
El juego del espionaje
La biografía del espía Timothy Garton Ash evoca el complejo laberinto en que se movían los integrantes de los servicios secretos durante la guerra fría. Un mundo en el que los peligros y el secreto dejaban cabida, sorprendentemente, para la ubicua burocracia.
1 minuto de lectura'
EN 1978, Timothy Garton Ash, nacido en Wimbleldon y estudiante de posgrado St. Anthony`s, Oxford, partió en su Alfa Romeo rumbo a Berlín, a estudiar la historia alemana y cubrir la corresponsalía del Spectator. Poco después, ingresaba en los archivos de la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental. Allí pasó a ser Tim Gartow-Ash, o Gordon-Ash, Timothy, o Gorton-Ash, o el "objeto", nacido en "Winbredow", estudiante en "St. Answorts" y colaborador del "Spekta" o ""Specktator". Le asignaron el nombre clave "Romeo", al parecer por su auto más que por su vida sexual.
Los errores fonéticos son cómicos, pero también significativos: la Stasi vertió su vida a un texto paralelo disparatado, en el que Garton Ash se transformó en un bacilo opositor, un enemigo del Estado, un probable espía. Con tediosa eficiencia -y paranoia, y engreimiento-, fue abultando su legajo hasta alcanzar las 325 páginas. (Apenas un legajito: el del cantante disidente Wolf Biermann totalizó 40.000 páginas.) Media docena de informantes pasaban noticias sobre él; varios oficiales a cargo de casos estudiaban su amenaza eventual. Finalmente, Garton Ash ingresó en el Archivo Supremo -el Sistema de Registro Unificado de Datos sobre el Enemigo, con base en Moscú-, propuesto inicialmente por Yuri Andropov, a la sazón jefe de la KGB. Había quince categorías de enemigos, a modo de círculos infernales. Garton Ash estaba en la quinta categoría: subversivos que trabajaban para "centros de desviación político-ideológica" (en su caso, la BBC).
Tras la caída del Muro de Berlín, se creó la Dirección Gauk, encargada de poner los archivos de la Stasi a disposición de quienes tuviesen derecho a conocerlos (y sintieran curiosidad). Esta valiente decisión política generó muchas recriminaciones, iras, humillaciones y vergüenza. También trajo esclarecimiento y purificación: entre los que leyeron sus legajos, pocos mantuvieron sus ilusiones, pero la reacción más común fue: "Al menos, ahora sé".
En su calidad de historiador, extranjero y sospechoso, cuya inclusión en la lista negra sólo afectó levemente su vida, Garton Ash puede presentarse como un caso ilustrativo, más que como demandante. The File, es historia viva: en parte reportaje, en parte memorias, factura a menudo más novelesca que realista. Habla de la "corrupción más silenciosa del totalitarismo maduro", del registro oficial versus los recuerdos personales. Esta mezcla de archivismo público y privado insinúa la influencia benévola de otro historiador de Oxford, perteneciente a una generación anterior: el ya desaparecido Richard Cobb.
Garton Ash empieza por rastrear a sus denunciantes: un profesor con reminiscencias de Porter (2), atrapado por la Stasi por haber hecho propuestas homosexuales a sus estudiantes, y un afanoso comunista británico que demostró su confiabilidad bosquejando planos de la sede central del Consejo Británico en Londres. Luego, pasa a referirse a los controladores de la Stasi, hoy retirados en su mayoría. Primero se mostraron hostiles y luego recelaron de él, con razón; después, sus sospechas se tornaron patológicas y autojustificativas: ellos cumplían con su deber; se libraba una guerra fría; el pueblo apoyaba sus actividades; no eran peores que otros servicios secretos; sí, se cometían maldades, pero las cometían otros. Una y otra vez, aparecen dos determinantes psicológicas clave: la presencia de aquellas "virtudes secundarias", que también se juzgaron primordiales para colaborar con los nazis (corrección, lealtad, laboriosidad y hasta decencia) y la frecuente ausencia de un padre. Privados por Hitler -no por muchos años, sino para siempre- de un paradigma paterno, estos jóvenes ignorantes y maleables fueron adoptados por el nuevo Estado comunista, que los formó para uso propio. Un doble emponzoñamiento, por el nazismo en la infancia y por el comunismo en la adultez temprana, es duro para cualquier individuo y, más aún, para un país.
Hallándose en Dresde, Garton Ash visita el Museo Alemán de la Higiene. La pieza más famosa es una figura de vidrio que representa a una mujer de pie, con los brazos en alto; está sobre una mesa con botonera. El visitante oprime los botones para iluminar sus órganos vitales: el corazón, riñones, hígado... Garton Ash es un escritor demasiado hábil para insistir en su simbolismo socarrón: el historiador procura dar transparencia a lo sólido e impenetrable, convertir unas entrañas semejantes a espaguetis hirvientes en un plano de la red de subterráneos. Fíjense, lectores: toquen simplemente este botón y encuéntrenles sentido a los apiñados recovecos de las entrañas de una nación.
