Estamos aquí para ser recuerdos
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El verano es la estación de los grandes recuerdos. Salimos de vacaciones, apagamos la rutina, conocemos otros lugares y pasamos tiempo de calidad en familia o con amigos. Casi podría decirse que, a diferencia de la mayor parte del año, desconectamos el piloto automático y vivimos.
Luego nos volvemos con cientos de fotos que intentan capturar esos momentos excepcionales y con las que ya no se estila aburrir a parientes y amigos en funciones ad hoc. Se perdió esa sana costumbre de torturar a otros sentándolos ante una pantalla para mostrarles lo bien que la pasamos mientras ellos se derretían en la ciudad. Ahora las redes sociales salen al rescate de las víctimas y permiten subir las imágenes a Instagram o Facebook para que sean vistas con fingido interés, sin contexto y rapidito, como quien mira un catálogo de colores en la pinturería. Más práctico y barato, sin narraciones tediosas ni multitudes en el living de casa.
Es otra evidencia de que estamos en un mundo muy dependiente de la tecnología para resolver situaciones simples o complejas. Desde la autogestión de la compra de pasajes o la reserva de alojamiento, hasta el GPS que nos guía por la ruta, o las app que nos dicen qué lugares visitar o en qué restaurantes comer. Lentamente, la tecnología va induciendo nuestras “experiencias” y así es como vivimos rodeados de sugerencias e instrucciones que obedecemos sin dudar.
La gente le hace cada vez más preguntas a la inteligencia artificial -el oráculo de este siglo- en lugar de averiguar por su cuenta; ni hablar de saber las respuestas, que a veces son elementales. Y parece que el avance tech nos convierte en personas menos sensibles y perezosas a las que hay que ir recordándoles cosas obvias, acaso las que realmente importan. Ahí es donde intervienen los humanos para darnos… más instrucciones. Psicólogos, especialistas y columnistas varios llenan pantallas y páginas diciéndonos qué deberíamos hacer.
“20 ideas para conectar con tus hijos y crear recuerdos memorables este verano”, leí hace poco. Era una nota de un portal en el que el clickbait podía olfatearse a un kilómetro, pero que igual me resultó irresistible. Sobre todo porque no podía creer que fuera necesario un tutorial para alcanzar ese objetivo tan noble y básico de cualquier padre. Luego caí en la cuenta, algoritmo mediante, de que la web está llena de textos y videos de ese estilo. “Tres maneras de crear momentos significativos con tus hijos”; “14 formas de crear memorias felices que tus niños recordarán siempre”; “Cómo crear recuerdos felices con tus hijos cuando trabajas a tiempo completo” y un largo etcétera. Instrucciones a veces tan absurdas que es inevitable recordar a Alejandro Dolina cuando en su programa de radio Demasiado tarde para lágrimas se burlaba de notas involuntariamente graciosas que se publicaban en los principales medios gráficos de los 80.
Pero los recuerdos, incluso los más felices, tienen algo de triste. Los del verano evocan veranos anteriores, el paso del tiempo, los cambios en nosotros y en quienes nos rodean, los que ya no están. El verano también son recuerdos de padres que, aunque trabajaban mucho, no podían darse el lujo de las vacaciones.
No parece que haya tutoriales para manejar esa melancolía. Basta dejarse guiar por el sentido común o, en mi caso, por una epifanía que tuve un día de otoño: poner todo el empeño en disfrutar cada momento, no solo en verano, y no dejarse ganar por la nostalgia. Las vacaciones son una linda excusa para compartir, para estar presente, algo tan simple y al mismo tiempo tan difícil. Como dice el protagonista de Interstellar, Joseph Cooper, cuando somos padres solo estamos aquí para ser recuerdos de nuestros hijos. No perdamos tiempo.
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