
Fantasmas de Ushuaia
El autor de Lejos de dónde propone en esta crónica fueguina una singular mirada a tres figuras que siguen rondando los confines del mundo en forma de souvenir : el Petiso Orejudo, precoz asesino; el anarquista Simón Radowitzky y el controvertido aventurero Julius Popper
1 minuto de lectura'
Acabo de fijar a la heladera uno de esos imanes cuyo propósito suele ser publicitario, no decorativo. Representa en colores brillantes a un adolescente de mirada extraviada, mueca siniestra y grandes orejas despegadas, que sostiene en las manos una soga. Su modelo imaginario es Cayetano Santos Godino, el precoz asesino serial y pirómano conocido como el "Petiso Orejudo". Incapaz de resistir a este insólito souvenir morboso, lo compré en la boutique del Museo del Presidio, en Ushuaia.
En la misma boutique , el presidio abolido está generosamente evocado: por una suma poco superior a los cien euros puede adquirirse un uniforme de preso, el alguna vez famoso "pijama a rayas" amarillo y negro, expuesto en una percha coronada por una cabeza de oso de peluche. En otro imán, un hombre de barba blanca y expresión adusta tiene la mirada perdida en un futuro que sin duda presume luminoso; en él reconozco a otro recluso del penal: Simón Radowitzky, el anarquista que mató al jefe de policía Ramón Falcón.
Son ellos, el monstruo y el iluminado, quienes reciben al visitante del museo, más bien de la serie de museos que hoy ocupan el predio del antiguo "presidio y cárcel de reincidentes" de Ushuaia. Son dos esculturas de bronce ennegrecido, colocadas sobre un escueto rectángulo de césped, en el espacio central al que se llega apenas transpuesto el portón de entrada. En una de ellas, un hombre de edad indefinida y barba cuidada está sentado sobre un leño, con la mirada perdida a lo lejos y expresión noble aunque ausente; un perro, inevitablemente fiel, está echado a sus pies. En la otra un individuo pequeño, enjuto, de grandes orejas, lleva en la mano un balde que se adivina pesado -los hombros vencidos delatan el esfuerzo-; su contenido original puede ser desconocido pero hoy lo llenan, según las estaciones, la lluvia o la nieve.
No ha habido modelos vivos para esas esculturas, acaso sólo alguna fotografía borrosa. Fueron, siguen siendo los presos más famosos que albergó el penal.
***
Del Petiso Orejudo pudo decirse que era, en el más técnico de los sentidos, "un imbécil, un degenerado hereditario", términos invocados por el dictamen que le negó en 1936 la liberación solicitada. Su carrera criminal se extendió de 1904 a 1912, es decir, entre sus ocho y dieciséis años, edad en que fue arrestado. Lucía en la cabeza veintisiete cicatrices dejadas por los golpes que le había propinado su padre alcohólico; la madre, por su parte, había intentado sin éxito encerrarlo en un reformatorio desde sus primeras correrías, cuando intentó matar a una criatura de veinte meses. Más tarde estranguló con la piola que usaba de cinturón a unos cuatro niños de entre tres y seis años de edad, intentó sin éxito matar a otros siete, quemó viva a una niña, provocó siete incendios. A menudo introducía un clavo en el cráneo de la víctima.
La policía presente en los velorios notó la visita reiterada de un adolescente que estudiaba con expresión absorta el ataúd abierto. En algún momento, un investigador decidió maquillar la cabeza del niño velado, retirar el clavo incrustado en el cráneo y esperar alguna reacción del visitante. Éste no faltó a la cita y después de contemplar con expresión de asombro el cadáver exclamó: "¿Y el clavo?"
Como enfermo mental, el Petiso Orejudo fue internado en el Hospicio de la Merced, luego trasladado a la Penitenciaría Nacional, finalmente a Ushuaia en 1923. Cuatro años más tarde, los médicos del presidio lo sometieron a una cirujía para "normalizar" tamaño y forma de sus orejas, con la hipótesis de que en su deformidad residía el origen de su demencia; la intervención, previsiblemente, no tuvo el resultado buscado. En 1933, a falta de niños, arrojó al fuego de una estufa de leña, después de arrancarle los ojos, el gato que era mascota de los presos. Éstos le propinaron una golpiza brutal; según la leyenda, lo mataron, aunque en los registros consta su muerte once años más tarde, de una hemorragia interna, consecuencia de una úlcera gastroduodenal, acaso demorada consecuencia de aquella golpiza o de los incesantes vejámenes y violaciones que acompañaron sus últimos años.
