nobelizable que posee Francia en la actualidad".
Si en El espejo de las ideas (1994), Tournier se apoyaba en las oposiciones materiales más simples -como la sal y el azúcar- para elevarse hasta la oposición metafísica -Dios y el diablo, el ser y la nada-, en su nuevo libro vuelve a convertirse en botanista o zoólogo curioso, en arqueólogo de los mitos del imaginario occidental (con gran presencia de los temas bíblicos), en cronista de anécdotas poco conocidas sobre sus autores y músicos preferidos -Goethe o Bach- y en hijo, nieto o amigo que rememora a sus muertos (su abuela, pero también el desaparecido filósofo Gilles Deleuze). El título es toda una declaración de principios: a pesar del magnífico humor negro que atraviesa como un látigo ciertas páginas y de su permanente alusión a una muerte que prevé cercana, Célébrations es un libro no apto para pesimistas.
Siempre a contracorriente, felizmente incorrecto, Tournier hace un elogio del mundo y de su variedad. "Es una suerte de diario -dice de su libro mientras sirve una copa de vino tinto, lo único que tiene para ofrecer-, pero todo lo contrario de un diario íntimo. Como siempre me gustó pergeñar palabras también encontré una para definirlo: es un diario éxtimo . ¿Por qué ? Porque es un libro totalmente volcado hacia el exterior. Está hecho de observaciones, de viajes, de encuentros con distinta gente, pero nunca encuentro nada que decir sobre mí mismo. Soy todo lo contrario de un autor intimista. Mis aventuras personales no me inspiran en lo más mínimo."
A Tournier le gusta dividir a los autores en dos rubros : los sarcásticos (como Saint-Simon o Céline) y los celebratorios (Victor Hugo, Saint-John Perse). "No tengo nada que hablar con alguien al que el mundo no le parece digno de regocijo" es su lema de cabecera, que lo hace adherir de manera casi militante al segundo grupo, aunque también admire literariamente a los primeros.
"El tono general es de admiración porque las cosas y la gente me resultan interesantes. Tan simple como eso. Cuando voy de vacaciones a una playa, me gusta que desborde de gente. Las personas pueden ser hermosas u horribles, pero siempre tienen algo que vale la pena. La banalidad no existe. Si la hay, es porque está en el ojo propio. "La gente gana al ser conocida porque gana en misterio", decía Paulhan. Si uno no le presta atención a lo que lo rodea, no encontrará, por supuesto, nada interesante. Pero si observa con detenimiento, percibirá siempre que existe un costado misterioso y admirable. Eso es lo que trato de rescatar."
Breviario y condensación de ideas cíclicas, Célébrations contiene también alusiones a las novelas de su autor. Porque Tournier, amable y locuaz, no es un hombre de falsas modestias: "Como ve -dice después de descubrirse alabando uno de sus textos- no soy uno de esos autores que tienen problemas con lo que escriben".
Aunque comenzó a publicar tardíamente ( Viernes.. . apareció en 1967, cuando tenía 42 años), Tournier construyó una obra aislada, despreocupada de las modas, una obra que hace equilibrio entre un clasicismo depurado y una modernidad omnipresente. "Decir de una manera tradicional cosas nada tradicionales", así definió alguna vez su proyecto literario. Una veintena de libros después, puede decirse que se mantuvo fiel al proyecto original.
Ogros y reyes
Un esbozo de biografía en pocas líneas puede ayudar a delinear las bases del mundo literario de Tournier. Sus padres se conocieron estudiando germanística, lo que le otorgó un destino obligadamente bilingüe, al punto que el alemán es la única lengua extranjera que domina. Muy pronto se apasionó por la filosofía, especialmente por Kant y Heidegger. Estudió en París, donde trabó amistad con dos condiscípulos que serían importantes filósofos de la segunda mitad del siglo (Deleuze y François Châtelet) y más tarde prosiguió perfeccionándose en la universidad de Tubingen, en Alemania, país que visitaba regularmente desde su infancia. Su máximo objetivo en aquellos tiempos era convertirse en profesor de filosofía, pero un inesperado fracaso en el examen que le daba el título habilitante lo obligó a dar un giro radical a su vida. A partir de entonces, comenzó a sobrevivir mediante trabajos en la radio y traducciones. "Si hubiera pasado ese examen -dice con cierta nostalgia por esa vida paralela que nunca tuvo lugar-, le aseguro que nunca me habría dedicado a la literatura. Soy escritor por decantación. Antes de mi primer libro, jamás se me había cruzado por la cabeza ser novelista."
