
El valor de la forma
Las exposiciones de Libero Badii y Jorge Gamarra reflejan la potencia expresiva de la escultura.
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DESPUES de un prudente tiempo de silencio, vuelve a exponer Libero Badii. Lo hace con grabados, dibujos, pinturas y esculturas de diferentes momentos. Se trata de una especie de antología retrospectiva, integrada en parte por algunas obras de gran porte. El ejercicio de esta última especialidad fue fomentado durante los primeros años de su carrera por las tallas en piedra que hacía en la marmolería de su padre, en Vicente López. Esa práctica le valió en gran medida el lugar destacado que ocupa en nuestras artes visuales, aunque haya nacido en Arezzo, en 1916, porque lo inició en los secretos de la escultura. Una pasión americana que se desarrolló en nuestro país, del que se hizo ciudadano en 1947, hace vibrar sus trabajos.
Sus concepciones son las de un escultor de volúmenes y de formas recortadas, más que las de un modelador. Por lo demás, se interesa por el valor simbólico de las formas. Los años lo obligaron a dejar el duro trabajo de escultor, al que consagró gran parte de su vida, para dedicarse a la pintura, la que, finalmente, abandonó también. Uno de los óleos decía "fin". Después, el dibujo y especialmente la labor gráfica se alternaron con las esculturas en sus sucesivas presentaciones, que, como la que acaba de inaugurar, indican su resistencia a dejar una actividad a la que dedicó la vida.
La muestra de homenaje, cuya curaduría realizó Nelly Perazzo, está integrada por trabajos antológicos. Tal el caso, por ejemplo, de los autorretratos, uno en bronce y otro en mármol y aluminio, de 1953, un tema recurrente que en Testamento artístico , de 1974, muestra simultáneamente su pasado, su presente y su futuro. Lo mismo puede afirmarse de los yesos de El hombre y la mujer , de 1961/63, otro motivo reiterado que ampara emblemáticamente la noción de familia y que retomó, aunque con una concepción formal muy diferente, en La madre , de 1976, en los que ya imperaba la policromía que caracterizó su producción posterior. Otras esculturas que representan momentos clave son El día y la noche , de 1957, que plantea una cosmovisión; La Independencia, 1816. A José de San Martín , de 1963, representada por una columna de yeso que admite una lectura alegórica, y la tríada sobre El centauro , de 1966, inspirada en los griegos y en Bourdelle, en la que dio su propia versión del monstruo. Ese ser mítico que pertenece a una serie de trabajos está realizado en un bloque piramidal cuya parte inferior, la del cuadrúpedo, está pegada a la tierra y la superior, dedicada al hombre; se desarrolla en un espacio liberado de ese contacto, salvo por su parte animal. De aquel grupo de obras se exponen el yeso y el bronce correspondiente, y una madera policromada, uno de sus primeros trabajos en ese material.
Sin perjuicio del interés que tienen todas las obras, deseamos destacar especialmente Los muñecos , que recuerdan con sus figuras alargadas y su color vivo el comienzo de su aventura intelectual más llamativa El espíritu americano en esos tótems de madera policromada, algunos de más de cuatro metros de altura, evocan su presentación, en 1968, en el Instituto Di Tella, y el grupo de ocho esculturas que presentó en la parte histórica de la vigésima segunda Bienal de San Pablo, donde fue distinguido con el gran premio en 1971.
( Hasta el 4 de octubre, en el Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín. )
Escultor de ideas
Una exposición de Jorge Gamarra (1939), escultor porteño que busca la excelencia de las formas y las relaciones entre éstas y los materiales de trabajo, lo muestra en un momento de madurez. Sus obras trascienden las cuestiones formales para transmitir ideas. Junta, por ejemplo, la superficie alisada del acero o del hierro de un elemento industrial con la rugosidad de un tronco en estado natural. Recurrentemente, destaca las herramientas con las que construye sus obras, como puede verse, por ejemplo, en Inclusión , en Fósil II o en el hacha clavada en la madera. Es una serie dedicada a mostrar las huellas de los instrumentos que usa para trabajar o el lugar en que aquéllos se guardan, como si fuese un estuche acomodado a sus formas y partido longitudinalmente al medio. Una de las mitades muestra la pieza en sí, apoyada en el nicho que la contiene; la otra mitad, la parte que la cubriría, como si fuese un negativo, parece cerrarse sobre ella. Para que puedan verse simultáneamente, las presenta "abiertas", porque en el contraste entre la ausencia y la presencia reside en parte el interés de la pieza.
Otra de las ideas dominantes tiene por objeto lograr que el material exprese algo ajeno a lo que se espera de su propia naturaleza. Varios trabajos parecen sobrepasar las características del elemento que los compone, sus condiciones físicas. Gamarra modifica las flexiones imaginables de la madera o la integridad inconmovible de la piedra para crear formas que interesan por su plasticidad y crean una realidad representativa de algo que no se espera. Lo estético afirma un modo que en principio tiende a naturalizar el azoramiento de advertir algo extraño a su complexión. Puede, por ejemplo, "curvar" una piedra o darle a una madera, su elemento preferido y más dúctil, una torsión inverosímil que parece transformar su índole. En sus manos, los sólidos parecen blandos. En eso consiste, en parte, su originalidad. Lo restante lo hace el estilo, que disimula los escollos para alcanzar la perfección de la idea. Su trabajo consiste en cierto modo en limpiar y sintetizar hasta el laconismo la concepción estructural de sus obras. Por una parte, insinúa las dificultades; por otra, las sortea y plasma una imposibilidad más aparente que real, a juzgar por los resultados.
Aunque en la muestra que comentamos, compuesta por piezas de 1998 y 1999, no trabaja con cáñamo, en los últimos años relacionaba ese material con los metales o con las maderas compactas y uniformes. "Casi la totalidad de mis obras está exenta de pátinas para exaltar sus fibras, sus colores y hasta su perfume", nos dijo en alguna oportunidad. Por eso, prefiere el quebracho colorado y el guayacán, que son oscuros y parejos.
Para disminuir la depredación, Gamarra trabaja a menudo con remanentes, entre los que figuran las maderas secas y, por lo tanto, sin movimiento. Por lo demás, aunque abstrae las formas, a su manera es un realista que renueva lo acostumbrado. Reproduce lo exterior y la influencia de una materia sobre otra, en la que deja su impresión.
( Hasta el 30 de septiembre, en Rubbers, Suipacha 1175. )
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