María Moreno ha estudiado su historia y su leyenda en clave arltiana: el personaje del idiota operaría como un negativo de la sociedad sólida, próspera, altiva que se pone en escena en ocasión del Centenario; sería el revelador de sus taras y miserias ocultas. Como en el San Genet, comediante y mártir , de Sartre, la luz negra del oprobio reivindica al personaje, por más alejado que el Petiso Orejudo nos parezca del francés, gran poeta y pequeño delincuente.
Cuando el penal fue cerrado en 1947, se removió la tierra de su cementerio. Los restos del Petiso Orejudo no aparecieron.
***
Radowitzky, en cambio, despertó entre sus guardianes la admiración que suelen suscitar los idealistas.
A los dieciocho años de edad, en la esquina de Callao y Quintana, había arrojado al carruaje en que pasaba el coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la Policía Federal, una bomba de fabricación casera que lo mató. Era el 14 de noviembre de 1909. El 1° de mayo del mismo año, su víctima había encabezado la represión que dejó once manifestantes muertos y más de cien heridos en una manifestación de obreros anarquistas; días más tarde, confiscó los ataúdes de las víctimas para impedir que un cortejo fúnebre los acompañara a la Chacarita. Dos años antes ya se había ilustrado desalojando con chorros de agua helada, en pleno invierno, a las familias obreras que resistían el aumento de alquileres en los inquilinatos.
Radowitzky escapó una primera vez de la Penitenciaría Nacional. (Construido en la intersección de las avenidas Las Heras y Coronel Díaz, ese castillo iba a ser demolido tras la caída del general Perón; ocupa hoy su predio una plaza en declive que llenan en verano intrépidos cultores del bronceado.) Fue el personal de vigilancia quien le prestó la ropa de civil y le permitió llegar al autómovil donde lo esperaban sus camaradas. Capturado y enviado a Ushuaia, huyó una segunda vez, con la audacia mayor exigida por un penal aislado en una naturaleza inhóspita; también en esta ocasión lo esperaba un grupo de camaradas y tuvo por cómplices a sus propios guardianes: admiraban su entereza, su conducta solidaria, sus palabras prometedoras de un futuro de justicia e igualdad. Detenido por guardacostas chilenos antes de llegar a Punta Arenas, fue devuelto al presidio, en donde debió esperar la llegada de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la nación para ser indultado.
El decreto presidencial llegó en 1930, con la condición de abandonar inmediatamente el territorio argentino. Radowitzky no vaciló. Meses más tarde, ese indulto habría sido anulado: depuesto Yrigoyen, el régimen del general Uriburu envió a Ushuaia numerosos obreros rebeldes y sindicalistas, sometidos al tratamiento más duro. Un tango de 1933, "Al pie de la Santa Cruz" (música de Enrique Delfino, letra de Mario Battistella), registra la desesperación de la mujer que ve alejarse hacia el sur "la nave maldita" donde parte su esposo con "los pies engrillados". No se trata de un delincuente común. Los primeros versos del tango son explícitos: "Declaran la huelga/ hay hambre en las casas,/ es mucho el trabajo/ y poco el jornal,/ y en ese entrevero/ de lucha sangrienta/ se venga de un hombre/ la Ley Patronal".
Radowitzky estuvo de paso en Uruguay, en Brasil, en Francia, en la España republicana por la que iba a pelear en las brigadas internacionales de la guerra civil antes de asilarse, junto con tantos otros, en el México hospitalario de Cárdenas. Allí vegetó hasta su muerte en 1956, espectador desilusionado -parece anunciarlo su efigie a la entrada del penal de Ushuaia, la mirada sufrida, perdida en una lejanía ya inalcanzable- del fallido sicario Siqueiros como del sicario triunfante Mercader, asesino de Trotsky; más tarde, del doble discurso del partido que se autodenominó, sin miedo al oxímoron, "revolucionario institucional", y le abrió las puertas al gran vecino del Norte mientras que lo vituperaba en la retórica oficial.
