Estrategia de una débil mujer
Elizabeth Barrett Browning (1806-1861) fue una poeta romántica y liberal que defendió las causas nacionales y el abolicionismo. A doscientos años del nacimiento, su figura cobra un relieve singular
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Los padres victorianos suelen tener muy mal renombre. Recordemos al denostado padre de Virginia Woolf, cuya muerte se festejó en la familia casi ostentosamente; o al de las hermanas Brontë, que le quemó el único vestido de seda a su mujer por alegre y frívolo, o bien al padre de Elizabeth, la poeta inglesa más famosa del siglo XIX: Mr. Edward Barrett Moulton Barrett, un autócrata que debe de haber dedicado su vida al ejercicio de su poder paterno y a controlar su cumplimiento, un hombre de maldad casi grotesca que les prohibió a sus doce hijos -la mayor era Elizabeth- casarse y hasta enamorarse. Con esos antecedentes, Mr. Edward Barrett sólo podía aspirar a la desobediencia clandestina y a un alegre y aliviado entierro. En la ficción caricaturesca y casi incestuosa de la obra teatral Los Barrett de Wimpole Street, de Rudolf Besier, se le atribuyen sentimientos anormales hacia su hija Elizabeth, una intelectual incansable, traductora del griego y del latín y de varias lenguas modernas. Tal vez haya sido ella misma la que se aferró casi con inocencia a su papel pasivo de inválida, ya que eso le permitía evadirse con más facilidad del control paterno y eludir las duras faenas domésticas, la maternidad numerosa -de la que fue víctima su madre- y la vigilancia social a la que estaban sometidas las mujeres de entonces. Como no era católica sino protestante, no podía buscar refugio para su pasión literaria en un convento, y el recurso a la invalidez la hacía, paradójicamente, más libre. Su padre sólo objetaba el acceso de la hija a textos libertinos como Tom Jones, pero no le prohibía las más obscenas y violentas historias de las guerras de religión y del comportamiento de gobiernos, ejércitos y políticos.
A los quince años, Elizabeth sufrió una contusión de columna al caerse de su caballo y tuvo síntomas que podían presagiar una turberculosis, pero a ese accidente siguieron años de vida casi normal y, aunque no tenía una salud excelente, podía actuar en la sociedad como cualquier joven de su círculo. En 1838 se le declaró un cuadro de invalidez, que la llevó a encerrarse, en el que se confundían el insomnio, la fiebre y un estado de debilidad general, y fue tratada por la mejor medicina a la que podía aspirar la clase alta inglesa. Cuando tenía treinta años era una mujer inválida, adicta al láudano y eventualmente a la morfina, sin deberes domésticos, dedicada a traducir a los autores griegos bizantinos y a escribir su propia obra poética. Inválida o no, la entonces Miss Barrett enviaba con aceptable buena fortuna su producción a las mejores revistas literarias y, además de algunas publicaciones, logró, gracias a contactos estratégicos y a algunos consejos, estar en noble -aunque algo aburrida- compañía literaria. Tradujo por entonces una versión de Prometeo encadenado. La pasión de Elizabeth por la tragedia griega, sus imágenes, su grandeza y su bella desmesura serían fuentes de inspiración no siempre apropiadas para la futura obra de la escritora inglesa.
En 1838 ya había publicado El serafín y otros poemas, una extraña composición poética en la que los ángeles ven la Crucifixión a través de sus ojos celestiales. Elizabeth menciona los ruidos agónicos de las maderas de las tres cruces, sometidas al peso de los supliciados, y dice de Cristo:
Buscó piedad. No la había
Toda estaba en El, no para El
Cinco años después comentaría: "Sé que El serafín tiene sus fallas y debilidades, pero mi voz ya está en él".
