
El sabor de la cereza
Mi helado favorito es la cereza a la crema.
Como tantas obsesiones tempranas, ignoro el momento exacto en que este gusto se metió en mi vida. Solo sé que me acompañó en las distintas etapas de mi crecimiento: en el vasito de una bocha de mi primera infancia, el cucurucho de mi adolescencia y el cuarto de kilo de mi vida adulta.
Los argentinos, en promedio, suelen elegir gustos muy clásicos: según estadísticas oficiales, seis de cada diez prefiere el dulce de leche, el chocolate y la frutilla. Reconozco las virtudes de esos sabores. Para mí, sin embargo, solo sirven como acompañantes, meras guarniciones para ese plato fuerte de color rosa chicle.
Los paladares con ínfulas de sofisticación dirán que el helado de cereza puede resultar demasiado artificial. Hay quienes lo consideran “de vieja” o “de nene” y quienes, además, lo descalifican por empalagoso. Es cierto: las cerezas en almíbar o estilo marrasquino –con esa textura carnosa que contrasta y complementa la suavidad de la crema americana– poco tienen que ver con el sabor original de la fruta. ¿Y qué? No conozco burla ni argumento capaz de arrancarme de su hechizo. Muchas comidas que disfrutaba en la niñez –la manzana acaramelada, los ositos de goma, el algodón de azúcar– no sobrevivieron al paso del tiempo, pero mi predilección por este helado sigue ahí, tan enigmática como inalterable.
No es posible trazar una comparación con la menta granizada, un gusto infinitamente más popular, con partidarios y detractores tan numerosos como insufribles. Pongámoslo en términos futbolísticos: la menta es un equipo grande, como River o Boca. La cereza a la crema, Alianza de Cutral–Có, una modesta escuadra patagónica desconocida para gran parte de la afición. Jamás escuché a otra persona pedir cereza en las decenas de heladerías que he visitado a lo largo de treinta y pico de años. Alguna vez pensé que quizá era el único que lo solicitaba, aunque es improbable. Creo.
Pero, ¿y si en verdad soy el único que la pide? ¿Puede extinguirse un helado? Resulta que ese tipo de cosas suceden. Cincuenta años atrás, eran muy populares gustos como el “tocino del cielo” –con vainilla, yemas de huevo y caramelo de azúcar– o el “Málaga” –con pasas de uva y vino– que, por cuestiones de precio o cambios en las tendencias de consumo, dejaron de fabricarse. Otros, como los kinotos al whisky, el marrón glacé o la crema de higos, parecen estar en vías de desaparición. En una época, la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (Afadhya) organizaba una “semana vintage” para despertar interés en este tipo de sabores y darle a admiradores y curiosos otra chance de probarlos.
Hace unos días volví, después de mucho tiempo, a una –otrora– famosa heladería de Palermo que hacía la mejor cereza a la crema de la Ciudad. Revisé dos o tres veces la lista de gustos desplegada en las paredes. No estaba. Ya no la vendían. Quizá, pensé, esto también sea envejecer: constatar cómo un montón de cosas que alguna vez nos hicieron felices se extinguen. Y rogar que, al final del camino, exista otra chance para reencontrarnos con aquellas alegrías.