El anarquista envejecido terminó su vida fabricando juguetes de madera, artesanía aprendida en los talleres del presidio "del fin del mundo", donde coincidió durante siete años con el asesino serial de niños más famoso de la Argentina. Más allá de las estatuas y los imanes para heladera, ese tenue lazo a través de la infancia, víctima elegida de uno, destino feliz del trabajo resignado del otro, los vincula en silencio como pueden estarlo el negativo y el positivo de una fotografía.
En Buenos Aires, manos anónimas pintan regularmente la inscripción "Simón vive" en el pedestal de los monumentos a la memoria del coronel Falcón.
***
El que no ha merecido en Ushuaia estatua ni imanes para heladera con su efigie es Julius Popper, personaje más contradictorio que Radowitzky, más legítimo que el Petiso Orejudo. Sin embargo, las monedas de oro (" Popper´s Gold ") y las estampillas que hizo imprimir durante su breve reinado en Tierra del Fuego alcanzan una cotización fabulosa en los mercados numismáticos y filatélicos internacionales. En la ciudad de Río Grande, en ese norte de la isla que fue escenario de sus hazañas, una calle recuerda su nombre. En Ushuaia, el Museo del Fin del Mundo posee el ejemplar número dos de la monografía que escribió para exponer su proyecto "Atlanta". (Popper editó por su cuenta seis únicos ejemplares, numerados y firmados por él.)
Tenía veinticinco años de edad en 1885, cuando llegó a Buenos Aires después de viajar por Oriente y recorrer el continente americano. En Brasil había oído que en el extremo sur patagónico había yacimientos de oro comparables con los del Oeste norteamericano que aún no habían atraído a las hordas de aventureros que en el Norte desataron la "fiebre del oro". Se había graduado en Francia, como ingeniero en minas, en la prestigiosa École Nationale des Ponts et Chaussées. Políglota, hablaba perfectamente el castellano, el francés, el alemán, el griego, el rumano; en Buenos Aires prefirió no exhibir su fluidez en idish. Había dejado su Bucarest natal a los diecisiete años para estudiar en París; su diploma, su elegancia, sus modales lo impusieron inmediatamente a la elite argentina de la época: recibido por la "buena sociedad", el gobierno prestó atención a su proyecto geopolítico.
Es aquí donde entran en conflicto diversos perfiles históricos del personaje. En 1886, el aventurero Popper descubre el yacimiento de oro más rico del hemisferio austral en la bahía San Sebastián. Durante esa expedición, el patriota argentino Popper sienta las bases de la cartografía y la toponimia en el territorio de Tierra del Fuego, funda asentamientos que permitirán afirmar la soberanía argentina. (Lo precario de la comunicación entre Buenos Aires y el territorio austral en aquella época lo demuestra el hecho de que, para llegar a Tierra del Fuego, Popper debió tomar un barco inglés en Montevideo con destino a Punta Arenas, y de allí cruzar la frontera de trazado reciente para acceder a la parte argentina de la isla.) Al mismo tiempo, el cómplice de genocidio Popper secundó al comandante de la Armada Argentina Ramón Lista en la matanza de indios onas en la bahía San Sebastián. De vuelta en Buenos Aires, el visionario Popper propone en 1887 la creación, próxima al emplazamiento actual de Río Grande, de un puerto al que llamaría Atlanta: sería una avanzada de la soberanía nacional no sólo en Tierra del Fuego sino también futuro punto de partida de las naves argentinas hacia la Antártida. El empresario Popper expone sus ideas en el Instituto Geográfico Argentino ante un público donde abundan las fuerzas armadas y obtiene del gobierno la autorización para crear la Compañía Anónima Lavaderos de Oro del Sur. Allí crea una máquina que permite separar la arenilla del oro con más eficacia que el arcaico proceso manual. El etnólogo Popper obsequia al presidente Juárez Celman un álbum con fotografías de su campaña, encuadernado en piel de lobo de dos pelos, y un relato de permanente valor documental sobre usos y costumbres de onas y yamanes; en una de esas imágenes se lo ve posando junto con varios oficiales ante el cadáver de un ona muerto, su arco a un lado, las flechas del otro. (El álbum terminó en manos del más ameno cronista de la historia patagónica: Armando Braun Menéndez.) De vuelta en Tierra del Fuego, el mitómano Popper obtiene que la Casa de la Moneda acuñe en Buenos Aires piezas de oro con su nombre para circulación en la isla, mil de un gramo y doscientas de cinco; también sellos postales de diez centavos. Ambas iniciativas marcarán el principio de su caída en desgracia: diversos juicios con los gobernadores fueguinos Paz y Cornero, con exploradores rivales a quienes acusa de la matanza de indígenas.