En 1844 editó Poemas, que incluye El drama del exilio, en el que profundiza en el arrepentimiento de Eva, culpable e incitadora -mujer al fin- de que el Hombre sea un eterno exiliado de las bondades del Paraíso, y El cortejo de Lady Geraldine, que rescata la posibilidad de un amor entre una joven de sociedad y un poeta pobre. En pleno siglo XXI parece un tema un tanto rancio hasta para un teleteatro, pero en la Inglaterra victoriana la gente se casaba dentro de su medio y las deserciones, que eran escasas, se pagaban muy caras. De allí tantas lágrimas, sollozos, rubores, desmayos y cabellos desordenados sobre ricas sedas. Era lo que el público esperaba de un poeta y de lo que poco a poco Elizabeth se fue desprendiendo. Como Wordsworth, creía que ningún tema ni imagen literaria son indignos de por sí, que todo puede tener en manos del poeta un destino de belleza, y ambos colaboraban en el Athenaeum, revista de gran prestigio. Se puede presumir que tanto su "exilio doméstico" como su condición de enferma crónica contribuyeron a evitar que su presencia física hiciera aún más complicadas las consecuencias de su gusto por la polémica y las críticas.
Miss Barrett podía considerarse antes de cumplir los cuarenta años como una escritora respetable y muy conocida. Bastaba escribir en un sobre: "Elizabeth Barrett, poeta, Londres", para asegurarse la entrega. Por entonces, Robert Browning, un joven autor, prestigioso pero conocido por cierta oscuridad y hermetismo, presentó un poema, "Paracelsus", sobre el célebre médico del siglo XVI. Como admiraba a Elizabeth, le escribió y se sucedió entonces un tierno y febril intercambio de cartas entre ella y este inglés tan peculiar, que manifestaba amar la obra de Elizabeth y? a su autora. Meses más tarde pudo atravesar la casi infranqueable puerta de los Barrett (1845) y así comenzó uno de los amores más provocativos y apasionados del siglo XIX.
Los sonetos del portugués, de Elizabeth Barrett, son el testimonio de ese vínculo. Fueron escritos al mismo tiempo que las cartas de amor, y sólo le fueron mostrados al destinatario (Browning) años después. Se trata de un conjunto de composiciones que guardó para sí, inhibida por un comentario casual de Robert Browning, que se manifestó en contra de exponer literariamente la vida privada. Tal vez ella temió que el principio de un gran amor no fuera apropiado para la creación literaria; le dijo a su amado al respecto: "Me cuesta escribir, soy demasiado feliz". A Elizabeth no debería haberle importado dar a conocer sus amores por medio de la escritura, pues decía adorar los chismes y aprobaba la preservación y eventual publicación de las cartas privadas, ya que creía que un artista, como un rey, debe resignarse a estar bajo el "ojo público". Sin embargo, cuando se trataba de sus asuntos solía ser reservada, obviar hechos dolorosos, como la muerte en el mar de su hermano Edward (1840) y la exhibición de ciertas pasiones y dolores privados: la ira de su padre, las descripciones de enfermedades, los duelos, rechazos y decepciones.
Browning desoyó los consejos de su amada, que en un tortuoso y arriesgado juego amoroso le decía que ella no era la persona más indicada para compartir la vida con él: le recordaba sus treinta y nueve años, su mala salud, la actitud de su padre que no querría ni oír hablar de su alejamiento del hogar, y sus dudas de poder convertirse en una esposa y madre eficiente y normal; claro está, Elizabeth le aclaraba a Browning que lo amaba desesperadamente. Este planeó entonces un casamiento secreto y una fuga a Italia que se produciría una semana después de la boda. La novia tenía una renta propia, un perro de futura fama literaria, su spaniel Flush (sobre el que Virginia Woolf escribió un libro) y su mucama, sin la cual dudaba que la vida fuera posible.
La llegada a Pisa de los flamantes esposos se produjo en momentos de tensión política y militar (1846). Dos años después, la revolución de 1848 en París produjo como un eco revueltas populares de Venecia a Sicilia. Pero ese aire de libertad revolucionaria duró poco. Elizabeth encontró a Italia dominada por las fuerzas extranjeras y entregada a la corrupción de los naturales del país. Se convirtió en una activa militante del Risorgimento, el movimiento de liberación y unidad de Italia, que era bandera de progreso y de nacionalismo.