El éxito de Viernes... , una singular rescritura de Robinson Crusoe, le permitió dedicarse a la literatura a tiempo completo. En los años siguientes dio a conocer otras dos largas novelas: El rey de los alisos , que ganó el premio Goncourt en 1970, cuenta la historia de Abel Tiffauges, una suerte de ogro paidóforo (una de las palabras acuñadas por Tournier para designar a "aquel que transporta niños") en la Alemania nazi, y Los Meteoros (1973), la destructiva historia de dos gemelos. Después de esas tres novelas fundacionales, Tournier dio a conocer una suerte de memoria intelectual ( Le Vent Paraclet ) y comenzó a diversificar su paleta: sus novelas, que comenzaron a volverse más breves, fueron acompañadas por libros de cuentos, de ensayos, textos sobre pintura o fotografía. "No fue una decisión estética deliberada -responde cuando se le señala esta tendencia a la síntesis que se plasmó en las dos últimas décadas-. Todo libro tiene la longitud que él mismo promueve. Cuando empecé a escribir Gilles et Jeanne , por ejemplo, pensé que tenía entre manos una novela infinita. El tema, Juana de Arco, era importantísimo -creía yo- y debía darme un trabajo de años. Y sin embargo, el libro tiene algunas pocas páginas. Es tan corto que ni siquiera me atrevería a decir que es una novela."
Si bien el espesor de sus libros se volvió fluctuante, sus obras mantuvieron una línea de conducta: continúan recurriendo sistemáticamente a los grandes mitos, rescoldo de su formación filosófica. "Cuando escribo una novela me gusta partir de un gran tema, un gran tema de la humanidad. En Viernes... es el del hombre abandonado en una isla; en El rey de los Alisos es el del ogro, un mito que siempre me obsesionó, y la Alemania nazi. En Los Meteoros , mi novela más dura, son los gemelos. Y como el punto de partida es muy preciso, antes de sentarme a escribir dedico meses a leer toda la literatura disponible sobre el tema. Mi imaginación no podría hacer nada sin ese trabajo previo."
Esa pasión por la investigación minuciosa lo llevó a definirse alguna vez como un ladrón de obras ajenas. Lo llevó también, por ánimo de verosimilitud, a dar la vuelta al mundo (como hacen Jean y Paul, los gemelos de Los meteoros ) o a descubrimientos inesperados, que significaron una vuelta de tuerca al proyecto original. Tournier pone como ejemplo la novela Gaspar, Melchor y Baltasar (1980). "El hilo conductor debían ser los Reyes Magos, pero la exhumación de una vieja leyenda trastocó los planes iniciales. Un mito ruso ortodoxo se refiere a un cuarto rey de origen eslavo que, debido a las interminables distancias que debe recorrer para alcanzar Belén, llega con retraso y deberá deambular 33 años hasta dar con Cristo en la cruz. Incluso mis cuentos, casi siempre, reposan sobre uno de esos grandes temas, por eso yo no hablaría siempre de mitos. Por ejemplo, en "Los amantes taciturnos", el primer relato de La medianoche amorosa , el eje es simple, pero no por eso menos importante: ¿qué se dicen un hombre y una mujer que están casados desde hace cuarenta años? No me concierne en lo más mínimo, no tiene nada de autobiográfico... para empezar, porque nunca estuve casado. Pero no por cotidiano deja de ser un tema mayor".
Famoso célibe, eremita que desde su refugio observa al mundo y sus pobladores, Tournier cree en el escritor como curioso irredento. En Célébrations , un texto parece definir el arte poética del narrador: allí declara que le disgusta ser servido en un restaurante, pero confiesa que le habría apasionado ser un valet. "No me diga que no es fascinante. Piense que un valet de chambre lo ve todo, lo oye todo y, sin embargo, no toma parte en la sociedad en la que se mueve. Es un ente inexistente, como el hombre invisible de Wells. Peor. Cuando los dueños de casa se sientan a la mesa, si alguien hace un chiste y todo el mundo se ríe, él no puede ni sonreír. Sería una falta gravísima. Tiene que fingir que no ha escuchado nada..."
