
"En el cine, lo más importante es el cómo"
El mexicano Carlos Reygadas se internó en una comunidad menonita para filmar la historia de una infidelidad. El resultado es una obra deslumbrante
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Apenas dos películas le bastaron al director mexicano Carlos Reygadas para convertirse en un referente del nuevo cine latinoamericano. En Japón (2002), utilizó técnicas del documental etnográfico para contar la deriva existencial de un suicida en potencia; y en la durísima Batalla en el cielo (2005) incluyó secuestro, arrepentimiento y sexo explícito en un drama que no evita los elementos oníricos. Ahora, el tardío estreno de Luz silenciosa (2007, Premio del Jurado en Cannes) trae a la Argentina la que, en sus palabras, es su película "más emotiva": la historia de un menonita infiel, que duda y se pregunta si lo que le ocurre es un regalo de Dios o del diablo.
Especialista en borrar las fronteras entre el documental y la ficción, Reygadas se internó en las comunidades menonitas del norte de México para filmar Luz silenciosa . Surgidos en Suiza a principios del siglo XVI, los menonitas son protestantes (de la corriente anabaptista) autodefinidos como pacifistas radicales, que durante su historia sufrieron persecuciones en Holanda, Alemania y Rusia, para finalmente instalarse, entre otros países, en Estados Unidos, Canadá y Paraguay. Tras la Primera Guerra Mundial, los menonitas de origen suizo-alemán de Estados Unidos y Canadá buscaron refugio en algunos estados del norte mexicano, como Chihuahua, adonde Reygadas llegó para rodar esta película. "Primero contacté a un tío muy lejano, que tenía conocidos entre los menonitas de la región -cuenta-; sin embargo, allí no pude hacer nada porque eran muy ortodoxos y no querían ningún contacto conmigo. A primera vista puede parecer que ellos no querían participar en una película sobre la infidelidad, pero en realidad de lo que estaban en contra era de la filmación misma, o de que aparecieran mujeres. Además, para ellos el registro gráfico o fílmico de una persona ya significa idolatría, así que, bajo esas condiciones, pude avanzar muy lentamente en la producción hasta que encontré a Cornelio Wall, que conduce un programa radial en la localidad de Cuauhtémoc. Poco después, él se convirtió en mi protagonista, y su ayuda fue indispensable para encontrar a todos los otros que aparecen en el film." Hablada en plautdietsch (el "alemán bajo" de los menonitas) y de una gran belleza visual, Luz silenciosa marcó un reto para el director e invita al espectador a una experiencia deslumbrante.
-Usted filmó Luz silenciosa hace ya cuatro años. A la distancia, ¿qué es lo que más valora de haber realizado esta película que, por temática y condiciones de rodaje, es tan particular?
-La verdad es que resulta muy satisfactorio y emocionante sentir que se puede plasmar en una película todo aquello que uno había imaginado antes del rodaje. Y ésta me salió bastante como la tenía pensada, lo que de alguna manera significa que ya tengo más oficio. Eso, y la suerte de haber filmado una película en un lugar increíble y con gente hermosa, es una experiencia que jamás olvidaré.
-Sus películas se apoyan en paisajes reales y buscan mostrar aquello que a simple vista no se ve. ¿Es correcto afirmar que uno de los objetivos de su trabajo es enriquecer la realidad hasta darle un nuevo significado?
-No presumiría de enriquecer lo real; me alcanza con, por lo menos, no demeritarlo. Intentar que la realidad potencie el significado que ya tiene per se . La cámara es un embudo que retransmite la realidad y la transforma. Por ejemplo, las lluvias que aparecen en Luz silenciosa son reales. Eso trae muchos problemas técnicos, pero el resultado es un cruce de imagen y sonido que transfigura el poder de la naturaleza.
-¿Para potenciar ese significado necesita actores no profesionales?
-Sí. Es una metodología emparentada con la de Robert Bresson, que depende más de la presencia del actor que de la representación técnica del personaje. Lo que yo busco a través del actor es transmitir una experiencia emocional a partir de la vivencia, no de la identificación. Para mí es mejor que, dentro de ciertas normas, el actor viva lo que va a actuar, no que interprete un rol. Al personaje lo construye el cine, no el actor.
-Y en esa línea, ¿cómo fue el casting para una película protagonizada por menonitas?
