
El rescate de Ballester Peña
La muestra del Museo Nacional de Arte Decorativo redescubre la obra notable del pintor. Retrato del hijo del artista, de Juan Ballester Peña
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La vida del crítico de arte conoce el trajín de visitar muestras y talleres, pero justo es consignar que el mismo, a veces, conduce a grandes satisfacciones; tal ocurre con la visita a la muestra retrospectiva de Juan Antonio Ballester en el Museo Nacional de Arte Decorativo (Avenida del Libertador 1902). La misma consta de pinturas, principalmente óleos y grabados xilográficos.
Aunque conocí personalmente a Ballester Peña (nació en 1895 en Nicolás de los Arroyos; murió en 1978 en Buenos Aires) no tuve el privilegio de intimar con él, en parte por cuestión generacional (lo que no me impidió hacerlo con Del Prete, Xul Solar, Berni o Forner, entre otros) sino más bien porque Ballester no era hombre de trato fácil, aunque generoso y cordial con sus propios amigos. Baste para reflejar su carácter anotar lo que escribió sobre la crítica en un breve apunte autobiográfico: "No me interesa la crítica de arte. Por lo pronto no estoy muy seguro de que exista. He oído hablar de unos devotos de San Garbanzos que poseen la rara virtud de escribir sobre lo que no entienden. (...) Resumiendo: el arte es inteligencia, nunca producto de la chispa inspiradora que, como engañapichanga, inventaron los románticos para su uso y abuso. La obra es inseparable del hombre, pues los hechos nos pintan de cuerpo entero. El artista no existe mientras no sea profundamente religioso. Y no habrá posibilidad de tropezar con críticos de nuestra expresión mientras los verdaderos poetas no se compenetren de las artes plásticas".
Estos párrafos aislados nos hablan con elocuencia de un espíritu sobrio, casi severo, exigente en el conocimiento de un oficio que exploró en profundidad desde los textos medievales hasta los renacentistas. También nos hablan de su desconfianza respecto de lo que, so pretexto de inspiración, se presta al macaneo.
En términos ideológicos, Ballester, de joven, militó en el anarquismo y colaboró con sus xilografías en los periódicos de ese movimiento.
Con el tiempo, así como su pintura se mantuvo en estado de permanente renovación, sus ideas describieron un arco mayor hasta conducirlo a plasmar imágenes de fuerte acento religioso. Aparecieron en sus obras ángeles y vírgenes de extraordinaria calidad plástica, en algunos casos , las vírgenes habían sido tratadas con dorado a la hoja como lo hacían los primitivos italianos y los bizantinos. Concomitantemente, al grupo de sus amistades se incorporaron intelectuales católicos de la época como Dell`Oro Maini, Marechal, Bernárdez o Jacobo Fijman, el poeta de los ángeles.
Sin duda fueron estas últimas realidades las que llevaron al siempre sagaz José León Pagano a calificar a Ballester de místico en su Historia del arte de los argentinos. Respetando tan autorizado juicio es posible hablar, como lo hacía Ballester, de una inclinación religiosa, sin alcanzar el grado de lo místico; aunque, por cierto, podría decirse que todo arte tiene algo de místico.
Ballester fue y siguió siendo esencialmente pintor: obsesionado por una recta conducta (le repugnaba la injusticia social) nunca abandonó la responsabilidad plástica de sus trabajos. Desde su primera etapa bien representada por el retrato de su hijo hasta sus últimos paisajes pampeanos, lo que está presente en sus imágenes es su amor sin desmayos por la tarea artística que buscaba realizar con la mayor solvencia posible. Basta contemplar esa última etapa para calibrar su sabiduría plástica, los horizontes que separan lo oscuro de lo claro con una línea intermedia de medio tono que salva sus atrevidas composiciones. Se trata de un artista que siempre corrió riesgos. En tal sentido podría ser comparado con Danton (no creo que le hubiese disgustado): "L`audace, l`audace, et toujours de l`audace.
Fue el primer escenógrafo criollo del Colón con equiparable brillantez. Los grabados, como el retrato de Forner, muestran un alma sabia y recia. Haber rescatado a Ballester para las nuevas generaciones es una hazaña del Museo de Arte Decorativo y de los organizadores.
Por Rafael Squirru
Para LA NACION-Buenos Aires, 1997
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