En esos años italianos floreció la idea -que Elizabeth había madurado durante mucho tiempo- de una gran novela en verso libre. Finalmente apareció Aurora Leigh, un poema narrativo cuya protagonista es el personaje que da título a la obra, una joven rebelde, hija de una florentina y un académico inglés, que vive en Londres su pasión literaria, paralela e incompatible con los deseos de reforma social de su primo Romney, que desea casarse con ella.
La vocación de Aurora es incompatible con las aspiraciones de Romney, porque éste ve los esfuerzos literarios de su prima con una simpatía complaciente pero algo despectiva, y no entiende que se trata de una exigente y a veces dolorosa necesidad de expresarse. Por su parte, ella se siente incapaz de acompañar a su primo en su peregrinaje por parroquias miserables y paupérrimas, y además no le resulta para nada interesante.
Una amiga aristocrática de Aurora y de Romney, que aspira a casarse con él, define muy bien la situación:
Si no estás muerta de hambre o pecando
No existes para él
[...]
¿Qué podría importarle yo, Lady Waldemar
que nunca delinquí?
Para "vivir sus ideas", Romney intenta casarse con una joven mendiga, Marian Erle, víctima de una seducción armada por Lady Waldemar, bruscamente transformada en villana. Esta, por ambición y despecho, logra suspender la boda. Otro intento del bienintencionado Romney, la fundación en el hogar ancestral de los Leigh de un falansterio a lo Fourier, sólo acarrea desgracias, desencuentros y hasta un incendio que repite el de la mansión de Mr. Rochester y su ceguera en Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Cuando Aurora descubre que su primo ha quedado inválido, concibe un súbito amor y decide acceder y casarse con él.
Esta novela le permitió a Mrs. Browning explayarse sobre lo que opinaba de la hipocresía inglesa para tratar a los pobres, a los niños obreros y a las prostitutas. Recibió retos y críticas por sus excesos de lenguaje, por ciertas imágenes consideradas impropias en la pluma de una mujer, y ella comprobó que -tal como ya lo había advertido- dependía muy poco de la opinión ajena: no quería ser tratada como una dama sino como una escritora profesional. De Aurora Leigh decía: "Es el más maduro de mis textos, en el que he expresado mis convicciones más profundas sobre el arte y la vida". Para muchos críticos, la obra tiene valores comparables con los del Paraíso perdido de Milton
Otro tema que interesaba a Elizabeth era el de la esclavitud. Sentía una gran admiración por Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom, menos por sus valores literarios que por su coraje político y su capacidad para cambiar un mundo injusto. Sobre este asunto Elizabeth escribió El esclavo fugitivo de Pilgrim´s Point. Detalle paradójico: buena parte de la fortuna de los Barrett provenía de sus posesiones y esclavos, ya perdidos, en la isla de Jamaica.
Luego de la publicación de Aurora Leigh (1856), Barrett Browning produjo Poemas anteriores al congreso, en los que defiende con ardor la lucha de liberación italiana y la abolición de la esclavitud en América. Sabía a lo que se exponía. En el siglo XIX los hombres no veían con excesiva benevolencia a una mujer que opinaba sobre política: le aconsejaron -como es tradición- escribir libros de cocina y el Saturday Review la llamó "sediciosa" y en forma más general "imbécil". Herida por la opinión de algunos amigos escribió: "Digan que mis versos son locos, malos y tristes; no olviden agregar que quien los escribió pensó, sintió y expresó con su cerebro y su corazón, y está diciendo su verdad y no recitando un panfleto". En 1851, en Las ventanas de Casa Guidi (Casa Guidi era la residencia de los Browning en Florencia), su pluma, menos colérica o tal vez menos urgida por los acontecimientos, causó menor consternación. Pero aquellos eran tiempos críticos (1860) en los cuales las batallas ganadas con tanta sangre parecían no tener las esperadas consecuencias políticas; de ahí su frustración y su ira. El mismo Henry James -también amante de Italia-, con su habitual sentido de la medida, escribió: "Involucrarse de esa manera era una forma de enfermedad y maldición".
