
Exposiciones para no olvidar
Se exhiben obras desconocidas de Rodolfo Azaro; pinturas de Prior, Monzo y Garófalo, y sutiles abstracciones de Silvia Gurfein
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La exposición antológica de Rodolfo Azaro que presenta el Museo de Arte Moderno redescubre a un artista muerto a los 49 años, casi desconocido, olvidado o apenas recordado como un excéntrico a quien le gustaba mostrarse como un outsider. Sólo unos pocos coleccionistas y algunos amigos fieles habían conservado su obra con cariño y casi en secreto.
Entre los años sesenta y ochenta, Azaro reveló en muchos dibujos, grabados, pinturas y esculturas, su visión inconfundible y desencantada de la actualidad. Las referencias culturales que aparecen en esos trabajos derivan del comic norteamericano (Robert Crumb, máximo exponente del underground de los años sesenta, era uno de sus favoritos), de la cultura pop y de la publicidad de la televisión. Buena parte de su iconografía parece remitir a las secuencias congeladas de los fotogramas del filme de animación. Las palabras, manuscritas, espontáneas o dibujadas con cuidado, que imitan diversos estilos tipográficos, son numerosas en sus trabajos. Abundan las frases como "Me gusta pero... ¿es arte?"
Azaro presentó su primera exposición en la galería Lirolay en 1963. Poco después comenzó a participar en muestras colectivas y concursos en los que coincidió con la generación emergente en la segunda mitad de los años sesenta. Como otros artistas de la época, fue pop hacia 1966, se aproximó con libertad e ironía a las estructuras primarias en 1967 y un año más tarde participó en las famosas Experiencias 68 del Instituto Di Tella. En esa ocasión mostró una obra que representaba, con varias barras de aluminio, la trayectoria de una pelota de tenis arrojada de manera reiterada contra un frontón.
En 1969 obtuvo una beca del British Council, para estudiar escultura en la Universidad de Birmingham; después se instaló en Londres. Allí realizó broches-esculturas de resina poliéster modelados con notable precisión de miniaturista. Los personajes de estas piezas -editadas en series de cincuenta ejemplares- los había extraído de filmes y revistas populares: Tarzán, Drácula, King Kong. En esta época también trabajó en la animación de varios filmes.
Retornó de manera definitiva a la Argentina en 1984. Trabajó mucho, participó en exposiciones colectivas y presentó muestras individuales con dibujos espontáneos, apuntes, escrituras, pinturas y pequeñas esculturas. Su última exhibición individual, con el título Rodolfo Azaro. Bop bop be bop, se inauguró en julio de 1986 en el Centro Cultura Recoleta. En la sala se mostraban dibujos y objetos, éstos últimos eran unos grandes labios rojos, senos rosados y zapatos, algunos colgados del techo. En sus dibujos y acuarelas eróticos o sádicos abundaban los zapatos de altos tacos y los látigos. En todos sus trabajos era notoria su adhesión a la cultura pop, su excentricidad, su nostalgia y su persistente observación irónica de la sociedad contemporánea. Todo lo mostró con humor, pero también con dolor y desesperanza.
Rodolfo Azaro nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires, en 1938; murió en junio de 1987. Durante largos años tuvo la sensación de haber fracasado, creía que todos sus proyectos se habían frustrado. En un dibujo en el que imitó la tapa de la revista Time con su autorretrato, puso como gran título "Azaro, una vida desperdiciada". En alguna ocasión, para no nombrar el "fracaso" inventó con ironía la palabra "farcaso", también creó una "teoría del farcaso".
(En Museo de Arte Moderno, avenida San Juan 350, hasta fines de mayo.)
En la recién inaugurada galería Zavaleta Lab expone Silvia Gurfein (1959), una artista que desde hace unos años se ha destacado en concursos y muestras colectivas. Sus pinturas abstractas se caracterizaron siempre por sus búsquedas en torno al ritmo visual y las secuencias armónicas del color. En esta oportunidad presenta un conjunto excelente de óleos abstractos, geométricos pero sin rigidez, que aluden casi en secreto a cierta música inaudible para el contemplador. No en vano la muestra se titula El oído.
Todas las telas están compuestas por barras verticales de diferente longitud (como la tubería de un viejo órgano), con colores por lo general análogos, que crean una estructura sin centros visuales dominantes. La realización de las pinturas es impecable, con el óleo aplicado con capas fluidas y transparentes, de manera que se percibe en las telas una particular luminosidad.
(En Galería Zavaleta Lab, Arroyo 872, hasta el 15 de mayo.)
En la galería Principium, con el título Tres artistas de los ochenta, se expone un conjunto de pinturas de Alfredo Prior (1952), Osvaldo Monzo (1950) y José Garófalo (1964). Los tres fueron activos intérpretes del estallido pictórico de la década de los ochenta. Era la época que un crítico español denominó "Los años pintados", cuando se enarbolaba de manera enfática la bandera de la pintura "redescubierta".
Han transcurrido dos décadas desde las polémicas exposiciones iniciales de esta generación; sus pinturas espontáneas, en ocasiones plenas de humor, siempre subjetivas e individualistas, ya no son novedad. No los ampara el mito del artista joven ni son "el descubrimiento" reciente. Si el tiempo hizo las veces de un cedazo, lo que dejó pasar son las individualidades, incluso momento de individualidades.
Ese es el mérito de la muestra, presentar un conjunto de "momentos de individualidades" seleccionados con indudable acierto. Lo confirman los paisajes de Prior, con sus superficies complejas, plenas de matices de color y de textura; también las abstracciones y los desnudos borrosos de Monzo. Las telas espontáneas, casi expresionistas de José Garófalo, un pintor más joven que se inició en el taller de Guillermo Kuitca, merecen similar apreciación.
(En Galería Principium, Esmeralda 1357, hasta el 15 de mayo)
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