
Escenas de la vida cotidiana
Sin anestesia ni edulcorante, Gaby Messina y Débora Pierpaoli reflejan en sus obras una realidad cruel y bizarra
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En La vida es sueño , de Calderón de la Barca, Rosaura expone, con la justeza barroca de la proliferación, el tema de la apariencia: "Tres veces son las que ya/ me admiras, tres las que ignoras/ quién soy, pues las tres me has visto/ en diverso traje y forma./ La primera me creíste/ varón, en la rigurosa/ prisión, donde fue tu vida de mis desdichas lisonja./ La segunda me admiraste/ mujer, cuando fue la pompa/ de tu majestad un sueño,/ una fantasma, una sombra./ La tercera es hoy, que siendo/ monstruo de una especie y otra, entre galas de mujer/ armas de varón me adornan". La genialidad de Calderón es romper la dicotomía y construir una nueva trinidad: lo que es, lo que aparece y el que lo ve. Barroca, en este sentido, es Lima, kilómetro 100 , la muestra de Gaby Messina. Porque cada imagen es imposible sin la presencia de un espectador que, como en una puesta en abismo, se va metiendo en la escena. Fuera del marco del retrato, la corporalidad de la fotógrafa se hace evidente. Los ojos de Stickers , una foto que extrae toda la belleza posible del extrañamiento de la imagen, se pegan a ella para sostenerse en un mundo ambiguo. Adherido a una pared un poco descascarada por medio de pegatinas infantiles, el cuerpo masculino se aventura a la metamorfosis que se intuye en la estampa de la remera rosa y en los labios rojos. También miran a la fotógrafa los dos personajes de Frágil . Dócil e indefinidamente, el que está encintado y sentado sobre una cama deshecha; brutal y ferozmente, la que sostiene el arma y se recorta en una sombra sobre el aura artificial del reflector. Messina logra transformar dos en tres. Desestabiliza la percepción y desencadena una multiplicidad de sentidos: el encierro dentro del propio cuerpo, la amenaza, las galas de mujer con las armas de varón que la adornan, el fantasma, la sombra. Todas las formas de vida que seamos capaces de imaginar. Los monstruos de su majestad, el Sueño, se disparan a cada clic de la talentosa y sensible cámara de la fotógrafa pintora. Ella, como nadie, sabe darles forma humana.
Si bien la caza es tarea de hombres, Diana, la deidad de los bosques, la virgen eterna, refiere a lo femenino en ese universo de virilidad. Aunque de forma poco ortodoxa, ya que se sabe que la hija de Júpiter y Latona, severa y cruel, ejerció el poder y no hizo lo que se esperaba de una dama. Su representación estética, acompañada de animales, aparece al trasponer una sala de la galería 713 Arte Contemporáneo. Allí está la muestra de cerámicas y pinturas de Débora Pierpaoli, El corazón casi afuera de mi boca . El recoleto espacio envuelve a la perfección el conjunto que forman una mesa y cadáveres de animales realizados en cerámica. La escena reproduce el instante de pasaje de la vida a la muerte: el conejo y el faisán yacen sobre una mesa Madí. En este encuentro fortuito, hay, quizás, una referencia a la imagen surrealista -el paraguas y la máquina de escribir sobre la mesa de disección-, así como un vínculo con la tradición de las escenas de caza en la pintura. El perro es el único que está vivo. Esta pieza, también en cerámica, incluye el movimiento: el perro está parado y tiene algo en su boca. Pensamos que fue partícipe de la matanza que se observa, que los pequeños cuadros con figuras, sobre todo de animales, contemplan la escena indiferentes. Pero es nuestra inferencia humana respecto del mundo animal: es lo que creemos que sienten. Porque es más fácil hablar por ellos que dejar que nos invada la desolación que se vive en ese cuarto.
<b> Ficha. </b>
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