Algunos atribuyeron la desmesura, el horror y la crueldad de algunas imágenes y comentarios de Barret Browning tanto a la lectura de los libros de Eugène Sue y de su admirado Poe como a un aumento -que la proximidad de su muerte hacía verosímil- de sus dosis habituales de opio.
Sin embargo, un visitante casual del hogar de los Browning en Florencia que hubiera esperado conocer a una gorgona literaria se hubiera sentido decepcionado al encontrarse en realidad con una pequeña mujer madura, callada y amable, pendiente de su único hijo y de su marido, algo desmelenada y con un criterio muy personal de la moda en épocas de corsés y crinolinas, una dama poco formal y con un gusto extraño por vagos, charlatanes , espiritistas y escritores menores.
Según G. K. Chesterton: "Con ella reaparece en poesía un elemento perdido desde los tiempos isabelinos: la unión de las pasiones más bajas con un activo ingenio, el amor por las comparaciones extrañas, por paralelos salvajemente lógicos? reencontramos las bromas y bufonadas de Shakespeare en los extraños y sólidos versos de Mrs. Browning".
Los escritores victorianos tenían rasgos comunes, entre ellos la laboriosidad, la abundancia insensata de producción y la seriedad con que tomaban su trabajo literario y el género elegido: difícilmente un poeta lírico escribiera en prosa, salvo para mantener la profusa correspondencia propia de la época. Elizabeth Barrett era una corresponsal deliciosa, coloquial, chismosa. Los afortunados que recibían sus papelitos rasgados con su letra de tela de araña atesoraron y publicaron sus cartas poco después de su muerte.
Es cierto que no todos tienen en su mesa a Tennyson, y así lo narra Elizabeth "charlando, fumando y abriendo su corazón después de la segunda botella de oporto; finalmente nos leyó ?Maud´ desde el principio al final y se fue a las dos y media de la mañana". Lectora insaciable de novelas, desde la lejana Corinne de Madame de Stäel, leída y releída en su adolescencia, hasta los llorosos dramones de George Sand. Ambos Browning admiraban a Flaubert y a su Madame Bovary.
Elizabeth Barrett Browning murió a los 55 años en brazos de su marido. Fue enterrada en el Cementerio Protestante de Florencia. Ejerció una gran influencia en los prerrafaelistas y en William Morris. En Dante Gabriel Rossetti están su métrica, su amor por los arcaísmos, e inclusive su utilización tan libre de la puntuación.
Tal vez haya ocurrido lo que ella menos deseaba: el olvido de su obra y su perduración como la amada de Browning y la inválida fugitiva. Si nuestras contradicciones nos explican, dos frases de Elizabeth Barrett dan motivo para meditar: "tengo una simpatía inmoral por el poder" y "soy una de esas mujeres débiles que reverencian a los hombres fuertes".
Aurora Leigh
(Fragmento)
Por Elizabeth Barrett Browning
He conocido a buenas esposas
Casi tan castas como Madame Putifar
Y excelentes madres
Que usan a sus hijos
Para mejor intrigar
Buenos amigos
Que amarrados a tu cuello
Te roban hasta el resuello
Buenos críticos que destrozan
Tus ilusiones, poeta
Buenos estadistas que llevan
A la ruina a su nación
Buenos patriotas que arriesgan
Su tierra por teorizar
Buenos papas que impiden
Llegar a la libertad
Y también buenos cristianos
Arropados en sillones
Maldiciendo al mundo entero
Por su mucha actividad
¡Ojalá que Dios perdone, tanta bondad!
Traducción Mónica Ottino
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