El pasado que vuelve vintage
Aunque parezcan salidos del fondo del pasado, los álbumes de figuritas no tienen nada de retro, como les consta a quienes hayan tenido hijos, sobrinos o nietos en este siglo. Más notable es que estudiantes universitarios formen grupos de chat para intercambiarlas, aunque de por medio esté el cebo del próximo Mundial de Fútbol. Parece un resabio material a contramano, pero ese furor revela algo: por mucho que domine la virtualidad, lo tangible (aunque cueste más) sigue ahí, siempre a mano.
Ridículo, fue la respuesta ofendida, como si el comentario hubiera atentado contra la nostalgia o, peor, contra la dialéctica hegeliana: en materia de tecnología, no se puede volver atrás”
¿Cuándo volvió a despuntar, por ejemplo, el interés por los vinilos, fenómeno retro o vintage por antonomasia? Un recuerdo y un indicio, hace década y media, en lo de un amigo melómano. A pesar del exceso de CD alrededor, en una bandeja giraba el disco de una banda que yo escuchaba nombrar por primera vez: la Premiata Forneria Marconi. Era un gesto erudito del dueño de casa. También una clase práctica. Formado en los sonoramente mediocres, pero prácticos y baratos cassettes, mi contacto con los viejos discos era casi nulo. Agregué, por aportar algo, que había leído en algún lado que los vinilos estaban volviendo al ruedo. Ridículo, fue la respuesta ofendida, como si el comentario hubiera atentado contra la nostalgia o, peor, contra la dialéctica hegeliana: en materia de tecnología, no se puede volver atrás.
Tanto después, escribo estas líneas mientras espero que llegue mi hijo con el tocadiscos, el amplificador y los bafles que se agenció para poder escuchar la incipiente colección de vinilos que emprendió hace algún tiempo en el vacío.
Los vinilos ayudan a contrarrestar el frenesí poco memorioso de las plataformas de hoy”
¿Para qué la molestia de volver atrás en el tiempo? El aparente retorno al pasado es, sin embargo, menos retrógrado de lo que parece. Los discos a la vieja usanza no compiten con otras vías de acceso a la música más inmediatas. De hecho, a los discos elegidos ya se los escuchó antes, a veces de manera intensiva. Apuntan más bien a conformar, se diría, un registro cronológico y sentimental. Obligan a otro tipo de atención y, con sus protocolos de uso, ayudan a contrarrestar el frenesí ultraconsumista y poco memorioso de las plataformas de hoy. Está además la fidelidad, la falta de compresión. El amplificador, me aclaran para convencerme, no es retro sino vintage: de los años setenta, de producción nacional y sonido cálido.
Las leyes de lo retro (lo que recuerda las modas u objetos del pasado, pero fue hecho hoy) o lo vintage (los objetos simplemente antiguos) están lejos de ser unánimes. Los libros físicos no fueron desbancados por sus versiones virtuales, por mucho que se acuda a los e-books o los PDF. Son siempre actuales, quizá porque el papel es una promesa de respiro en un día a día en que todo el tiempo estamos mirando fijo la lucecita de una pantalla. Al cine, en cambio, como consecuencia directa de la pandemia y la omnipresencia de las películas de superhéroes, parece costarle un poco más recuperar sus galones. La proyección de clásicos en pantalla grande, que ya empieza a verse, será algún día una alternativa, sobre todo si sortean la falta de profundidad de las versiones en streaming. Mientras tanto, otros ya exploran las máquinas fotográficas analógicas (hobby costoso) en busca de una grano misterioso del que carecen sus cómodas, brillantes y homogéneas pares digitales.
Todo cambia, pero a veces también vuelve. Hasta no hace tanto era inconcebible que un veinteañero llevara bigote (hoy solo me sorprende a mí) o que alguien prefiriera el pantalón de una feria americana a otro nuevo (las crisis ayudan). En mi infancia, ante un abuelo sorbiendo un vermouth rosso, me acuerdo de haber concluido: estoy viendo una bebida arcaica que en el futuro ya nadie va a querer tomar. Las profecías no eran lo mío. Prometí preparar algún trago con ese brebaje –tan antiguo como actual– para cuando en el tocadiscos empiece a sonar a modo de inauguración –no tuve ni voz ni voto para elegir el tema– “Whole Lotta Love”.
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