
El trabajo de la patrulla perdida
Mientras allá afuera el conflicto del campo incendiaba el país, la crisis financiera conmovía el mundo, un hombre negro accedía por primera vez en la historia a la presidencia de la mayor potencia del planeta y la sociedad del espectáculo y la cultura digital cambiaban las reglas de juego de la Humanidad, aquí adentro una patrulla perdida seguía discutiendo sobre libros y escritores, sobre filósofos y periodistas, sobre cuadros y fotografías, sobre fenómenos populares y sobre artistas emergentes.
Este fue el año de la consolidación de un proyecto que busca tomar la gran tradición cultural de este diario y modernizarla con nuevas tecnologías periodísticas. La respuesta de los lectores ha sido extraordinaria y nos ha alentado, aunque no de un modo complaciente: cada que vez que me equivoqué me lo hicieron saber con cartas, e-mails y comentarios. Dicen nuestros lectores en las encuestas de opinión que somos el hijo "rebelde" de LA NACION. No está nada mal aceptar los genes y desarrollar a su vez una especie de sana y creativa rebeldía, ¿no?
Empezamos el año con una entrevista a un escritor notable: Julian Barnes. Y seguimos con una nota antológica de Tomás Eloy Martínez a Luis Harss, el inventor del boom latinoamericano, que había desaparecido de escena. Arturo Pérez-Reverte, Paul Johnson, Don DeLillo, Juan Villoro, Carlos Ruiz Zafón, Richard Ford, Juan José Millás, Manuel Vicent, Abelardo Castillo, Michael Ondaatje, Alice Munro, Eduardo Galeano y Alain Badiou, y una producción especial donde presentábamos a los jóvenes narradores argentinos que se vienen también ocuparon las portadas de adn cultura con sus reflexiones, sus obsesiones y sus libros.
Repaso ahora las otras tapas como si repasara una vida: las series de televisión como gran narración de nuestros tiempos, el futuro conceptual y tecnológico del cine, la historia de la fealdad, los cambios a que nos somete Internet, el boom de los libros mediáticos, el barrio de Palermo como gran Babel cultural, los caminos oscuros del místico Carlos Castaneda, Cartier-Bresson y la revolución de la fotografía, el éxito creciente de la literatura infantil, la era kirchnerista según Beatriz Sarlo, el derrotero personal de un genio maldito (Osvaldo Lamborghini), las letras de Andrés Calamaro, la mirada poética de Luis Alberto Spinetta, las memorias de Tulio Halperin Donghi, la desafiante irrupción de Damien Hirst, la transformación de YouTube, la consagración internacional de Marta Minujín, la literatura y la cocina, el mundo del diseño y de los vestidos, los ilustradores como artistas mayores, el crimen literario en una novela perdida escrita a cuatro manos por Kerouac y Burroughs, las aventuras de los escritores viajeros.
Amos Oz reveló secretos sobre cómo narran los clásicos, Adriana Schettini intentó responder si se puede enseñar a escribir ficciones, Claudio Magris incursionó con su prosa en los viajes, Ricardo Piglia analizó la lectura fragmentaria, Rodolfo Terragno y Carlos Pagni desmenuzaron el espectacular revival de Simón Bolívar, Ernesto Schoo contó vida y obra de Rodin. Y luego se sucedieron nombres centrales: Simenon, Barenboim, María Elena Walsh, Poe y muchos otros. Todos ellos son imágenes de un rompecabezas cultural. Qué difícil elegir, entre tantos fenómenos diversos, uno que haya signado el año.
Alicia de Arteaga me convenció, como ya lo había hecho en aquel diciembre de 2007, de que una vez más las artes plásticas habían dado el batacazo. Aquél había sido "el año del arte" porque el furor global había llegado a la Argentina. Sin embargo, en 2008 se batieron nuevos récords, se pagaron precios escandalosos, se vivió una efervescencia inédita, se abrieron fuertes polémicas; se multiplicaron ferias, bienales y museos; reinó Hirst y asombró Pettoruti con su arlequín, un cuadro que hace pocos días en Nueva York se facturó a 782.500 dólares. Nunca antes un cuadro argentino había cotizado tan alto. Fue una temporada vibrante, con luces y sombras, donde se perdieron quince Berni, se recuperó el mural de Siqueiros, se expandió de manera increíble la matrícula en las carreras de arte de las universidades nacionales y cundió el pánico de que la gran burbuja mundial explotara.
Es por todo eso que volvimos con el arte en esta última entrega del año de adn cultura. La pintura, la música, la literatura, el ensayo, el periodismo narrativo, la escultura, la fotografía, el cine, el video y el teatro tal vez no puedan cambiar el mundo pero seguirán ayudando a entenderlo y a gozarlo. En la sociedad del vacío, seguirán las patrullas perdidas luchando para promocionar y darle sentido a ese ímpetu atávico del ser humano: la necesidad de expresarse y de construir con su imaginación castillos de esperanza.
Hasta el año próximo, y felicidades para todos.


