Fascinación por Mary Shelley

Esther Cross. Con La mujer que escribió Frankenstein, la autora argentina incursiona en el género de no ficción. Si bien no se trata de una biografía en el sentido estricto, la obra se basa en materiales reales, como diarios personales y cartas
Natalia Blanc
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29 de noviembre de 2013  

La fascinación de Esther Cross por la vida de Mary Shelley comenzó con una imagen que motivó la idea de trabajar en su biografía. En el inicio de La mujer que escribió Frankenstein (Emecé), Cross cuenta:

"En el Cementerio Protestante de Roma, en la tumba de Percy B. Shelley, hay una lápida que dice "Corazón de corazones", pero falta el corazón. El corazón de Shelley está enterrado con Mary Shelley, su mujer, a cientos de kilómetros, en la ciudad costera de Bornemouth, Inglaterra. Así que en una tumba hay una urna con cenizas incompletas y en la otra hay un corazón de más."

La imagen de la escritora enterrada junto con el corazón de su marido poeta ("envuelto en la primera página del poema Adonais", escribe Cross en el primer capítulo) fue el inicio de un trabajo de investigación sobre la vida de la autora de Frankenstein , ambientada en una época de profanadores de tumbas y resurreccionistas. Con este libro, incursionó en el género de no ficción, después de escribir cuentos y novelas como El banquete de la araña y Radiana .

"Es una biografía necrópsica, que abarca desde su nacimiento (el 30 de agosto de 1797) hasta la tercera edición de la novela, de 1831. Cuenta su vida desde un punto de vista tétrico, con el foco puesto en su relación con el morbo, los cementerios, las disecciones, los ladrones de cuerpos, el culto a la vida y a la muerte. Es decir, el tiempo romántico y morboso, que ella vivió intensamente y terminó por revelar y definir", explica Cross.

–¿Por qué decidió contar la vida de Mary Shelley, un personaje que ya cuenta con biografías como la de Muriel Spark?

–Se me ocurrió de la misma manera en que se me ocurren las obras de ficción: no estaba detrás de Mary específicamente. En 2007, estaba escribiendo Radiana , una novela que tiene que ver con operaciones, y releí Frankenstein . En el prefacio de una edición muy vieja de Losada encontré el dato que originó todo: Mary conservó el corazón de Percy como reliquia, lo cargaba con ella en todos sus viajes y pidió que la enterrasen con él. Casi una ironía en el caso de esa mujer que había escrito una novela sobre una criatura creada con partes de cadáveres. Con el tiempo empecé a leer sobre ella. Para mí era una escritora borrada; yo tenía presente al monstruo y la novela, pero no a la autora. Eso me llevó a escribir... Ni siquiera tuve que escarbar: sólo abrí una tapa y dejé salir todo lo que estaba allí.

–No es una biografía en el sentido estricto sino que tiene un enfoque vinculado con la muerte y, además, se lee como una novela. ¿Cuánto es real, cuánto es ficción o reconstrucción?

–Todo es real. Las citas son de diarios personales, de libros y de cartas, que me sirvieron de fuente. Fui encontrando distintas cuestiones que confluyen en ella. Por un lado, la costumbre de guardar las reliquias. El morbo como una solución al miedo a la muerte. Los niños se morían con frecuencia. En su caso, de cuatro hijos se le murieron tres. Muertes trágicas: suicidios, accidentes. El marido, que sale a navegar sin saber nadar y muere ahogado.

–¿Cuáles fueron las fuentes literarias y biográficas? No están listadas en el libro; sólo algunas aparecen mencionadas en el texto y al inicio de cada capítulo.

–Usé diferentes canales: documentos, libros de la época, varias biografías con distintos enfoques y puntos de vista. También, los textos de Mary y de sus padres, de Shelley, de Byron. Otro canal fueron los escritos médicos, que tenían un lenguaje muy duro y cerrado. También, todo lo que ya se había escrito sobre los ladrones de tumbas. Tuve la tentación de poner más fuentes y citas, pero me contuve. Me pareció interesante generar el interés de los lectores para que buscaran las fuentes. Traté de ser lo más sobria que pude porque me pareció que en el tema en sí ya aparecía el exceso. Lo más parecido a la ficción fue hacer la sutura de todos los materiales históricos.

–¿Qué fue lo que más la sorprendió de la historia de Mary que se pueda vincular con su obra?

–Siempre es delicado el puente entre la vida y la obra. Uno tiende a desconfiar de esas interpretaciones, pero en este caso era imposible no conectar ambas. Me impactó cuando escribe en el prólogo de la primera edición de Frankenstein que ella era "una testigo devota de las conversaciones entre Lord Byron y Shelley". Para mí ésa es la clave de todo.

–¿Por qué? ¿Qué encuentra usted allí?

–Había revistas de la época que publicaban cuentos de terror, pero creo que ella pudo escribir una novela así porque algo vio. En lugar de ponerse en un lugar de saber y de autoridad, escribe desde el público, desde lo que va captando. Ella sabía lo que se decía que hacían los resurreccionistas y se ubica, con una gran conciencia de la época, en el lugar de transmisora de los saberes. Pasó de ser una receptora pasiva de las cuestiones oscuras de la época a tener un rol activo; toma lo que recibe, lo da vuelta y devuelve un monstruo.

–¿Qué opina de las diferentes versiones que Shelley hizo a partir de la original de 1818?

–Mary tenía que sobrevivir, se había quedado sola. Estaba en un grupo de avanzada, muy perseguido. La primera versión, que me parece la mejor, estaba muy condenada por las menciones al incesto. Luego, la adaptó para sobrevivir. Es lo que ningún escritor quiere hacer. Ella, con el tiempo, fue domando la novela, tratando de tranquilizar al ambiente crítico y literario, pero el monstruo igual sobrevive. Sobrevive a todo.

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