Se tapan hechos, opiniones, interpretaciones, textos. Por ejemplo, Garton Ash recuerda con aparente claridad su estada en Alemania veinte años atrás; sin embargo, esa claridad depende de la selección, el olvido y la reinvención. Los archivos de la Stasi dan una versión diferente (a menudo exacta, aunque expresada en su jerga) de quién era él por entonces y en qué andaba. A su vez, esto lo retrotrae al diario que llevaba por entonces, cuyo contenido lo sorprende. El Garton Ash maduro sólo reconoce a medias al Garton Ash juvenil. Dicen que la observación se altera con el tiempo, pero también es cierto que se altera el observador. Y lo observado: todos aquellos hombres recelosos, de cabellos ralos, embutidos en prendas deportivas de mala calidad, otrora dueños del poder de la Stasi, se han adaptado moralmente a sus historias y han decidido con qué verdades no molestas quieren convivir. Entonces aparece un inglés blandiendo un legajo correctivo. Un inglés que, para más, conoce la proposición de Hobbes -"Imaginación y Memoria son una sola cosa"- y se siente tentado por ella.
Estamos en una región de relativismo complejo y paralelismo seductor. Las consecuencias sociales del hecho de tener un legajo en la Stasi, en la vieja República Democrática Alemana (RDA), hacen eco, en la Alemania unificada, a las de haber contribuido a engrosarlo: los empleadores y los vecinos te rehuyen. Las eminencias de la Stasi reducen provocativamente la distancia entre el Este y el Oeste: cuando Garton Ash interroga al sofisticado y, a veces, creíble Markus Wolf acerca de las diferencias entre los métodos de su servicio secreto y el británico, Wolf responde: "Diría que no hay ninguna".
Luego, está el personaje central: Garton Ash. No fue un espía y, sin embargo, en muchos sentidos se condujo exactamente como tal, recurriendo al subterfugio y el engaño para obtener información útil: simplemente informaba a otra autoridad superior. El escritor como espía.. el espía como escritor, es una reversibilidad antigua. Felix Dzerzhinsky, primer jefe de la policía secreta soviética, decía que sus agentes necesitaban tener "la cabeza fría, el corazón cálido y las manos limpias". ¿O son los requisitos para un escritor?
El mundo, aun el de la RDA versus el Reino Unido, no es blanco y negro, sino una gama de grises, como nos enseñó Primo Levi en su escrito sobre el Holocausto. Garton Ash percibe tales matices con mirada aguda. Aun así, es preciso equilibrar el reconocimiento del relativismo con las verdades más abarcadoras, y él también es clarísimo respecto del contexto moral y político de las acciones dudosas. Además, reconoce como prójimos a los que lo observaban: ninguno era malvado; en su mayoría, simplemente eran débiles, extraviados, codiciosos o ilusos. En una sociedad cerrada, ¿es tan perverso querer viajar al exterior? ¿Es tan chocante que el precio de ese viaje sea llevar a cabo ciertos "trabajos semioficiales" (así se los describirán)? Y, dado que las autoridades le aseguran a uno que este joven inglés, curioso e irresponsable, es un espía, ¿no debería seguirle los pasos e informar sobre lo que sepa?
Desde el punto de vista de la Stasi, la historia de Garton Ash es un caso menor: no fue un espía pero ellos pensaron que podría serlo; más tarde, publicó un libro en que criticaba a la RDA y ellos lo expulsaron del país, aunque tiempo después logró volver. Esta ausencia de detalles disparatados resulta ser una virtud: la corrupción cotidiana, aun siendo inepta, puede ser más reveladora del aparato de un Estado que la biografía de un líder cruel. Lo mismo cabe decir de las manifestaciones de humillación y vergüenza. Garton Ash nos habla de cierto profesor, Heinz Brandt, informante de la Stasi: cuando ésta lo despidió, su reacción fue hacer añicos toda su colección de gnomos de jardín, "incluido, según nos dijeron, el único ejemplar femenino".
Este incidente, narrado al pasar, tiene la fuerza conmovedora de la comicidad grotesca. De la mujer gnomo a la mujer de vidrio, Garton Ash sabe muy bien qué botones debe oprimir para iluminarnos.
Por Julian Barnes
Para
La Nacion
- Londres, 1997
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
1
2A 75 años de “La Colmena”: censurado por inmoral y pornográfico, se filtró “gota a gota” y consagró al polémico Nobel Camilo José Cela
3Helado Piedra Movediza: se inaugura una exposición sobre el exclusivo gusto tandilense y cucharitas gigantes
- 4
La mayor antología en español de Ray Bradbury: cohetes rutilantes, marcianos melancólicos y relatos estremecedores