-Muy difícil. En mi trabajo el casting es fundamental, porque las personas y el paisaje construyen toda la atmósfera y las sensaciones que transmiten mis películas. Yo siempre estoy a la caza: en un bar, en un restaurante, en la calle, en el campo, en cualquier lado le echo el ojo a la gente. Para Luz silenciosa fracasé una y otra vez porque la mayoría de los menonitas pensaba que mi presencia entre ellos era cosa del demonio.
-¿Cómo superó ese inconveniente?
-Conviviendo con ellos. Ahí me di cuenta de que el protestantismo, por más fundamentalista o cerrado que pueda parecer, es poroso, no es tan institucional como el catolicismo. Entre los menonitas cada pastor tiene sus reglas, la ortodoxia es variable. Y así fue que pude hallar a Cornelio, que encarna el papel de Johan.
-¿Qué enseñanza le dejó trabajar dentro de una comunidad menonita?
-Algunas que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, que en cuestiones económicas, a veces las políticas de los gobiernos son secundarias, y los esfuerzos familiares resultan mucho más importantes.
-¿Por qué lo dice?
-Porque, en Cuauhtémoc, por un lado están los campesinos a los que la Revolución Mexicana les entregó las tierras; y por el otro, están los menonitas, que llegaron al pueblo con lo puesto. Años después, ahora los prósperos son los menonitas, mientras que los campesinos propietarios viven al borde del desastre. Para mí fue interesante ver en carne propia el fracaso de las ideas de Zapata, porque su consigna "la tierra es para quien la trabaja" allí sólo trajo como consecuencia que quienes ostentan la tierra vivan mucho peor que quienes la rentan. La ética protestante ha sido más eficaz que las ideas zapatistas. O será que lo familiar es más fuerte que la política.
-Luz silenciosa asombra por la tensión que la construye. ¿Cree que esa tensión es uno de los principales atractivos de la película?
-Que el espectador encuentre tensión en una película decididamente contemplativa y de ritmo pausado es algo mucho más interesante que mis propias opiniones. En general, cuando se habla de tensión se piensa en obras como Memento , y Luz silenciosa se ocupa de una cuestión cotidiana, no tiene nada que ver con ese tipo de películas. En todo caso, lo que a mí me hace feliz es descubrir que se puede hacer algo poderoso con una historia en el fondo banal, que se ha contado mil veces. Eso demuestra que, en el cine, lo más importante es el cómo, y no el qué.
-Sin embargo, sus películas no menosprecian el poder de las historias.
-Claro, no quiero decir que la historia no sea importante; mi idea es que, en definitiva, la historia es un subproducto que vale en la medida en que se narre con las reglas del cine, y no con las del teatro, la literatura o las del puro arte de la narración. Para ser más claro: a mí me encanta el cuadro La rendición de Breda de Velázquez, sé lo que el pintor quiso contar allí y conozco la historia. Pero una cosa es que yo pinte esa misma historia, y otra, muy distinta, es que la pinte Velázquez. Lo importante, allí, no es tanto la anécdota de la pintura como la manera en que está realizada. De todas formas, eso no es más que teoría, y hace mucho que no pienso en eso. Lo interesante no es la teoría, sino hacer las películas.
-¿Qué influencias estéticas reconoce? En su obra se ven huellas de Werner Herzog y de Robert Bresson...
-Una crítica mexicana escribió que en Luz silenciosa se advierte la influencia de la pintura flamenca clásica, comparó algunos cuadros con escenas de la película y dejó ver que existiría un paralelo. Pero lo cierto es que yo nunca pensé en esos pintores mientras filmaba. Con esto quiero decir que las influencias son muy relativas y yo no soy el más indicado para notarlas. Por eso prefiero hablar del cine que me ha emocionado más que de los realizadores que presuntamente me influyen.
-¿Y qué cine lo ha emocionado?
-En eso, como en todo, soy muy ecléctico. Me ha movilizado mucho el cine de Andrei Tarkovski, pero también el de Abel Ferrara o las primeras películas de Carlos Saura.
-¿Diría que son sus maestros?
-No. Un maestro es otra cosa. Hoy, para mí un maestro es Manoel de Oliveira.
-El impacto de Luz silenciosa en el espectador no es menor. ¿Cómo le gustaría que salga el público tras ver su película?
-Me gustaría que les resulte auténtica, tal como nos resultan auténticos los sueños o una visión personal. Sé que algunos saldrán aburridísimos y lo acepto, porque no me considero un entretenedor. Soy alguien que da algo de sí.
© LA NACION
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