
El torero en el espejo
El traje de luces que usan los matadores es una especie de hábito sacerdotal en el que se combinan el lujo y el erotismo. El oficiante aparece en la arena ceñido por el destello heroico y provocador de la seda. Un abrazo suntuoso sobre el que se cierne la muerte.
1 minuto de lectura'
I
EN el taller de Justo Algaba, en pleno centro de Madrid, los estantes desbordan de sedas: rosada, púrpura, fucsia. Las ventanas abiertas dejan entrar el aire tibio de principios de primavera y permiten ver la severa fachada del Departamento Central de Policía. (El taller ocupa un primer piso en la calle de Carretas, a pocos pasos de la Puerta de Sol, en la misma vereda de un cinematógrafo que suelen mencionar las crónicas policiales.) Las puertas entornadas permiten descubrir a mujeres de edades muy diversas que hablan en voz baja mientras bordan flores y cosen ramilletes donde se entrelazan hilos dorados y plateados. Pero los espejos enfrentados en el salón principal sólo multiplican imágenes masculinas.
Son los toreros que don Justo viste en su taller. Bordados rígidos para los hombros de los matadores, simples apliques de tul para las piernas de los novilleros. El arte de don Justo se ejerce dentro del respeto por convenciones severas. Todo un mundo de toreros con su infaltable séquito de empresarios, compañeros de cuadrilla y amigos fieles entran y salen para citas cuyas horas son meramente aproximativas, en una relación con el tiempo difícil de comprender según los hábitos de una sociedad utilitaria.Se mueven, sin solemnidad, entre los bastidores de un escenario sagrado: para el visitante ocasional, ese taller evoca, ante todo, una sacristía diligente, eficaz. Esta tarde la visita un popular modista parisino, encargado del vestuario de una nueva producción de Carmen , en busca de ideas para el traje de Escamillo. Lo guía un escrúpulo de autenticidad, pero para don Justo el pedido es insólito: ¿cómo puede vestir a un torero cuyo andar, cuyo porte desconoce? Por otra parte, las medidas del cantante no auguran una corrida memorable...
II
En una época en que jugadores de tenis y corredores de autos se exhiben como afiches animados, meros soportes para la publicidad de marcas de artículos deportivos o de cigarrillos, la ropa del torero nos recuerda, por si fuera necesario, que la tauromaquia es un rito. Su sacrificio parece más "real", más brutal que el puramente simbólico de la misa: la carne y la sangre que en él se arriesgan no resultan de la transubstanciación del pan y del vino. Sin embargo, el hábito de ambos oficiantes tiene algo en común: a pesar de múltiples variaciones en el detalle y el ornamento, no puede ignorar reglas estrictas. El culto de lo caduco, que es la esencia misma de la moda, no interviene en el ámbito de lo sagrado.
En el traje "de luces", como en el hábito sacerdotal, el lujo está sometido a un prestigio superior: el del decorado en que ha de evolucionar el oficiante. Ante el altar, como en la arena, se representará una vez más un rito cuya trama es conocida por todos los espectadores.
III
Hay una alusión al nombre tradicional del traje del torero en el rótulo que don Justo ha elegido para su taller: "Moda de luces". No lejos de allí, en la calle de Aduanas, Fermín López Fuentes anuncia, sencillamente, su oficio de "sastre de toreros". Mayor que don Justo, don Fermín - blazer azul marino, corbata impecable- dirige pruebas y terminaciones con precisión seca, con una cortesía sin remilgos.
Allí se perfecciona la nitidez del corte, se discute la legitimidad de un adorno. Ese torero que veo probando escrupulosamente su caparazón ceremonial suele ser un hombre de unos setenta kilos que ha de enfrentarse con un animal de casi quinientos. Empezará por engañarlo, por "burlarlo" con un juego casi femenino de reflejos de su traje, de movimientos de su capa, mucho antes de pensar en matarlo, o de ser matado por él.
También su traje juega con la contradicción. Por un lado, esplendor, destello de telas, bordados y apliques, que deben estar a la altura de la fiesta. Por otro, esa cáscara suntuosa existe para ser manchada de sangre y desgarrada por cuernos; como si esta violencia exigiera para ejercerse un material rico, cuyo lujo corresponda a la nobleza del objeto que recubre: el cuerpo de un hombre.
Con la corrida ocurre lo mismo que con nociones como la de sagrado y la de honor: periódicamente se las declara obsoletas, sin lograr expulsarlas de la experiencia individual más fuerte. Para la corrida hay sólo dos desenlaces posibles: el toro es vencido por el arte y el coraje del hombre, o el torero resulta herido, aun muerto. En el primer caso, el oficiante debe compartir simbólicamente la fuerza del animal sacrificado. En el segundo, se convierte en héroe, es decir, en un semidiós.
IV
Demasiado a menudo se cita a esos turistas culturales, nostálgicos de machismo como Hemingway, o de autoridad como Montherlant, que hallaban en la corrida una puesta en escena de sus fantasmas. Más interesante, menos conocida, es la burla del rito que practican los mismos españoles. Ya en los grabados de Goya había payasos en la arena y hay fotografías de principios de siglo que registran banderilleros de circo, en motocicleta. También hubo mujeres toreros. En 1908, cuando se les prohibió torear, una de las más populares, la Reverte, confesó que era hombre y continuó su carrera bajo su verdadero nombre: Agustín Rodríguez (*).
Sin embargo, del traje de luces se espera que ponga en evidencia las partes viriles del torero. De los papas, para que el voto de castidad tenga sentido, se exige que no sean castrati . También el torero debe exponer, es decir, poner en peligro, el sexo: el toro ha de rozarlo con su lomo, con sus muslos. Las confidencias de los toreros son elocuentes. Uno dice que el toro sabe, siempre, si él ha estado con una mujer la noche antes de la corrida; varios confiesan que, tras la corrida, advierten haber llegado al orgasmo en algún momento del juego de enfrentamientos y esquives con el toro...
V
En el taller de don Justo me atrae un juego de miradas que no se cruzan. Absorto en las correcciones minuciosas con que perfecciona su obra, el sastre sólo atiende a la exacta colocación de sus alfileres. El aspirante a matador busca en el espejo una imagen de sí mismo que sus sueños le han prometido. Basta el módico juego de reflejos entre los focos del salón para que el joven haga olvidar sus mocasines y sus jeans . Bajo la efímera protección de un chaleco "de luces" repite con elegancia espontánea, con una seguridad insospechada, los "desplantes", actitudes a la vez ingenuamente enfáticas y sabiamente codificadas con las cuales el torero enfrenta al toro y esquiva su ataque.
"El torero es un actor a quien le ocurren cosas de veras" (Orson Welles).
(*) Debo estas informaciones al profesor Julián Pitt-Rivers.