Hace mucho que el personaje de Popper me atrae, me trabaja. En 1989 pude fotografiar la fachada de la casa de Tucumán 373, entonces deshabitada y clausurada, hoy demolida, donde la mañana del 6 de junio de 1893 un visitante y el mucamo lo hallaron muerto. Tenía treinta y seis años de edad. Sus restos fueron hospedados en la bóveda de la familia Ayerza, en la Recoleta. LA NACION transcribió la extensa oración fúnebre de Lucio Vicente López, quien no vaciló en compararlo con un personaje de Julio Verne, aun con Simbad el marino. En su testamento, Popper, de quien no se conoció relación femenina alguna, declaró única heredera a su madre Peppi. El Instituto Geográfico Argentino prometió darle sepultura en El Páramo, localidad que él fundó en el norte de Tierra del Fuego; según Boleslao Lewin, biógrafo y editor de los artículos que Popper redactó en impecable castellano, ese entierro nunca se verificó. En la actualidad se ignora el paradero de sus restos.
Una medianoche de 1946, en momentos de caos civil en Rumania entre la ocupación soviética y el éxodo de monárquicos y nacionalistas, un grupo de desconocidos asaltó en Bucarest el departamento de una familia de apellido Popper y destrozó muebles y paredes en busca de un tesoro escondido, acaso sólo existente como leyenda oral: el oro de Popper.
En 2009 se editó el primer disco de la banda chilena de rock Julius Popper.
***
La belleza del paisaje que descubro navegando por el canal de Beagle, la isla donde emiten un ronco llamado los lobos marinos, los legendarios cormoranes que puedo confundir con albatros, el viento helado y a distintas alturas la nieve que me enceguece bajo el sol pueden colmar la curiosidad estética del visitante, así como la centolla y el cordero patagónico seducen al turista gastronómico. El amante de la naturaleza decide internarse en el bosque de lengas gracias al Tren del Fin del Mundo y descubre que el personal de este ferrocarril turístico de trocha angosta viste el uniforme de los presos del penal de antaño. ¿Ocurrencia de gusto dudoso? ¿Alusión tácita al hecho de que fueron los presos quienes construyeron las vías que llevaban del bosque al Penal, el primer ferrocarril de la ciudad, así como edificaron buena parte de la prisión a la que estaban condenados?
Sin embargo, ni el encanto de las calles en pendiente, ni las construcciones donde se mezcla la chapa y la madera con más frecuencia que la piedra y el cemento, ni algún anuncio misterioso para el forastero ("vendo tierra negra", "supermercado La Anónima") destierran de una sensibilidad formada y deformada por la literatura a los fantasmas de un pasado a veces sórdido, otras exaltante, siempre novelesco. El guía del Museo Marítimo, que convive con el del Presidio, me enumera con admirable erudición, frente a un mapa donde hay pequeños barcos dibujados en color rojo, acompañados todos ellos por una fecha, los cientos de naufragios que hicieron la leyenda del Cabo de Hornos. Me explica la dificultad de navegar en tiempos en que sólo la latitud podía estimarse con justeza, mientras que la longitud quedaba librada a aproximaciones. Estamos dentro de una réplica a escala reducida del Faro del Fin del Mundo. El original hoy ha sido reinstalado en la Isla de los Estados, en el confín más peligroso del Atlántico austral. Inevitablemente, sin decir una palabra, durante una hora nos hemos convertido en personajes de Verne.
© LA NACION