La bibliografía de Tournier no incluye sólo ficción o ensayos literarios: esconde también textos como "El Tabor y el Sinaí", dedicado a la pintura, y una buena cantidad de libros, casi secretos, dedicados a la fotografía. "Usted me puede decir que no sé nada sobre literatura. Pero nunca lo dejaría decirme que no sé nada sobre fotografía. A principios de los años sesenta, propuse en la televisión realizar micros sobre fotógrafos y sobre la manera en que trabajaban. Para mi sorpresa aceptaron y durante 53 semanas -la cantidad de emisiones que duró el programa-, me reuní con todos los grandes de la fotografía. Tuve la suerte de compartir horas en sus laboratorios con Henri Lartigue, con André Kertesz, con Cartier Bresson, con Bill Brandt, y aprender todo de ellos. Como es un oficio muy ingrato, falto de publicidad, estaban encantados de recibirme. Todos tenían puntos de vista distintos sobre su trabajo, pero lamentablemente eran unánimes en un detalle: como fotógrafo, soy completamente nulo."
Cámara magnética
Tournier, que ha utilizado su bohardilla también como estudio, busca explicaciones mágicas a su fracaso con los negativos. "Para ser fotógrafo -se justifica- hay que tener un magnetismo especial. Cuando yo salgo a la calle con una cámara en la mano, no pasa nada de nada. Pero basta que un fotógrafo se pare en un lugar para que efectivamente ocurra algo maravilloso."
Para probarlo, exhibe una foto informal que hace años le sacó Lartigue: Tournier se asoma por la pequeña ventana del último piso de su casa y dos palomas se posan sobre el tejado, a izquierda y derecha del escritor, en perfecta simetría. Las ficciones de Tournier también son una celebración de las imágenes. Valga como ejemplo el éxtasis solar de Robinson, en la última parte de la primera novela de Tournier. Sin embargo, cuando a mediados de los ochenta dio a conocer La gota de oro , desconcertó a los críticos. La historia de un adolescente magrebí que viaja hasta Francia en busca de la foto que le sacó una turista de paso fue leída como una inesperada crítica a la imagen, que hasta poco antes había ensalzado.
"Las imágenes, la fotografía me fascinan, pero tienen algo evidentemente maléfico. Como puede observar, aquí en mi casa no hay nada colgado en las paredes. Los retratos implican una suerte de posesión. Balzac estaba aterrorizado cuando era fotografiado por Nadar. Había inventado incluso una teoría de que las placas le robaban una parte de sí mismo. Y yo siento algo parecido."
Tiene otra prueba para comprobar sus temores: un retrato suyo realizado días antes de la entrevista por el norteamericano Arthur Patten. Una inmensa hoja muerta, húmeda, se adhiere a la piel ocultándole medio rostro. La fascinación de Tournier por las oposiciones y las inversiones malignas nos hacen pensar en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. "Dígame -pregunta, sin poder sacar la vista de la copia-, ¿no tiene algo terrible?".
Futuro de vampiros
A pesar de sus 74 años, el viajero sedentario que es Tournier desborda de proyectos. Hablar de lo que está escribiendo nunca fue tabú. A mediados de los ochenta causó controversia al anunciar que estaba planeando, en los últimos años de la guerra fría, una novela sobre las atletas de Alemania del Este ( Eva o la República de los cuerpos ), que muchos consideraban a priori una platónica exaltación de la RDA.
"No la escribí finalmente -contesta sin la menor decepción, cuando se le pregunta por esas páginas que nunca llegaron al lector-. Es sólo uno de mis tantos proyectos que quedaron en la nada. En Célébrations hay un texto de cuatro páginas sobre San Sebastián, un mito que siempre me apasionó. Era el tema de mi próxima novela. Acumulé una cantidad de material increíble sobre él. Incluso aprendí a tirar al arco (algo que había comenzado a hacer con los arqueros zen en Japón, cuando viajé para realizar investigaciones vinculadas con la elaboración de Los Meteoros ). Pero el proyecto quedó arruinado por ese breve texto de cuatro páginas, que es una sinopsis exacta de lo que iba a escribir. Ya no podría retomarlo -dice antes de lanzar un argumento de corte borgiano-. ¿Qué sentido tendría transformar esas pocas páginas en cuatrocientas? La literatura, en ese sentido, es muy frágil."
Quizá porque tiene frescas en la memoria aquellas dos novelas archivadas, Tournier hace una pausa, la única de toda la entrevista, cuando se le pregunta por la existencia de una futura obra. "Cuando elijo un tema me propongo una meta: escribir un libro tan bueno que clausure ese tema. Que yo sepa, después de Viernes ... nadie volvió a basarse en Robinson Crusoe. Ahora estoy investigando los vampiros y empecé -esta vez sí- a escribir una novela sobre ellos. Suena mal que lo diga, pero espero ser el último que los tome como personajes. Y, después de habérselo confesado, espero poder terminarla."
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